No me llame «abuelita» si no soy su abuela: el edadismo que llega con sonrisa

May 27, 2026 | Frecuencia de vida, Recientes, slider frecuencia de vida | 0 Comentarios

Autor: Costa Rica Mayor

El cariño mal entendido también vulnera derechos. Cuando el diminutivo borra la identidad, el afecto se convierte en discriminación.

Por: Eduardo Méndez, Director de www.costaricamayor.com

Doña Lucía cumplió 67 años el mes pasado. Esa mañana entró a la sucursal de su banco para retirar un certificado a plazo. La cajera, jovencísima, la recibió con tono dulce: «A ver, abuelita, déjeme ayudarle con eso, no se me preocupe». Doña Lucía sonrió por cortesía y firmó el papel. Pero salió del banco con una incomodidad que no supo nombrar de inmediato.

Doña Lucía no es abuela. Nunca tuvo hijos. Es contadora pensionada, viuda hace tres años, voluntaria en una fundación que enseña matemáticas a niños en Pavas y, desde hace dos meses, alumna de un curso de italiano en una Universidad Pública. Esa mañana, en treinta segundos de trato amable, fue reducida a una palabra que cancelaba todo lo que ella era. La cajera no quiso lastimarla. Y precisamente por eso el daño es más difícil de denunciar: el agresor no aparece, pero la vulneración sí.

El edadismo que se disfraza de ternura

Lo que vivió doña Lucía tiene nombre: edadismo benevolente. Es la forma sutil, sonriente y socialmente aceptada de la discriminación por edad. No grita: arrulla. No insulta: minimiza. No expulsa: infantiliza. Y al infantilizar, vulnera.

El lenguaje no es neutro. Cada palabra que pronunciamos sobre una persona mayor levanta o derriba un trozo de su identidad. La Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, incorporada al ordenamiento costarricense mediante la Ley 9394, consagra el principio de igualdad y no discriminación por razones de edad. Y aclara algo esencial: la discriminación no se mide por la intención de quien la ejerce, sino por el efecto sobre quien la recibe. La buena intención no exime del daño.

La abuelidad es un rol, no una condición de la vejez

No todas las personas mayores son abuelas. No todas las que lo son desean reducir su identidad a esa función. Una mujer de 68 años puede ser ingeniera, hermana, lectora insaciable, fundadora de una pequeña empresa, estudiante de filosofía o las cuatro cosas a la vez. Llamarla abuelita en la fila de la farmacia borra de un plumazo esa biografía.

La abuelidad es un rol familiar, no una condición intrínseca de la vejez. Una persona puede llegar a los 80 años sin haber tenido hijos, o sin que sus hijos hayan tenido descendencia, o habiéndose distanciado de sus nietos por razones que solo a ella le pertenecen. Asignar a toda persona mayor el papel de abuela cuidadora equivale a imponerle un proyecto de vida ajeno. El derecho a la independencia y a la autonomía, reconocido expresamente por la Convención, incluye el derecho a definir quién se es y cómo se quiere ser nombrada.

Los 65 años no son una frontera

El edadismo también levanta fronteras invisibles. Cumplir 65 años no debería significar la salida obligada del mundo activo. Muchas personas mayores conservan plenas capacidades intelectuales, laborales y creativas, y desean seguir aportando. La jubilación, garantizada por el régimen de Invalidez, Vejez y Muerte de la Caja Costarricense de Seguro Social, es un derecho económico; no es una orden de retirada. Cuando un compañero de trabajo le dice a alguien que cumple 65 años «ya es hora de descansar, deje el campo libre», está pronunciando una frase aparentemente afable que, en el fondo, cancela un proyecto de vida.

Cuidar nietos: decisión, no imposición

Existe otra forma de cariño que con frecuencia se convierte en carga silenciosa: el cuidado obligado de nietos. En Costa Rica, miles de mujeres mayores asumen, sin consulta previa, el cuidado diario de niños y niñas mientras los padres trabajan. No se discute aquí la legitimidad de los arreglos familiares libremente pactados, sino la presunción social de que toda abuela debe estar disponible: sin horario, sin remuneración y sin descanso. Esa presunción produce agotamiento, malestar físico y deterioro emocional. Cuidar debe ser una decisión, no una obligación disfrazada de amor.

El edadismo también enferma

La evidencia internacional —documentada por la Organización Mundial de la Salud en su Informe Mundial sobre el Edadismo— ha demostrado que las personas mayores expuestas de manera sostenida a estereotipos negativos sobre la vejez muestran peores indicadores de salud cardiovascular, mayor riesgo de deterioro cognitivo y menor expectativa de vida. Sentirse invisible, no escuchada, descartada o reducida a un diminutivo tiene consecuencias somáticas. El maltrato simbólico también lastima el cuerpo.

Preguntar es reconocer dignidad

¿Qué nos corresponde hacer? Lo primero, preguntar. Antes de llamar a alguien abuelita, basta con preguntarle cómo desea ser llamada. Doña Lucía. Señora Hernández. Licenciada Ana. María. El nombre es la primera frontera de la dignidad, y respetarlo no cuesta nada.

Lo segundo, abandonar la visión homogénea de la vejez. Las personas mayores estudian, trabajan, emprenden, se enamoran, cambian de carrera, cuidan, son cuidadas, militan, escriben, viajan, vuelven a la universidad, abren un negocio, aprenden a programar, dejan vínculos tóxicos, comienzan vínculos nuevos. La vejez no es un destino único: es una etapa con tantos rostros como personas la habitan.

El edadismo benevolente es peligroso justamente porque se disfraza. No se presenta como agresión, sino como ternura. Reconocerlo en el lenguaje cotidiano es el primer paso para desmontarlo en las instituciones, en las familias, en los servicios públicos y en los medios de comunicación.

La pregunta que nos compete

¿Qué país queremos habitar cuando lleguemos a esa edad? ¿Uno donde se nos nombre por nuestros propios nombres, o uno donde se nos reduzca a un diminutivo cariñoso que cancela quienes hemos sido? La respuesta no la dará la vejez de mañana: la estamos escribiendo hoy, en cada palabra con la que decidimos hablarle a quien ya recorrió ese camino.

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