SALUD. Por: Redacción www.costaricamayor.com
No es solo cariño. La ciencia hoy mide, célula por célula, cómo una conversación, una visita o una llamada protegen el corazón, el cerebro y la memoria de su mamá o de su papá. La soledad, en cambio, enferma. Y eso también es un asunto de derechos.
Doña Carmen tiene 78 años y vive sola en Alajuela. Sus hijos la quieren, pero viven lejos y trabajan. Hablan por teléfono los domingos. Entre semana, la casa se queda en silencio. Doña Carmen come, ve televisión, duerme. Hace meses que no conversa con nadie más de cinco minutos seguidos. Ella dice que está bien. Su presión arterial, su memoria y su ánimo cuentan otra historia.
Durante mucho tiempo pensamos que la compañía era un lujo emocional, algo agradable pero secundario frente a la pastilla, la cita médica o la dieta. La evidencia más reciente desmonta esa idea. La Organización Mundial de la Salud, en su informe De la soledad a la conexión social, publicado en 2025, advierte que la soledad se asoció a más de 871.000 muertes cada año en el mundo entre 2014 y 2019. Es decir, alrededor de cien muertes por hora. Una de cada seis personas en el planeta dice sentirse sola, y entre las personas mayores el aislamiento social alcanza hasta a una de cada tres.
Lo que la soledad le hace al cuerpo
La salud social, dice la OMS, es tan esencial como la salud física y la mental. No es una metáfora. Cuando una persona vive aislada durante meses o años, su cuerpo entra en un estado de alerta sostenido. Esa tensión constante eleva la inflamación, altera las hormonas del estrés y desgasta el organismo desde adentro. La consecuencia se mide en enfermedades concretas: mayor riesgo de infartos, accidentes cerebrovasculares, diabetes tipo 2, depresión y deterioro de la memoria.
La psicóloga Alexandra Rivera, consultada por Costa Rica Mayor como Voz Experta, lo explica desde la neurobiología. «El cerebro humano está diseñado para conectar con otros. Cuando una persona mayor pasa meses sin conversar o interactuar de forma efectiva con alguien, a nivel emocional el cerebro interpreta ese aislamiento como una situación de peligro, como estrés. Eso aumenta el cortisol y disminuye la liberación de sustancias como la oxitocina, y empieza a afectar funciones como la memoria, la tensión, el estado de ánimo e incluso el sistema inmunológico: empiezan a bajar todas las defensas», señala Rivera, quien ha profundizado en esta materia junto al neurofisiólogo mexicano Eduardo Calixto.
Y advierte de algo que debería preocuparnos a todos: «Muchas veces esto no se detecta en una consulta médica rutinaria. Los exámenes que se le practican a la persona adulta mayor pueden salir normales, pero ese cambio cognitivo y físico que está relacionado con la soledad no se ve ahí». Por eso, insiste Rivera, la valoración de una persona mayor no puede quedarse en los análisis: hay que preguntarle también con quién vive, con quién comparte, qué rutinas y qué conversaciones tiene en el día.
En el cerebro, la falta de estímulo social es especialmente dañina. Conversar, recordar, discutir, reírse: cada interacción activa circuitos ligados al aprendizaje y a la memoria. Cuando esos circuitos dejan de usarse, se debilitan. Un análisis internacional que reunió varios estudios de seguimiento a personas mayores de 65 años encontró que quienes mantenían buenos vínculos sociales presentaban menor riesgo de demencia y de muerte temprana. La compañía, literalmente, mantiene el cerebro más joven.
Y lo que los vínculos hacen a favor
La buena noticia es que el mecanismo funciona también al revés. Una persona mayor que conversa, que pertenece a un grupo, que recibe visitas y que se siente parte de algo, vive más y se enferma menos. El sentido de pertenencia reduce el estrés, mejora el sueño, fortalece las defensas y empuja hábitos saludables: quien tiene con quién caminar, camina; quien tiene con quién almorzar, se alimenta mejor.
No se trata de cantidad, sino de constancia y de calidad. Una amistad ocasional no basta. Lo que protege es el vínculo sostenido en el tiempo, el rostro que regresa, la voz conocida que pregunta cómo amaneció. Por eso la visita semanal de un familiar, la participación en un club de personas mayores o la conversación diaria con un vecino no son pasatiempos: son medicina.
Costa Rica no es la excepción
Aquí el panorama tiene luces y sombras. Según las infografías que el INEC y el CONAPAM presentaron en octubre de 2025, la gran mayoría de las personas mayores costarricenses todavía conserva vínculos: cerca del 92 % comparte tiempo con familiares o amistades. Pero ese promedio esconde a quienes quedan fuera. Alrededor del 15,6 % vive sola, y los casos de abandono atendidos por el CONAPAM pasaron de 150 en 2014 a 1.050 en 2024, un aumento de más del 600 % en una década.
Aquí conviene nombrar lo que muchas veces se calla: dejar a una persona mayor sin compañía, sin apoyo, sin cuidado esencial, no es un detalle. Es una forma de violencia silenciosa, y vulnera derechos que la ley costarricense reconoce de manera expresa. La Ley N.° 7935, Ley Integral para la Persona Adulta Mayor, garantiza el derecho a la participación social y a una vejez con dignidad. La conexión humana, entonces, no es caridad ni es favor: es un derecho exigible.
Qué puede hacer usted
Si usted decide hoy sobre la salud de su mamá, de su papá o de un familiar mayor, esto es tan importante como la receta del médico. No hace falta una gran transformación. Una llamada diaria de cinco minutos, una visita fija cada semana, ayudarle a inscribirse en un club de personas mayores de su comunidad , acompañarle a una actividad de la iglesia o del salón comunal. Pequeños gestos sostenidos en el tiempo cambian indicadores de salud reales: presión, memoria, ánimo, defensas.
Y si usted misma o usted mismo es la persona mayor que lee estas líneas: buscar compañía no es pedir lástima. Es cuidar su salud con la misma seriedad con que se toma una pastilla. Tiene derecho a estar acompañado.
Terminamos aquí.¿Cuándo fue la última vez que conversamos de verdad, sin prisa, con la persona mayor que tenemos cerca? Tal vez esa conversación pendiente sea, hoy, la mejor receta que podemos ofrecerle.
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