FRECUENCIA VIDA. Por: Germán Salas M. Periodista
Vivimos tiempos en los que pareciera que las noticias solo encuentran espacio para el conflicto, la confrontación y el desencanto. Abrimos las redes sociales y abundan las discusiones; encendemos la televisión y predominan los problemas; conversamos sobre el país y, con frecuencia, terminamos lamentándonos de todo aquello que no funciona. Sin embargo, de vez en cuando surge una historia sencilla que nos obliga a detenernos y recordar que todavía existen razones para creer en las personas. Una de esas historias tiene nombre y apellido: Julieta Segura Montero.
Barveña de corazón, Julieta hizo realidad, a sus 56 años, uno de los anhelos más profundos de su vida: convertirse en reina de las fiestas patronales de la Parroquia San Bartolomé Apóstol de Barva. A simple vista podría parecer una noticia local, de esas que solo interesan a un cantón. Pero basta conocer el camino que recorrió para descubrir que, en realidad, es una lección sobre la perseverancia, la fe y la autenticidad.
Durante meses la vi caminar incansablemente por las calles de Barva. Asistía a las Eucaristías, participaba cada jueves en la Hora Santa y, con una sonrisa permanente, repartía pequeños papelitos explicando cómo podían votar por ella. Nunca buscó convertirse en el centro de la conversación. Su discurso era siempre el mismo. El reinado era un medio para recaudar fondos destinados a la restauración del templo.
Todavía resuenan en mi memoria sus palabras, pronunciadas con una mezcla de sinceridad y humildad: «Es para Dios… y, la verdad, también es mi sueño.» Quizá esa sea la explicación de por qué tanta gente terminó sintiendo que ese sueño también le pertenecía.
Su historia trascendió las fronteras de Barva. La lucha de Julieta por la corona no solo ocurrió en las calles barveñas, también llegó a la televisión nacional. Allí, con esa espontaneidad que la caracteriza, dijo entre risas que estaba tan decidida a ganar que, si no lo lograba, «iba al chino y se compraba una corona».
Finalmente llegó el 8 de agosto. El templo estaba completamente lleno y cientos de personas seguían la transmisión desde sus celulares. Cuando anunciaron que Julieta había obtenido 5.745 votos, equivalentes a ₡574.500 destinados a la restauración del templo, ocurrió algo difícil de describir. Los gritos de alegría parecían los de una final de Copa del Mundo. No celebraban únicamente una reina; celebraban la victoria de alguien que representaba la sencillez de un pueblo entero.
Y entonces comprendí que la verdadera corona no era la que colocaron sobre su cabeza. La verdadera corona había sido tejida durante meses con perseverancia, cercanía, humildad y servicio.
En el Evangelio de San Mateo encontramos unas palabras que parecen escritas para historias como esta: «Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.» (Mateo 5:8-9).
Las Bienaventuranzas no hablan del éxito medido por el poder, el dinero o la popularidad. Hablan de la grandeza que nace del corazón. Hablan de quienes sirven sin esperar aplausos, de quienes perseveran sin perder la esperanza y de quienes construyen comunidad en lugar de dividirla. Eso fue precisamente lo que hizo Julieta.
Aprendamos de Julieta. En tiempos donde pareciera que la única forma de destacar es siendo estridente, ella eligió la sencillez. Mientras otros construyen campañas alrededor de sí mismos, ella construyó la suya alrededor de una causa. Mientras tantos buscan reconocimiento personal, ella convirtió su sueño en una oportunidad para servir a su parroquia. Quizá por eso el pueblo hizo suyo su triunfo.
Costa Rica necesita muchas más historias como esta. Necesitamos volver a creer que la perseverancia vale la pena, que la humildad sigue teniendo fuerza y que la bondad todavía moviliza comunidades enteras. Necesitamos menos enfrentamientos estériles y más personas capaces de contagiar esperanza con acciones concretas.
Porque al final, la historia de Julieta no trata de un reinado. Trata de una mujer que decidió no renunciar a un sueño, que lo puso al servicio de los demás y que, sin proponérselo, terminó recordándonos que las victorias más importantes no son las que se consiguen para uno mismo, sino aquellas que logran unir a todo un pueblo.
De todo corazón, ¡Felicidades Julieta! Su corona permanecerá como un hermoso recuerdo de estas fiestas patronales, pero el verdadero legado será haber demostrado que la fe, la humildad y la perseverancia siguen siendo capaces de mover corazones. Y esa es una victoria que vale mucho más que cualquier corona.






