Por: Redacción www.costaricamayor.com
Un robot que reconoce su rostro, recuerda lo que conversaron ayer y le cuenta un chiste a media tarde. No es ciencia ficción: ya se prueba en residencias de cuido de larga estancia. La pregunta que esa escena obliga a formular no es técnica, sino civilizatoria.
El mundo envejece y el cuido escasea. La población mundial de 65 años o más superó los mil millones de personas en 2023 y se proyecta que alcance los 1.500 millones hacia 2050. Frente a esa transición, una industria creciente ofrece una respuesta seductora: robots de compañía impulsados por inteligencia artificial (IA) capaces de hablar, escuchar y sostener una conversación. En Australia, el Reino Unido, Japón, China y Corea del Sur, estos dispositivos ya se ensayan con personas adultas mayores, muchas de ellas con demencia. Conviene mirar de cerca esa promesa antes de aceptarla.
Qué dice la evidencia hasta ahora
Los primeros estudios son prudentes, no concluyentes. En un ensayo piloto del Centre for Healthy Brain Ageing (CHeBA) de la Universidad de Nueva Gales del Sur, realizado con doce residentes durante cinco semanas, se observó una reducción del 16 % en la soledad reportada por las personas participantes. Los propios investigadores subrayan que se trató de una muestra pequeña, diseñada junto a personas con demencia, y no de una prueba definitiva.
La distinción importa. Un robot de compañía no es un chatbot comprado en línea: cuando funciona, lo hace porque fue co-diseñado con la población a la que pretende acompañar. La tecnología puede ofrecer recordatorios de medicación, estímulo cognitivo, música y un interlocutor disponible las veinticuatro horas. Para una persona que vive sola tras la viudez, o para quien pasa largas horas sin visitas en una residencia, ese acompañamiento puede tener un efecto real sobre el ánimo.
Imagen recreada con IA
El riesgo de vender la tecnología como cura
Hay, sin embargo, una narrativa que conviene desarmar. Un análisis reciente del marketing de decenas de empresas de tecnología para el envejecimiento concluyó que muchas de ellas retratan el cuido como un sistema ineficiente, desbordado por «demasiados» adultos mayores y con personal agotado, para luego presentar a la IA como la solución. Ese relato, advierten los investigadores, desvía la atención de los problemas estructurales y refuerza el adultismo: la idea de que la persona mayor es una carga que la máquina viene a aliviar.
Aquí es donde el enfoque de derechos resulta indispensable. La persona adulta mayor no es un objeto de gestión eficiente, sino sujeto de derechos. El robot puede ser un complemento del cuido humano; nunca su reemplazo. Cuando la tecnología se presenta como sustituto del personal —más barato, sin turnos, sin sindicatos—, lo que se abarata no es el cuido: es la dignidad.
«Estos dispositivos no están aquí para reemplazar el contacto humano, sino para amplificarlo, liberando al personal para concentrarse en las conexiones personales que verdaderamente importan.»
Eduardo Méndez, Director de www.costaricamayor.com
El argumento es atractivo, pero exige vigilancia. La experiencia internacional muestra que estos sistemas también generan trabajo: el personal debe aprender plataformas nuevas, interpretar datos y responder a notificaciones y falsas alarmas. La promesa de «eliminar tareas» rara vez se cumple sin costos ocultos.
Tres preguntas que Costa Rica debería hacerse
¿Quién protege los datos? Un robot que recuerda conversaciones registra información íntima de la persona mayor. ¿Dónde se almacena, quién la procesa, con qué consentimiento? La Ley 7935 (Ley Integral para la Persona Adulta Mayor) y los compromisos derivados de la Ley 9394 —que ratifica la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores— obligan a garantizar autonomía y dignidad. Esa obligación incluye la protección de la vida privada digital.
¿Sustituye o acompaña? Si una residencia adopta un robot para recortar personal, la tecnología viola, en los hechos, el derecho a un cuido digno. Si lo adopta para liberar tiempo de cuidadores hacia el vínculo humano, puede ser una herramienta legítima. La diferencia no está en la máquina, sino en la decisión política y administrativa que la rodea.
¿Quién decide? La evidencia más sólida proviene de proyectos co-diseñados con personas adultas mayores, no para ellas. Cualquier incorporación de IA al cuido en Costa Rica —sea en residencias privadas, en el sistema de la CCSS o en redes comunitarias— debería partir de la voz de quienes la usarán.
El vínculo no se programa
La soledad en la vejez es un problema de salud pública real, y subestimarlo sería irresponsable. Pero la respuesta no puede reducirse a un dispositivo. Un robot puede recordar el nombre de una persona; no puede reconocer su historia. Puede simular calidez; no puede sostener una mano con la conciencia de lo que esa mano significa.
Costa Rica envejece a paso acelerado. La tentación de delegar el cuido en la máquina crecerá con cada año. Por eso la pregunta de fondo no es si los robots funcionan, sino qué dice de nosotros, como sociedad, la respuesta que demos. ¿Aspiramos a un país donde la tecnología libere tiempo para que las personas se cuiden mejor entre sí? ¿O a uno donde el acompañamiento de nuestros mayores quede tercerizado a un algoritmo, mientras llamamos «eficiencia» a la ausencia de afecto?






