CONTEXTO. Transición demográfica: Las zonas de alta longevidad en Costa Rica, un mapa que se mueve

Jun 1, 2026 | Contexto, Recientes, slider noticias | 0 Comentarios

Autor: Costa Rica Mayor
Por: Eduardo Méndez, Abogado. Máster en Gerencia Social. Director www.costaricamayor.com

Durante casi dos décadas, Costa Rica vendió al mundo una postal: la de los longevos de Nicoya, esos hombres y mujeres que rebasan los cien años cultivando su propia comida bajo el sol guanacasteco. Es una historia hermosa. También es, cada vez más, una historia incompleta. Dos investigaciones recientes —una del demógrafo que descubrió la Zona Azul y otra de la Universidad Nacional— obligan a mirar lo que la postal no muestra: una longevidad que se está moviendo de lugar, y un país que envejecerá aceleradamente y de forma profundamente desigual.

Qué es, en realidad, una zona de alta longevidad

Conviene partir de lo básico. Una «zona azul» —el término que popularizó el escritor Dan Buettner a partir del trabajo de los demógrafos Gianni Pes y Michel Poulain— es un área geográfica con una concentración inusual de personas que llegan a los noventa o cien años en buenas condiciones de salud. En el mundo se reconocen cinco: Cerdeña (Italia), Okinawa (Japón), Icaria (Grecia), Loma Linda (Estados Unidos) y la península de Nicoya, en Guanacaste, declarada como tal en 2007.

El sustento científico de Nicoya no vino del marketing, sino de la demografía. Fue Luis Rosero-Bixby, fundador del Centro Centroamericano de Población (CCP) de la UCR, quien hacia 2004 detectó en los datos algo fuera de lo común: las personas mayores de los cinco cantones de la península —Nicoya, Hojancha, Carrillo, Santa Cruz y Nandayure— morían a un ritmo notablemente más bajo que el resto del país. Según sus investigaciones, la mortalidad de los mayores de 90 años llegó a ser un 10% inferior al promedio nacional, y la mortalidad por cáncer, un 23% más baja. La ventaja, además, se concentraba sobre todo en los hombres y se asociaba a una menor mortalidad por enfermedades cardiovasculares.

¿Por qué? No hay una sola respuesta, y el propio Rosero ha sido honesto al respecto: «Nunca tuvimos claro el origen de esa excepcionalidad». Lo que sí se identificó fue un conjunto de factores que aparecen una y otra vez: una dieta tradicional sencilla y vegetal, basada en la triada de maíz, frijoles y calabaza; trabajo físico cotidiano y vida activa; fuertes lazos familiares y comunitarios; un sentido de propósito y vida espiritual; bajo estrés crónico; y un dato curioso que ha llamado la atención de los investigadores: el agua. Un estudio del Laboratorio Nacional de Aguas del AyA encontró una asociación positiva entre el consumo de agua «dura» —rica en calcio y magnesio— y la longevidad de los mayores de 80 años en la península. Como resumió uno de sus autores, la dureza del agua es «un factor más, no el único».

La Zona Azul ya no es la que era (y podría apagarse)

Aquí empieza la parte que la postal no cuenta. Rosero-Bixby volvió sobre sus propios datos años después y el hallazgo fue contundente: la Zona Azul se está encogiendo. Lo que en su momento abarcaba a unas 180.000 personas en cinco cantones hoy se reduce a un núcleo de apenas 20.000 habitantes, limitado al cantón de Hojancha y a comunidades al sur de la ciudad de Nicoya, como los balnearios de Sámara y Nosara.

En ese pequeño núcleo la ventaja todavía es real: la tasa de mortalidad de las personas mayores de 60 años es de 0,74, un 26% inferior al promedio nacional. Pero la tendencia general es de retirada, y es generacional. Las personas nacidas alrededor de 1900 llegaban a los 60 años con una expectativa de vida muy superior a la del resto del país; las generaciones siguientes fueron perdiendo esa ventaja de forma paulatina. Rosero lo ha planteado con crudeza: la excepcionalidad nicoyana se sostiene «mientras queden sobrevivientes de las generaciones nacidas antes de 1940», y quienes nacieron después «ya no presentan indicadores de una excepcional longevidad». Según sus proyecciones, de no cambiar las cosas, la Zona Azul tal como se conoció podría desaparecer en unos veinte años.

La causa no es un misterio. El abandono de los cultivos propios, el cambio en los hábitos alimentarios hacia productos ultraprocesados, el sedentarismo y el estrés han ido erosionando la forma de vida que dio origen al fenómeno. La longevidad de Nicoya nunca fue magia: fue una manera de vivir. Y esa manera de vivir se está perdiendo.

¿Una nueva zona de longevidad en la frontera norte?

Y entonces el mapa da un giro inesperado. Al cruzar las bases de datos de nacimientos y defunciones con los padrones electorales del Tribunal Supremo de Elecciones, Rosero-Bixby detectó otro «punto caliente» de baja mortalidad, esta vez lejos de Guanacaste: en tres cantones alajuelenses de la frontera norte, cercanos a Nicaragua. Se trata de Upala, Los Chiles y Guatuso, donde la mortalidad de las personas mayores de 60 años aparece en 0,81, un 19% por debajo del promedio nacional.

Así como emergió la zona azul de Nicoya, creo que ahora valdría la pena comenzar a estudiar qué está pasando ahí. Quizás sea la emergencia de una nueva zona azul.

Luis Rosero-Bixby, demógrafo, Centro Centroamericano de Población (UCR) — citado por La Nación, junio de 2023

Conviene ser tan prudentes como lo es el propio investigador. Rosero insiste en que se trata de un indicio preliminar, no de una conclusión: habría que descartar primero que no sea un efecto de datos distorsionados, y hacen falta más estudios. No estamos, todavía, ante una segunda Zona Azul confirmada. Pero el dato es revelador por una razón de fondo: la longevidad no es un destino fijo de un territorio, sino el resultado de condiciones de vida que pueden aparecer, sostenerse o desvanecerse. Si puede surgir en la frontera norte, también puede perderse en Guanacaste.

El otro mapa: el país entero envejece, rápido y desigual

Mientras la longevidad excepcional se desplaza de un punto a otro del mapa, el envejecimiento general de la población avanza sobre todo el territorio. Y ahí entra el segundo estudio. Un análisis cantonal con proyecciones al 2050, elaborado por Lidia Orias, del Programa para la Promoción de la Gestión y el Ordenamiento del Territorio de la UNA (PROGOT-ECG-UNA) a partir de datos del INEC, lo plantea sin rodeos.

El envejecimiento no es una posibilidad, es una certeza demográfica.

Lidia Orias, investigadora del PROGOT-ECG-UNA — citada por UNA Comunica, enero de 2026

Las cifras dan cuerpo a esa certeza. Para el 2050, cerca del 25% de la población costarricense tendrá más de 65 años: más del doble del 11,7% actual. En números absolutos, la población adulta mayor pasará de unas 600 mil personas en 2025 a cerca de 1,33 millones en 2050. Al mismo tiempo, el país perderá fuerza de trabajo, en buena parte por una tasa de fecundidad de apenas 1,19 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo de 2,1. El resultado: Costa Rica tendrá 39 personas adultas mayores por cada 100 en edad de trabajar, una presión de fondo sobre los sistemas de salud, cuidados y pensiones.

El cambio no será parejo. El estudio revela que 77 de los 84 cantones superarán el 21% de población adulta mayor. San José llegará a tener 357 personas mayores por cada 100 menores de 15 años, 3,6 veces más que hoy. Pero el peso de envejecer no caerá sobre todos por igual, y esa es la distinción incómoda que plantea Orias.

No me alarma Santo Domingo o Belén, porque son cantones «ricos». El problema está en los cantones que envejecen rápido y empobrecidos.

Lidia Orias, investigadora del PROGOT-ECG-UNA — citada por UNA Comunica, enero de 2026

Entre esos territorios la investigadora menciona a Nicoya, Nandayure, Hojancha y Buenos Aires, junto a otros espacios rurales con limitaciones de acceso a salud y altos niveles de exclusión. Sobre la misma Nicoya, su lectura coincide con la de Rosero: «Se romantiza la zona azul, pero sus condiciones actuales no son las de antes. Hoy muchas personas adultas mayores viven en condición de pobreza». Y añade un dato de salud que cierra el círculo: hoy se observa un aumento de la obesidad asociada a baja calidad nutricional, de diabetes e hipertensión en la población adulta mayor de la península.

Un matiz que merece atención: Los Chiles y Guatuso aparecen en ambos estudios, pero leídos con lentes distintos. Para el PROGOT son cantones que se mantendrán relativamente jóvenes por los flujos migratorios; para Rosero destacan por la baja mortalidad de sus personas mayores. No es una contradicción —miden cosas diferentes, la estructura de edades por un lado y la sobrevivencia en la vejez por otro—, pero ilustra bien lo complejo del fenómeno: un mismo territorio puede ser, a la vez, joven en su pirámide y notable en la longevidad de quienes ya envejecieron allí.

Ciudad de Ulapa, Alajuela, Costa Rica

Desromantizar para poder prepararse

Conviene ser claros sobre el punto de fondo. Desromantizar la longevidad no significa negar el logro que representa que la gente viva más años; ese es el resultado de avances reales en salud pública, educación y esperanza de vida. Significa, más bien, dejar de confundir vivir más con vivir bien, y dejar de tratar la vejez como una postal cuando es, sobre todo, una etapa de la vida que exige condiciones materiales concretas: ingresos suficientes, servicios de salud cercanos, redes de cuidado, alimentación adecuada y un entorno que no expulse a quien envejece.

Los dos estudios, juntos, cuentan la misma verdad desde ángulos distintos. La longevidad excepcional de Nicoya nos enseñó que vivir muchos años con salud es posible cuando se dan las condiciones; su declive nos advierte que esas condiciones se pueden perder. El indicio de la frontera norte sugiere que pueden volver a aparecer donde menos se espera. Y la proyección del PROGOT nos recuerda que el envejecimiento masivo ya está en camino, con o sin Zona Azul, y que llegará primero y con más dureza a los cantones que menos recursos tienen para acompañarlo.

Porque detrás de cada proyección demográfica y de cada mapa de longevidad hay personas con nombre y con derechos: el derecho a una vejez con salud, con ingreso y con autonomía, garantizado en la Ley 7935 y en la Convención Interamericana ratificada mediante la Ley 9394. Una persona mayor en Nicoya, en Upala o en Buenos Aires no es una «carga» de un índice de dependencia ni una atracción de una marca turística: es un ciudadano que el país decidió proteger. La estadística nos dice cuántos seremos y dónde. Lo que aún está por decidirse —y es responsabilidad de todos— es el país que estamos construyendo para cuando nos toque envejecer, en cualquiera de sus rincones.

Fuentes

  • Luis Rosero-Bixby, Centro Centroamericano de Población (CCP-UCR): «The vanishing advantage of longevity in Nicoya, Costa Rica: A cohort shift» (2023). Cobertura de La Nación: «Zona azul de Nicoya se encoge y desaparecería en 20 años» y «Nueva zona azul surgiría en tres cantones alajuelenses» (Natasha Cambronero, 25 de junio de 2023).
  • Lidia Orias, Programa PROGOT-ECG-UNA: análisis cantonal con proyecciones al 2050 a partir de datos del INEC, divulgado por UNA Comunica («Costa Rica envejece sin estar lista», 13 de enero de 2026) y reseñado por Delfino.cr y AM Prensa.
  • Laboratorio Nacional de Aguas (AyA), Darner Mora et al.: «Diferencias de dureza del agua y las tasas de longevidad en la Península de Nicoya y los otros distritos de Guanacaste» (Tecnología en Marcha, 2015).
  • Proyecto CRELES (Costa Rica: Estudio de Longevidad y Envejecimiento Saludable), CCP-UCR, investigador principal Luis Rosero-Bixby.

Nota: el hallazgo de Rosero-Bixby sobre la posible nueva zona en la frontera norte es, en palabras del propio investigador, un indicio preliminar que requiere más estudio antes de poder confirmarse como zona de alta longevidad.

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