¿Por qué importa cómo hablamos de la vejez?

Ago 19, 2026 | Frecuencia de vida, Recientes, slider frecuencia de vida | 0 Comentarios

Autor: Costa Rica Mayor

FRECUENCIA VIDA ·Por: Eduardo Méndez, Director de www.costaricamayor.com

El lenguaje no es un adorno: influye en cómo comprendemos y tratamos la vejez. Nombrar con respeto es también una forma de garantizar derechos.

Piense por un momento en las palabras con las que solemos referirnos a las personas mayores en Costa Rica. «Abuelitos», «nuestros viejitos», «la anciana del caso». Suenan cariñosas, casi inofensivas. Y sin embargo, cada una de ellas dice algo sobre el lugar que les damos en la sociedad. El lenguaje no solo describe la realidad: también la construye. Por eso, la manera en que hablamos de la vejez importa mucho más de lo que parece.

Durante años, los discursos públicos y mediáticos vincularon la vejez con enfermedad, dependencia o pérdida de valor social. Esa mirada, a la vez asistencialista e infantilizadora, terminó por invisibilizar la riqueza de experiencias, conocimientos y aportes que las personas mayores siguen brindando a sus comunidades. Y no se trata de una minoría: según datos recogidos en la guía de lenguaje de Costa Rica Mayor, más del 15% de la población del país supera los 60 años, y en pocas décadas una de cada cuatro personas será mayor. Nombrar bien a ese grupo creciente no es un gesto de cortesía, sino una condición para reconocer sus derechos.

Las palabras que conviene dejar atrás

Algunas expresiones muy arraigadas en el habla costarricense merecen una segunda mirada. Los diminutivos como «abuelitos» o «viejitos» infantilizan y restan autonomía, además de que no todas las personas mayores son abuelas o abuelos; la forma recomendada es sencilla y precisa: personas adultas mayores, o personas mayores. Palabras como «anciano» o «senil» se asocian con deterioro y debilidad, mientras que «persona mayor» centra la atención en el ser humano y no en su edad o su condición física. Del mismo modo, «asilo», «casa de reposo» u «hogar de ancianos» arrastran una visión pasiva de la vejez que la propia normativa costarricense ha dejado atrás al hablar de residencia u hogar de larga estancia.

Hay comparaciones que resultan especialmente reveladoras. Llamar «jardín de abuelitos» o «kínder» a un centro diurno equipara a una persona mayor con un niño de preescolar, cuando ese espacio cumple una función de apoyo, estimulación y acompañamiento entre adultos. Otras expresiones cargan una compasión que estigmatiza: en lugar de «postrado», «inválido» o «minusválido», conviene hablar de persona con dependencia severa o en condición de discapacidad; y frente a «demencia senil» o «demente», lo apropiado es referirse a una persona con demencia o con enfermedad de Alzheimer, porque la condición médica no define la identidad de nadie.

Incluso una fórmula tan habitual como «nuestros adultos mayores» merece revisión: ese posesivo, aunque bienintencionado, sugiere pertenencia o paternalismo. Las personas mayores no pertenecen a nadie; son sujetos de derechos con plena autonomía. Y conviene resistir la moda de usar «boomer» como etiqueta: no es un término neutro ni propio de nuestro contexto, y suele emplearse con una connotación que perpetúa el edadismo.

De la palabra al derecho

Detrás de este cuidado con el idioma hay un concepto clave: el edadismo, es decir, la discriminación, los prejuicios y los estereotipos basados en la edad. El edadismo limita la participación de las personas mayores y contribuye a su exclusión, muchas veces de forma tan sutil que ni siquiera lo notamos. Frente a él, el lenguaje inclusivo trabaja a favor de otros tres conceptos que la vejez pone en juego a diario: la autonomía, o el derecho a decidir sobre la propia vida incluso cuando existe dependencia; la autovalencia, que es la capacidad de realizar las actividades cotidianas sin ayuda; y la idea de que envejecer no es una sola experiencia, sino muchas. Por eso los especialistas prefieren hablar de «vejeces», en plural: cada persona vive esta etapa según su historia, su entorno y sus condiciones.

Este cambio de mirada tiene respaldo legal. La Ley Integral para la Persona Adulta Mayor (N.º 7935), la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores —ratificada por Costa Rica— y el artículo 51 de la Constitución Política ofrecen el marco para tratar a las personas mayores como titulares de derechos, y no como objetos de caridad. Comunicar con respeto es, en ese sentido, una manera concreta de cumplir la ley.

Cómo se ve en la práctica

El giro es más fácil de lo que parece, y se nota apenas se compara. Una campaña que invita a «cuidar a nuestros abuelitos» puede transformarse en una que promueve los derechos y la autonomía de las personas mayores. Un titular que anuncia que «una anciana fue abandonada por su familia» gana precisión y dignidad si informa que una mujer mayor enfrenta una situación de abandono mientras las autoridades investigan una posible vulneración de derechos. Y una serie de redes sociales sobre «las historias de los viejitos del hogar» comunica mucho mejor si presenta historias inspiradoras de personas mayores que fortalecen sus comunidades.

Para los medios y las campañas, el principio de fondo es sencillo: no hablar sobre las personas mayores, sino con ellas, reconociéndolas como fuentes válidas en temas de salud, economía, política, cultura y tecnología, y no solo cuando el tema es la vejez. Ayuda también mostrar su diversidad —de género, salud, etnia, escolaridad y procedencia—, usar imágenes reales que reflejen autonomía y alegría en lugar de soledad, respetar la intimidad y el consentimiento antes de publicar un testimonio, y visibilizar de manera especial a las mujeres, que según la misma guía representan el 56% de la población mayor del país.

Nombrar bien no cuesta más ni exige un vocabulario complicado. Exige, apenas, detenerse un segundo antes de escribir o hablar y preguntarse si la palabra elegida abre o cierra espacios de participación. Porque el lenguaje que usamos moldea cómo pensamos, sentimos y actuamos frente a la vejez, y tiene el poder de dignificar o de excluir. Cuando hablamos bien de las personas mayores, hablamos mejor de nosotros mismos como país.

Termino aquí.

La próxima vez que vaya a escribir «abuelitos», ¿se detendrá un segundo a pensar qué palabra reconoce mejor a la persona que tiene enfrente?


Descargue la guía completa. Costa Rica Mayor elaboró una Guía para el buen uso del lenguaje sobre las personas adultas mayores. Solicítela escribiendo a hola@costaricamayor.com.

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Fuentes: Méndez, E. (2025). Guía para el buen uso del lenguaje sobre las personas adultas mayores en Costa Rica. Costa Rica Mayor. Ley Integral para la Persona Adulta Mayor (N.º 7935). Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores (OEA, 2015; ratificada por Costa Rica). Constitución Política de la República de Costa Rica, art. 51. Datos demográficos citados según la guía institucional; pendiente de confirmación en INEC.

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