SALUD · DEMENCIAS : Por: Eduardo Méndez, Director de www.costaricamayor.com
El caso del querido humorista Nel López puso sobre la mesa una enfermedad que cambia la conducta antes que la memoria y que casi nadie conoce. La gerontóloga y neuropsicóloga Rebeca Corrales explica qué es la demencia frontotemporal, por qué el diagnóstico correcto lo cambia todo y por qué el cuidado no depende solamente del amor.
Esta semana, el humorista, cantante y exfutbolista Nel López, de 71 años, volvió a ser noticia por una razón distinta a las que lo hicieron querido durante décadas. El programa De boca en boca, de Teletica, informó que López podría estar enfrentando una demencia frontotemporal. Su esposa, María Auxiliadora Arias, aclaró que aún falta un examen para confirmar el diagnóstico, y contó que los primeros signos aparecieron hace cerca de un año, cuando empezó a confundir sus chistes en presentaciones. El propio Nel, fiel a su carácter, resta importancia al asunto: dice sentirse bien, sigue haciendo ejercicio y conversa con naturalidad. Sus amigos del fútbol ya organizaron un partido benéfico para apoyarlo.
Conviene decirlo con cuidado, porque se trata de una persona real y de un diagnóstico todavía por confirmar: nadie debería sacar conclusiones sobre su salud desde afuera. Pero el caso, por la figura tan querida que lo protagoniza, abre una conversación que muchas familias costarricenses viven en silencio. ¿Qué es esta enfermedad de la que casi nadie había oído hablar, y cómo se acompaña en familia a quien empieza a transitarla?
¿Qué es la demencia frontotemporal?
Una demencia no es una sola enfermedad, sino un conjunto de enfermedades del cerebro que deterioran de forma progresiva capacidades como la memoria, el lenguaje, el juicio o el comportamiento, hasta afectar la vida diaria. La más conocida es el Alzheimer. La demencia frontotemporal es otra de ellas, y se calcula que explica entre uno de cada diez y uno de cada cinco casos de demencia.
Su nombre indica dónde ocurre el daño. Los lóbulos frontal y temporal gobiernan la personalidad, el juicio, el autocontrol, la empatía y el lenguaje. En esta enfermedad esas zonas se van encogiendo, de modo que lo primero que se altera no es la memoria, sino la persona: su forma de comportarse, de relacionarse y de hablar. Aparecen la desinhibición, la impulsividad, una apatía profunda, conductas sociales que antes habrían sido impensables. La memoria, en las primeras etapas, puede mantenerse relativamente intacta. Por eso la enfermedad engaña tanto.
A esa dificultad se suma otra. A diferencia del Alzheimer, la demencia frontotemporal tiende a aparecer más temprano —con frecuencia entre los 45 y los 65 años, en plena vida laboral—, aunque también puede presentarse después. Por eso, en muchos casos, nadie espera una demencia a esa edad, y, como resume la Dra. Corrales, nadie se prepara para cuidar a una persona con demencia a los 45 o 50 años, y el diagnóstico se vive como un duelo inesperado para toda la familia.

El diagnóstico correcto lo cambia todo
Aquí la Dra. Corrales insiste en algo que las familias deben entender antes que nada: no toda alteración del comportamiento es demencia frontotemporal. Los mismos cambios de conducta pueden corresponder a un trastorno bipolar, a una depresión o a otras enfermedades neurodegenerativas, y distinguir entre ellas no es un detalle técnico: define por completo el tratamiento.
Por eso el diagnóstico exige una evaluación especializada, no una impresión apresurada. Poner el nombre equivocado retrasa la ayuda adecuada y puede llevar a tratamientos que no corresponden. Distinguir con precisión, en cambio, abre la puerta al acompañamiento correcto.
Cómo acompañar en el día a día
Frente a las conductas difíciles, el primer impulso de la familia suele ser corregir, discutir, poner orden. La Dra. Corrales advierte que ese camino casi siempre empeora las cosas: regañar aumenta la ansiedad y el conflicto, porque se le exige a la persona un control que la enfermedad le arrebató. La conducta no es un capricho; es consecuencia del daño cerebral.
Lo que sí funciona es otra cosa: distraer en lugar de confrontar, redirigir la conversación hacia un terreno tranquilo, validar la emoción sin discutir el contenido y no tomar las conductas como algo personal. A eso se suma el valor de una rutina predecible, ajustada a los gustos de la persona. Y hacia afuera, un gesto necesario: informar al entorno cercano cuando sea pertinente, porque poner nombre a lo que ocurre reduce el estigma y transforma el juicio en empatía.
En este punto la Dra. Corrales rescata una herramienta poco valorada: la terapia ocupacional. No se trata solo de «hacer actividades», subraya. Bien orientada, ayuda a estructurar rutinas, a mantener capacidades, a disminuir las conductas problemáticas y a preservar la identidad ocupacional de la persona, es decir, aquello que la hacía sentirse útil y reconocible. Es un enfoque plenamente alineado con la atención centrada en la persona: cuidar sin borrar quién es.
El cuidado no depende solamente del amor
Y aquí llega el mensaje que, a nuestro juicio, más necesitan escuchar las familias costarricenses. No basta con querer cuidar. Junto al amor hacen falta tiempo, conocimientos, dinero, redes de apoyo y servicios especializados. Cuando alguno de esos pilares falta —y casi siempre falta más de uno— el cuidado se vuelve una carga que ninguna buena intención alcanza a sostener.
Decirlo importa porque libera a muchas familias de una culpa que no les corresponde. Si el cuidado se desborda no es porque no quieran a su ser querido, sino porque están solas frente a una enfermedad que exige apoyos que el país aún no ofrece con suficiencia. Como plantea la Dra. Corrales, no basta con decirle a una familia que cuide; también debemos preguntarnos si tiene el tiempo, los recursos y el apoyo para hacerlo.
La pregunta es cada vez más urgente porque la forma de cuidar cambió. Hay menos redes familiares. Las familias son más pequeñas y con menos tiempo disponible. Todo esto hace mucho más difícil cuidar a una persona con demencia, y es un tema que, como reconoce la propia especialista, merecería un artículo aparte. Por ahora, basta con nombrarlo: la sociedad que antes cuidaba en casa, entre muchas manos, ya no existe de la misma manera, y las instituciones no han llenado ese vacío.
Detrás de muchos comportamientos incomprendidos puede haber una enfermedad del cerebro. Reconocerla a tiempo, diagnosticarla bien y acompañarla en familia —pero no en soledad— cambia el trato, cambia las decisiones y devuelve dignidad a quien la vive y a quienes lo aman.
Terminamos aquí. ¿Y si dejáramos de preguntar por qué esa persona cambió, y empezáramos a preguntar si su familia tiene con qué cuidarla?
Comparta: Si conoce a una familia que esté atravesando este camino, envíele este artículo. A veces poner nombre a lo que ocurre es el primer alivio.
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Este artículo tiene fines informativos y no sustituye la consulta médica. Ante un cambio de conducta, lenguaje o memoria en una persona adulta, busque valoración profesional en la Caja Costarricense de Seguro Social o con un especialista en neurología o geriatría.
Fuentes: Sobre el caso de Nel López: programa De boca en boca (Teletica) y La Nación, 20 de julio de 2026 (diagnóstico presunto, pendiente de confirmación médica según su familia). Entrevista con la Dra. Rebeca Corrales, gerontóloga y neuropsicóloga (citas por confirmar con la fuente antes de publicación). Datos clínicos generales: Manual MSD, MedlinePlus, Alzheimers.gov.






