El Mundial que llevamos por dentro: por qué el fútbol nos acompaña toda la vida

Jun 12, 2026 | Contexto, Frecuencia de vida, slider frecuencia de vida, slider noticias | 0 Comentarios

Autor: Costa Rica Mayor

FRECUENCIA VIDA -CONTEXTO.  Por: Eduardo Méndez, Director de www.costaricamayor.com

La Sele no estará en el Mundial 2026, pero millones de personas mayores costarricenses sí: frente al televisor, con la memoria intacta de Italia 90 y con la ciencia confirmando algo que ellas siempre supieron: que esa pasión también es salud.

Don Jorge madrugó sin que nadie se lo pidiera. Planchó la camiseta roja —la de mangas blancas, la de siempre—, acomodó la silla frente al televisor y puso a chorrear el café antes de las diez. Sabe perfectamente que Costa Rica no juega. Sabe que la Sele se quedó afuera del mundial en noviembre. Y sin embargo ahí está, con la camiseta puesta, viendo la inauguración desde el Estadio Azteca. Porque ese estadio él ya lo vio inaugurar un Mundial dos veces: en 1970, cuando era un muchacho y el fútbol llegaba por radio, y en 1986, cuando lo vio a color en la sala de su casa. Hoy, a sus 78 años, lo ve por tercera vez. El Mundial empieza, y don Jorge está en su puesto.

Adultos mayores celebrando el inicio del Mundial. Foto: Cristina Blanco

Una pasión que no se jubila

¿Por qué seguimos viendo un Mundial en el que nuestro equipo no está? La psicología tiene una respuesta que las personas mayores conocen de memoria, aunque nunca la hayan leído en un libro: el fútbol no es solo un juego, es una identidad. «Durante nuestra historia acumulamos muchos roles: ser padre, madre, trabajador, profesional, cuidador. Sin embargo, muchos de esos roles cambian, se transforman o incluso desaparecen», explica Alejandra Rivera, psicóloga y docente en programas educativos para personas adultas mayores. «En cambio, ser aficionado a un equipo, a la Sele o a una tradición deportiva cumple una función psicológica muy importante, porque ofrece continuidad. Es una identidad que puede acompañarnos durante toda la vida».

Por eso nadie se jubila de ser morado, manudo, brumoso o herediano. Nadie deja de ser de la Sele. «Cuando alguien dice «soy liguista», «soy morado», «soy cartaginés» o «yo vi Italia 90″, no está hablando solamente de fútbol —subraya Rivera—. Está hablando de pertenencia, de historia personal, de familia, de amistades, de domingos compartidos, de alegrías colectivas y de momentos que marcaron su vida».

Esa permanencia importa más de lo que parece. Cuando tantas cosas cambian alrededor, el equipo de toda la vida es un ancla. Los colores siguen siendo los mismos. El rito del domingo sigue siendo el mismo. Y la emoción —esa que hace gritar un gol a los 80 años igual que a los 8— es fisiológicamente real: la victoria del equipo propio libera en el cerebro dopamina y oxitocina, las mismas sustancias asociadas al placer y al vínculo afectivo. El corazón futbolero no es una metáfora. Es bioquímica.

El fútbol es un archivo de la propia vida

Pregúntele a una persona mayor costarricense dónde estaba el 11 de junio de 1990, cuando Costa Rica le ganó a Escocia en su debut mundialista, y no le va a recitar una alineación: le va a contar su vida. Con quién vio el partido. Qué se comió. Quién abrazó. Hoy se cumplen, día por día, 36 años de aquella mañana de Italia 90 que detuvo al país. Esto tiene explicación neuropsicológica. «No todas las memorias envejecen de la misma manera. Los recuerdos cargados de emoción suelen ser más resistentes al paso del tiempo», señala Rivera. «Por eso una persona puede olvidar qué desayunó en la mañana, pero recordar con gran claridad dónde estaba cuando Costa Rica jugó en Italia 90, con quién celebró un gol o quién era su jugador favorito. La emoción funciona como una especie de pegamento para la memoria».

La ciencia ha llevado este hallazgo aún más lejos. En Escocia, un historiador del fútbol descubrió casi por accidente que hombres mayores con demencia, que tenían dificultades con la memoria cotidiana, recordaban con asombrosa claridad partidos de hace décadas: el clima de aquel día, cómo viajaron al estadio, quién anotó los goles. De ese descubrimiento nació la reminiscencia futbolística, una terapia no farmacológica que hoy se practica en más de cien grupos comunitarios en Escocia con el respaldo de Alzheimer Scotland, y que la evidencia asocia con mejoras en la calidad de vida, la comunicación y el estado de ánimo de personas con demencia leve a moderada. España replicó el modelo en 2016 con exfutbolistas profesionales que visitan residencias con fotografías y recuerdos de otras épocas. Un álbum de fútbol viejo puede abrir puertas que la conversación cotidiana ya no abre.

Aquí hay un mensaje directo para las hijas, los hijos y quienes cuidan. Rivera lo plantea con claridad: «Muchas veces intentamos conectar con una persona mayor con deterioro cognitivo haciéndole preguntas recientes: «¿qué comió hoy?», «¿quién vino en la mañana?». Cuando la persona no logra responder, puede sentirse frustrada, y también se frustra la familia. En cambio, cuando usamos estímulos significativos —un partido antiguo, una camiseta, una fotografía, el recuerdo de un Mundial— estamos entrando por una puerta que suele permanecer abierta por más tiempo». La psicóloga lo ha visto en su trabajo: personas que parecían distantes, calladas o aisladas empiezan a sonreír, a participar, a contar historias. «El fútbol, en ese sentido, no es solo un entretenimiento: puede ser una llave para volver a encontrarnos con la persona que amamos».

Así que si a su papá o a su mamá le cuesta cada vez más la conversación, siéntese a ver un partido con él o con ella. Pregúntele por el Mundial de México 70, por la Sele del 90, por aquel clásico que nunca olvida. No es perder el tiempo frente al televisor. Es memoria, es vínculo y es, también, una forma de cuidado.

Adultos mayores usan IA para recrear el inicio del Mundial. Foto: Alejandra Rivera

Ver fútbol acompañado es salud

El beneficio no está solo en recordar: está en compartir. La investigación sobre deporte y bienestar muestra que quienes participan en actividades deportivas grupales —como aficionados o como practicantes— presentan mayores niveles de autoestima, satisfacción personal y sentido de pertenencia que quienes viven esas experiencias en solitario. Un Mundial es, durante un mes entero, una excusa institucionalizada para juntarse: la pulpería que pone el partido, la sala que se llena de nietos, la llamada telefónica del hermano para comentar el resultado. Para una persona mayor que vive sola, ese calendario de 104 partidos puede ser también un calendario de encuentros.

Y si lo suyo no es solo ver: el fútbol caminando

Hay quienes no se conforman con la pantalla. Para ellas y ellos existe el fútbol caminando, una modalidad nacida en Inglaterra en 2011 y pensada para personas mayores de 50 y 60 años: se juega en cancha reducida, está prohibido correr y el balón no puede superar cierta altura. Una revisión sistemática publicada en español, que analizó 18 estudios científicos, concluyó que sus principales beneficios son sociales, psicológicos y fisiológicos: mejora la presión arterial, la capacidad cardiorrespiratoria y el sistema cardiovascular, con un riesgo de lesión bajo. La modalidad crece en el mundo: su más reciente copa de naciones reunió selecciones de 25 países.

En Costa Rica, país que respira fútbol, no identificamos todavía un programa organizado de fútbol caminando para personas mayores. Que el país del que salieron Keylor Navas y la hazaña de Brasil 2014 no tenga aún una cancha donde sus mayores puedan volver a tocar la pelota es, más que un vacío, una invitación. La Ley 7935 reconoce el derecho de las personas adultas mayores a la recreación y al deporte; las municipalidades y los comités cantonales tienen ahí una tarea pendiente y hermosa.

El partido más largo

Durante las próximas cinco semanas, el mundo va a mirar hacia las canchas de México, Estados Unidos y Canadá. Costa Rica no estará en la alineación, y duele. Pero en miles de salas de este país, personas que han visto más Mundiales que casi nadie van a encender el televisor con la misma ilusión de siempre. Porque el fútbol que de verdad importa no se juega cada cuatro años: se juega toda la vida, en la memoria, en la sobremesa, en el abrazo del gol ajeno que celebramos como propio. Las personas mayores no ven el Mundial por costumbre. Lo ven porque lo llevan por dentro. Y un país que entiende eso entiende algo esencial: que envejecer no es retirarse de las pasiones, sino haberlas acompañado más tiempo que nadie.

Termino aquí. Cuando hoy suene el pitazo inicial en el Azteca, ¿a quién va a llamar usted para comentar el partido?

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