CUIDO 360: Por Eduardo Méndez, Abogado, especialista en envejecimiento y vejez. Director de www.costaricamayor.com
La discriminación por edad no siempre llega desde una institución o desde un desconocido. A veces llega en la voz de un hijo que quiere lo mejor. El edadismo doméstico no grita: susurra, y por eso cuesta tanto reconocerlo.
Doña Marta tiene setenta y ocho años y una carrera de treinta y dos años como contadora. El martes pasado fue a su cita de control con la hija que la acompaña siempre. El médico le preguntó a ella cómo se había sentido. Y la hija contestó.
Nadie levantó la voz. Nadie insultó a nadie. La hija ama a su madre. Y sin embargo, en ese consultorio, doña Marta dejó de ser la persona que vive en su propio cuerpo y pasó a ser el tema de una conversación entre otras dos personas. Eso tiene nombre.
Qué es el edadismo, con precisión
La Organización Mundial de la Salud publicó en 2021 su Informe mundial sobre el edadismo, elaborado junto con la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales y el Fondo de Población de las Naciones Unidas. Ahí queda establecida la definición que ordena la discusión: el edadismo se refiere a la forma de pensar, sentir y actuar respecto de las demás personas —o de nosotros mismos— en razón de la edad. Tres capas. Los estereotipos son lo que pensamos. Los prejuicios son lo que sentimos. La discriminación es lo que hacemos.
Esa distinción importa más de lo que parece. Muchas personas creen que no son edadistas porque nunca han negado un empleo ni han maltratado a nadie. Pero el edadismo empieza mucho antes de la acción visible. Empieza cuando usted asume, sin evidencia, que una persona de ochenta años no entenderá una explicación técnica. Empieza cuando se enternece con la vejez de otro como se enternecería con un niño. Esa ternura mal dirigida ya es prejuicio, y el prejuicio produce conductas.
El informe agrega un dato que debería incomodarnos: se calcula que una de cada dos personas en el mundo sostiene actitudes edadistas. No estamos hablando de una minoría cruel. Estamos hablando de la mitad de nosotros.
La infantilización es la forma doméstica del edadismo
El edadismo institucional se reconoce con relativa facilidad. Un trámite que exige presencia física a quien no puede desplazarse, una lista de espera que se prolonga hasta volverse irrelevante, un formulario diseñado para que alguien más lo llene. Todo eso es visible y denunciable.
El edadismo de la casa es otra cosa. Se infiltra en el lenguaje antes que en las decisiones. Aparece en el diminutivo aplicado a una mujer adulta, en el tono de voz que sube de volumen y baja de complejidad, en el «mi viejita» dicho delante de ella como si no estuviera presente. Aparece cuando alguien decide que hay que esconder un diagnóstico «para no preocuparla», como si la información sobre el propio cuerpo fuera un regalo que la familia administra. Aparece cuando se firma un traslado de vivienda, se cancela una cuenta bancaria o se contrata un servicio sin que la persona titular haya dicho una palabra.
Y aparece, sobre todo, en la sustitución. Sustituir es hablar en lugar de. Es decidir en lugar de. Es responderle al médico cuando el médico le preguntó a ella.
Conviene decirlo con claridad: la infantilización no es un error de forma. Es una operación de fondo. Trata a una persona adulta como si estuviera en formación, como si su criterio fuera provisional y necesitara supervisión permanente. Pero una persona de ochenta años no volvió a la infancia. Acumuló ochenta años de decisiones, de errores propios, de aprendizajes que nadie más vivió por ella. Envejecer no es desandar el camino. Es seguir caminándolo.
El derecho que se está vulnerando tiene artículo y número
Aquí es donde el asunto deja de ser una cuestión de buenos modales y se convierte en una cuestión jurídica. La Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, vigente en Costa Rica, no deja margen interpretativo. Su artículo 5 prohíbe la discriminación por razón de edad. Su artículo 6 reconoce el derecho a la vida y a la dignidad en la vejez. Su artículo 7 consagra el derecho a la independencia y a la autonomía, es decir, el derecho a tomar decisiones y a desarrollar una vida autónoma. Y su artículo 11 establece el derecho a otorgar consentimiento libre e informado en el ámbito de la salud.
Léalo despacio. El derecho a decidir no es una concesión que la familia otorga mientras la persona «todavía puede». Es un derecho reconocido en un instrumento internacional vinculante, que el Estado costarricense se obligó a garantizar. La Ley 7935, Ley Integral para la Persona Adulta Mayor, opera en la misma dirección desde 1999.
Un derecho no se retira por conveniencia logística. No se suspende porque la conversación tome más tiempo. No se transfiere al hijo mejor organizado.
El costo no es simbólico
Quien piense que esto es una discusión de sensibilidades debería revisar la evidencia. El informe de la OMS documenta que el edadismo se asocia con peor salud física y mental, con mayor aislamiento social y con mayor riesgo de depresión. La organización estima que 6,3 millones de casos de depresión en el mundo son atribuibles al edadismo.
Hay un mecanismo detrás de esa cifra. Cuando a una persona se le repite, día tras día, que ya no puede, que mejor no intente, que deje eso, esa persona termina creyéndolo. Es el edadismo internalizado: el prejuicio que la sociedad instala afuera y que la persona adopta adentro. Deja de proponer. Deja de preguntar. Deja de salir. Y entonces la familia confirma su diagnóstico: «vea, ya no quiere hacer nada». La profecía se cumplió porque nosotros la escribimos.
Cuidar sin sustituir
Nada de esto significa que el acompañamiento sea sospechoso. Hay deterioros cognitivos reales, hay diagnósticos que exigen apoyos crecientes, hay momentos en que la familia debe intervenir. La diferencia está en cómo se interviene. El estándar de derechos humanos habla de apoyos para la toma de decisiones, no de sustitución de la voluntad. Apoyar es acompañar a alguien a decidir. Sustituir es decidir por alguien. Entre esas dos cosas hay un abismo, y ese abismo se cruza casi siempre sin darse cuenta, con las mejores intenciones del mundo.
La prueba es sencilla y usted puede aplicarla hoy. Cuando el médico pregunta, espere. Cuando hay que decidir algo que afecta su vida, pregúntele. Cuando le dé la respuesta, no la corrija en público. Si la conversación es más lenta, deje que sea más lenta. La eficiencia no es un valor superior a la dignidad.
El edadismo doméstico prospera porque se disfraza de amor. Y esa es su defensa más eficaz: cuestionarlo parece cuestionar el cariño de quien cuida. No lo es. Se puede amar profundamente a una persona y estar borrándola al mismo tiempo.
Termino aquí.
Piense en la última decisión importante que se tomó sobre la vida de su madre, de su padre, de su abuela. ¿Estuvieron ellos en esa conversación, o solo fueron el tema de ella? Del país que estamos construyendo depende que la respuesta cambie.
Comparta este artículo con quien acompaña a una persona adulta mayor en su familia. La conversación empieza donde alguien la abre.
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Fuentes: Organización Mundial de la Salud, Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas y Fondo de Población de las Naciones Unidas, Informe mundial sobre el edadismo (2021); Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores (OEA, 2015), artículos 5, 6, 7 y 11; Ley 7935, Ley Integral para la Persona Adulta Mayor.







