FRECUENCIA VIDA · DIVERSIDAD Y VEJEZ. Por: Eduardo Méndez, Director de www.costaricamayor.com
Hay vidas que son, en sí mismas, un monumento a la valentía. Durante décadas, muchas personas adultas mayores LGBTIQ+ defendieron su derecho a ser, a amar, a nombrarse y a ocupar un lugar en la sociedad, incluso cuando el rechazo familiar, institucional o comunitario intentó borrarlas. Esa autenticidad no se negocia. Y, sin embargo, demasiadas veces el país les pide lo contrario: que vuelvan a esconderse justo cuando más necesitan cuidado.
Costa Rica Mayor conversó con Laila Chavarría, fundadora de la Asociación Envejeciendo con Orgullo, una organización dedicada a visibilizar y defender los derechos de las personas adultas mayores de la diversidad sexual y de género. Su tesis es directa: envejecer con orgullo es un derecho, y garantizarlo es una tarea colectiva que va mucho más allá de las leyes ya aprobadas.
«Para las generaciones más jóvenes, mirar a las personas mayores LGBTIQ+ es mirar el espejo del futuro», explica Chavarría. Los derechos y libertades que muchas personas disfrutan hoy fueron pavimentados con lágrimas, luchas y silencios forzados de quienes hoy envejecen, muchas veces invisibilizados en rincones de este país. Construir una vejez digna y libre para ellas, dice, no es solo una deuda histórica: es la garantía de que las nuevas generaciones podrán envejecer mañana en libertad.
Volver al clóset para sobrevivir
El corazón del problema, plantea Chavarría, es que muchas personas adultas mayores LGBTIQ+ sienten que deben ocultar su orientación sexual o su identidad de género para ser aceptadas por su familia, su comunidad o su entorno de cuidados. El daño no siempre se ve, pero existe: depresión, ansiedad, sentimientos de indefensión y una profunda pérdida del deseo de vivir.
«Envejecer ocultándose significa cargar de nuevo con el miedo, con la vergüenza impuesta y con la necesidad de aparentar para poder recibir afecto, atención o cuidado», advierte. En muchos casos, la persona calla quién es para evitar maltrato, burlas, negligencia o violencia psicológica. Y ese silencio forzado puede convertirse en una forma de tortura emocional, sobre todo cuando ocurre en los lugares donde la persona debería sentirse más protegida: su hogar, un centro de salud, un centro diurno o un hogar de larga estancia.
Por eso su frase más contundente es también la más sencilla: ninguna persona debería volver al clóset para recibir cuidados.
Leyes avanzadas, ventanillas que no acompañan
Costa Rica avanzó en el reconocimiento jurídico de derechos —el matrimonio igualitario es el ejemplo más visible—, pero Chavarría insiste en que esos avances no siempre se traducen en una atención respetuosa en los consultorios, los centros de cuido o las instituciones de larga estancia. Muchas personas adultas mayores LGBTIQ+ siguen enfrentando servicios construidos desde lógicas heteronormativas y familistas, a veces atravesadas por sesgos religiosos institucionalizados, y el problema se agrava cuando el personal carece de formación en gerontología, diversidad sexual, identidad de género y derechos humanos.
Las consecuencias son concretas. Una pareja del mismo sexo puede ser tratada como si fueran «amigos» o «acompañantes», sin que se reconozca el vínculo afectivo ni los derechos que les corresponden. Las personas trans pueden ver vulnerada constantemente su identidad, su nombre y su expresión de género. Y una mujer lesbiana adulta puede acudir a un servicio ginecológico y enfrentar preguntas cargadas de prejuicio, incredulidad o morbo por no haber tenido relaciones sexuales con hombres. «Ese trato invade la intimidad, genera vergüenza y aleja a las personas de los servicios de salud», resume. La falta de servicios sensibles y capacitados para atender a mujeres lesbianas, personas trans y personas mayores LGBTIQ+ sigue siendo, para ella, una deuda institucional.
Las familias elegidas que sostienen la vida
Frente al abandono o la ruptura con las familias consanguíneas, muchas personas LGBTIQ+ han construido familias elegidas: redes de amistad, compañerismo, activismo y afecto que cumplen un papel fundamental en la vejez. Acompañan en la enfermedad, en la soledad, en los trámites, en los duelos, en los cuidados cotidianos y en la defensa de derechos.
«Las redes de apoyo no son un lujo: son una condición para sostener la dignidad», afirma Chavarría. Cuando las estructuras tradicionales dan la espalda, la comunidad se convierte en un verdadero tejido de protección. Envejecer con orgullo, dice, requiere vínculos seguros: personas que nombren, respeten, cuiden y reconozcan la historia de vida de cada quien.
Edadismo, homofobia y transfobia: una doble invisibilización
El edadismo ya es, por sí solo, una forma grave de discriminación. La sociedad suele imaginar la vejez como una etapa homogénea, pasiva, asexuada e infantilizada, y asume que las personas mayores no desean, no aman ni necesitan expresar quiénes son. Cuando ese edadismo se cruza con la homofobia y la transfobia, el impacto es demoledor.
Las personas adultas mayores LGBTIQ+ pueden ser rechazadas en los espacios tradicionales por ser diversas y, a la vez, invisibilizadas dentro del propio movimiento LGBTIQ+ por una cultura que muchas veces privilegia la juventud. Quedan atrapadas en un círculo doloroso: demasiado diversas para algunos espacios de vejez y demasiado mayores para algunos espacios de diversidad. «En ese cruce, muchas sienten que nadie las ve, nadie las escucha y nadie las toma en cuenta», lamenta Chavarría.
Tres desafíos para envejecer con orgullo
Desde el trabajo de campo de Envejeciendo con Orgullo, Chavarría identifica tres obstáculos urgentes. El primero es la invisibilidad estadística: si los censos, encuestas y registros nacionales no incluyen datos desagregados sobre orientación sexual, identidad de género y vejez, el Estado termina diseñando políticas públicas ciegas a la diversidad. Lo que no se cuenta, no existe para el presupuesto público.
El segundo es la precariedad económica. Muchas personas LGBTIQ+, especialmente mujeres trans, han enfrentado trayectorias marcadas por la exclusión laboral, la discriminación, la informalidad y la violencia, con consecuencias directas en la vejez: ausencia de pensiones contributivas, pobreza extrema y dependencia económica. Pero el dinero no lo resuelve todo: una persona trans podría pagar un albergue de lujo y aun así enfrentar prejuicios si el personal no está formado. La solución, dice, pasa por protocolos, capacitación, supervisión y una cultura institucional basada en la dignidad.
El tercero es la necesidad de transformar los servicios de salud, cuidado y atención social. No basta con tener leyes avanzadas si las instituciones no capacitan a su personal, no revisan sus protocolos y no garantizan espacios seguros para todas las personas adultas mayores.
El derecho a la identidad, anclado en la ley
El marco normativo costarricense reconoce a la persona adulta mayor como sujeto de derechos. La Ley Integral para la Persona Adulta Mayor (Ley 7935), en su artículo 3, garantiza el derecho a un trato digno y a no ser discriminada por ninguna condición, y a ello se suman los principios constitucionales de igualdad y no discriminación. Para Chavarría, el problema no es la ausencia de derechos en el papel, sino que esos derechos no llegan a la vida cotidiana.
Ejercer plenamente el derecho a la identidad en la vejez significa algo profundamente humano: que las instituciones de salud, los centros diurnos, los hogares de larga estancia, las familias y los entornos comunitarios reconozcan la orientación sexual, la identidad de género, el nombre social, la pareja y la historia de vida de cada persona. Y significa, sobre todo, que la identidad no se convierta en una condición para recibir atención. «Ninguna persona debería ocultar quién es para que la bañen, la alimenten, la mediquen o la atiendan en una consulta», insiste. El derecho a la identidad es la garantía de que la biografía de alguien no sea borrada cuando empieza a depender de otras personas.
Del papel a la vida cotidiana: qué falta
Para que envejecer con orgullo deje de ser una aspiración y se convierta en una garantía, Chavarría reclama acciones concretas. Al Estado le pide dejar las recomendaciones tibias y avanzar hacia reglas obligatorias: un reglamento nacional que obligue a hospitales, clínicas, centros diurnos y hogares de larga estancia a respetar la orientación sexual, la identidad de género, el nombre social, la expresión de género y las redes afectivas de las personas adultas mayores LGBTIQ+, con mecanismos de denuncia, supervisión, sanciones efectivas y capacitación obligatoria para el personal. A ello suma la creación de apoyos económicos específicos para quienes llegan a la vejez en pobreza, abandono o exclusión.
Al movimiento de la diversidad le pide unirse alrededor de una agenda común para las personas mayores, revisar sus prácticas internas y abrirles espacios reales para participar, opinar, liderar y decidir. «Sus canas son la historia viva de la lucha por los derechos; no son material de desecho», subraya. Una de sus metas más ambiciosas es crear un centro diurno u hogar de estancia pensado desde y para la comunidad LGBTIQ+: un lugar seguro donde envejecer no signifique tener miedo.
Y a la sociedad le recuerda algo con claridad: los derechos LGBTIQ+ no son solo asunto de personas jóvenes. La diversidad también envejece. Las personas mayores LGBTIQ+ existen, aman, recuerdan, cuidan, desean, sufren, luchan y tienen derecho a una vejez digna, visible y libre de discriminación.
Hablar de vejez LGBTIQ+ no es hablar de un tema secundario. Es hablar de justicia social, de memoria y de derechos humanos. Una sociedad verdaderamente inclusiva no puede defender la diversidad solo en la juventud y abandonarla en la vejez. La dignidad no tiene fecha de vencimiento. La identidad tampoco.
Sume su voz
En Costa Rica Mayor creemos que envejecer con dignidad es un derecho de todas las personas. Si esta conversación le hizo pensar en alguien —en su familia, en su comunidad, en usted misma o usted mismo—, compártala. Suscríbase a nuestro boletín y únase a nuestro Canal de WhatsApp para recibir información sobre derechos, cuidados y vejez digna. Porque la diversidad también envejece, y nadie debería hacerlo en silencio.








