Por: Eduardo Méndez, director www.costaricamayor.com
Doña Marta tiene 76 años y dejó de hacerse el café. No porque no pueda. Porque sus hijos, «para que no se queme», se lo preparan ellos. También dejó de ir al patio: «para que no se caiga». Y de ir al banco: «para que no la asalten». En seis meses, doña Marta camina menos, recuerda menos, ríe menos. La familia, desconcertada, dice que «se ha venido abajo». Lo que en realidad pasó es otra cosa: la apagaron a punta de cuidados.
Esta historia se repite en miles de hogares costarricenses. Y tiene un nombre técnico que merece convertirse en lenguaje cotidiano: capacidad funcional.
¿Qué es la capacidad funcional?
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la capacidad funcional como la combinación de las habilidades de una persona con el entorno en el que vive, que le permiten ser quien es y hacer lo que valora. No es un examen médico. No es un puntaje en kilos levantados. Es algo más amplio y mucho más importante: la posibilidad de seguir tomando café por su cuenta, de salir al patio, de visitar al vecino, de elegir qué ropa ponerse, de reírse con los nietos.
La capacidad funcional tiene dos componentes. El primero es la capacidad intrínseca: las habilidades físicas y mentales de la persona, agrupadas por la OMS en cinco áreas (movilidad, vitalidad, cognición, bienestar psicológico y los sentidos: vista y oído). El segundo es el entorno: la casa, la familia, el barrio, el sistema de salud, la comunidad. Una persona puede tener buenas piernas y aun así perder funcionalidad si vive en una casa con gradas peligrosas o si nadie la deja decidir nada.
“La capacidad funcional no depende solo de la persona. Depende también de la familia, la comunidad y el país que la rodean.”
Voz experta
Desde Costa Rica Mayor le consultamos a la Dra. Barrientos, especialista en Geriatría y Gerontología:
¿Cómo pueden las familias promover la autonomía de una persona adulta mayor en casa sin caer en la sobreprotección, especialmente cuando existe miedo a las caídas o accidentes?
Promover la autonomía de una persona adulta mayor en casa va muy de la mano con lo que impulsa la Organización Mundial de la Salud en la Década del Envejecimiento Saludable, que llama a crear entornos que permitan a la persona seguir siendo quien es y seguir haciendo lo que es importante para cada uno de ellos. Incentivar su participación en decisiones diarias, mantenerlos activos física, mental y socialmente, los lleva a fortalecer su salud, su autoestima y su sentido de vida.
La sobreprotección, aunque nace desde el amor, puede tener efectos silenciosos pero profundos en la vida de una persona adulta mayor, especialmente cuando se mantiene en el tiempo. A mediano plazo, puede generar una pérdida de confianza sobre sus propias capacidades: la persona deja de intentar hacer cosas cotidianas porque siente que «ya no puede», se vuelve más dependiente incluso en tareas que antes realizaba sin problema. Esto les puede generar frustración, tristeza o desmotivación. Además, al moverse menos por exceso de ayuda, también se acelera el deterioro físico, afectando fuerza, equilibrio y movilidad.
“No se trata solo de cuidarlos, sino de respetar su historia y sus decisiones.”
En lugar de hacer todo por ellos, la clave está en adaptar el entorno —buena iluminación, pasamanos, eliminar alfombras sueltas—, fomentar pequeñas tareas diarias y acompañar con paciencia. El verdadero cuidado es acompañarlos para que sigan viviendo con dignidad, participación y sentido.
¿Qué señales deben alertar a la familia de que una persona adulta mayor está perdiendo capacidad funcional, no solo física, sino también cognitiva, emocional o social?
Hay señales sutiles pero importantes que las familias deben aprender a leer con sensibilidad. Por ejemplo:
- Le cuesta caminar o levantarse de la silla, o camina notablemente más lento.
- Tiene olvidos repetitivos o le cuesta recordar cosas cotidianas.
- Tiene dificultad para seguir conversaciones.
- Hay cambios en el estado de ánimo o aparece irritabilidad.
- Se está aislando, deja de salir, deja de llamar.
- Pierde interés en lo que antes disfrutaba.
- Hay descuido visible en su higiene personal.
Estos cambios pueden reflejar una disminución de la capacidad funcional integral —física, cognitiva, emocional y social— que va a afectar su bienestar.
“El bienestar no depende solo de la salud física, sino de mantener la capacidad de relacionarse, decidir y disfrutar la vida.”
Detectar estos cambios a tiempo permite buscar apoyo, fortalecer redes de cuidado y construir un envejecimiento más digno, activo y, sobre todo, acompañado.
Qué puede hacer su familia desde hoy
La capacidad funcional se construye —o se pierde— en lo cotidiano. Estas son cinco decisiones concretas que cualquier familia puede tomar esta misma semana:
- Devolverle tareas. Dejar que prepare su café, doble la ropa, escoja la verdura en la feria. Las pequeñas decisiones diarias son el músculo de la autonomía.
- Adaptar la casa, no la persona. Iluminación buena, pasamanos en gradas y baño, eliminar alfombras sueltas, mover muebles que estorban. El entorno es la mitad de la ecuación.
- Conservar los vínculos. Llamadas, visitas, salidas, conversaciones. El aislamiento social es un factor de riesgo tan serio como el sedentarismo.
- Movimiento todos los días. Caminar, bailar, jardinería, estiramientos. La OMS recomienda al menos 150 minutos semanales de actividad moderada para personas mayores.
- Pedir el chequeo gerontológico. La CCSS, a través de los EBAIS y del Hospital Nacional de Geriatría y Gerontología Dr. Raúl Blanco Cervantes, hace valoraciones integrales. Detectar a tiempo cambia el pronóstico.
Cuidar bien es otra cosa
Volvamos a doña Marta, la del inicio. Lo que su familia interpretó como «venirse abajo» fue, en realidad, una pérdida acelerada de capacidad funcional provocada en parte por exceso de ayuda. La buena noticia es que muchas de estas pérdidas se pueden frenar e incluso revertir, si la familia entiende lo que está pasando y cambia el enfoque.
Cuidar bien no es hacerlo todo por ellos. Cuidar bien es acompañarlos para que sigan haciendo lo que pueden, lo que quieren y lo que les da sentido. Es respetar su historia y sus decisiones. Es entender que envejecer con autonomía no es un mérito personal: es un derecho que se construye en casa, en el barrio, en el sistema de salud y en el país.
Si después de leer esta nota usted está pensando en alguien —su mamá, su papá, su tía, su vecina—, comparta este texto. A veces, lo más importante que podemos hacer por una persona adulta mayor es asegurarnos de que quienes la rodean sepan cómo cuidarla sin apagarla.










