Mirar los 205 años de Costa Rica desde el desafío del envejecimiento y la vejez

Sep 14, 2026 | Contexto, Opinión, slider noticias, slider opinion | 0 Comentarios

Autor: Costa Rica Mayor

CONTEXTO. Por: Eduardo Méndez, Director de www.costaricamayor.com 

Ellos también construyeron esta Costa Rica: las personas mayores que han visto cambiar el país durante 70, 80 y 90 años

Por: Redacción de Costa Rica Mayor · Colabora: Lic. Eduardo Méndez, Director de www.costaricamayor.com

Costa Rica cumple 205 años de vida independiente en 2026, bajo el lema oficial de un país «libre, en paz y sembrando futuro». Es una buena fecha para hacer una pregunta que rara vez aparece en los desfiles del 15 de setiembre: ¿quiénes son las personas que han visto, con sus propios ojos, la mayor parte de esa historia reciente? La respuesta está en las cifras del último informe demográfico. Cuando el Instituto Nacional de Estadística y Censos proyecta que en 2026 vivirán en el país 638.362 personas de 65 años o más, y 904.782 de 60 años o más, no está contando solo a quienes hoy necesitan cuidados. Está contando a testigos vivos de casi la mitad de la vida republicana del país. Detrás de cada punto de esa pirámide que se ensancha por arriba hay una biografía cruzada con la historia nacional.

De esos 205 años, una persona que hoy tiene noventa ha vivido de forma consciente los últimos ochenta y tantos: es decir, más del cuarenta por ciento de la Costa Rica independiente. Le tocó nacer en un país de caminos de tierra, que aún no llegaba al millón de habitantes y donde la esperanza de vida rondaba los cincuenta años. Aprendió a leer en una escuela de una sola aula, caminó horas hasta el puesto de salud más cercano y vio, década tras década, cómo su cantón estrenaba electricidad, agua potable y, más tarde, un EBAIS a la vuelta de la esquina. Hoy convive con bisnietos que crecieron con un teléfono en la mano. Esa distancia —la que separa el mundo en que nació de aquel en que envejece— es quizá la experiencia más radical que carga una generación entera de costarricenses.

La proyección del INEC lo confirma con la frialdad de los números: la población menor de quince años (945.961 personas, 18,1%) tiende a igualarse con la de sesenta o más (17,3%). La base y la cúspide de la pirámide se acercan, y ese cruce, que los demógrafos llaman punto de inflexión, es en realidad el retrato de un país que envejeció porque, primero, logró que su gente viviera más. Vista desde los 205 años, la longevidad no es un accidente ni una carga sobrevenida: es uno de los logros más contundentes de la vida republicana, el resultado acumulado de decisiones —salud pública universal, educación, agua, vacunas— que estas mismas personas mayores ayudaron a construir, sostener y pagar con su trabajo.

Foto: Grupo de adultos mayores de Curridabat. San José-

Una generación que levantó las instituciones del país

Hay que decirlo con todas sus letras, porque el relato dominante sobre la vejez suele olvidarlo. Las personas que hoy tienen setenta, ochenta o noventa años son las que cotizaron durante décadas para que existiera la Caja Costarricense de Seguro Social tal como la conocemos. Son quienes, siendo jóvenes maestras, peones, costureras, comerciantes o funcionarias, financiaron con su esfuerzo diario el sistema de pensiones, los hospitales y las escuelas de los que hoy se benefician también las generaciones más jóvenes. Cuando alguien afirma que el envejecimiento «presiona» al sistema de salud, dice una verdad contable a medias: ese sistema existe, en buena parte, porque esa generación lo construyó ladrillo a ladrillo.

Buena parte de la Costa Rica que hoy celebramos en los 205 años se forjó durante sus vidas. Quien hoy tiene noventa años vio nacer la Costa Rica de la abolición del ejército en 1948 y del voto femenino que se ejerció por primera vez a mediados de siglo. Quien hoy tiene ochenta creció mientras el país universalizaba el seguro social y llevaba la electricidad a los campos. Quien hoy tiene setenta trabajó durante la expansión de la educación pública y de la red de EBAIS que hizo de Costa Rica un referente mundial de atención primaria. No son espectadores de la historia nacional: son sus autores. Hay una injusticia silenciosa en tratar a la persona mayor únicamente como beneficiaria de servicios, como si llegara al final de la vida con las manos vacías a pedir. La realidad es la contraria.

Una sola vida, varios países distintos

Vale la pena detenerse en lo que significa haber atravesado tantos cambios en una sola biografía. Una persona que hoy tiene noventa años nació cuando Costa Rica era mayoritariamente rural, de economía cafetalera y bananera, donde la mayoría no terminaba la escuela y morir por una infección común era cosa corriente. En el transcurso de su vida vio desaparecer enfermedades que mataban niños, vio llegar la penicilina, la televisión, el teléfono, la computadora y el internet. Vio a su país pasar de las máquinas de escribir a los cajeros automáticos, de las cartas que tardaban semanas a los mensajes instantáneos. Ninguna generación anterior en la historia había presenciado una transformación tan acelerada del mundo cotidiano. Adaptarse a todo eso, una y otra vez, sin manual y sin pausa, es en sí mismo una proeza que rara vez se reconoce como tal.

Foto: Grupo de adultos mayores del Centro Diurno El Tejar y la Universidad Santa Paula.Cartago.

La memoria como patrimonio de 205 años

En la península de Nicoya, una de las pocas zonas del planeta donde se concentra una proporción notable de personas centenarias, los investigadores llevan años tratando de descifrar el secreto de esa longevidad. Han hablado de la alimentación sencilla, del agua, del movimiento cotidiano. Pero quienes conocen de cerca a esas personas mayores saben que hay algo más difícil de medir: un tejido de vínculos, de pertenencia, de propósito. La persona mayor nicoyana que a los cien años sigue activa no es un cuerpo frágil a la espera de reparación; es la depositaria de un saber sobre el buen vivir que ninguna clínica puede comprar y que el país haría bien en escuchar antes de que se pierda.

Ese saber es patrimonio nacional tanto como cualquier acta de independencia. Una persona de ochenta y siete años recuerda cómo se sembraba antes de los agroquímicos, cómo se resolvían los conflictos en una comunidad sin abogados a la mano, cómo se cuidaba a los enfermos cuando no había hospital cerca. Recuerda los nombres de calles que cambiaron, de oficios que desaparecieron, de recetas y canciones que ya casi nadie repite. Cuando una persona mayor muere sin que nadie haya recogido su memoria, el país pierde un archivo vivo de su propia historia que ninguna base de datos podrá reconstruir. Y sin embargo, rara vez tratamos esa memoria con la urgencia con que protegeríamos un documento de 1821.

El espejo del país que viene

La misma proyección del INEC que retrata a las personas mayores de hoy anuncia el futuro de quienes hoy son jóvenes. La natalidad costarricense cayó por debajo del nivel de reemplazo: el grupo de cero a cuatro años apenas representa el 4,9% de la población, muy por debajo de los tramos adultos. Dicho de otro modo, la generación que hoy tiene treinta o cuarenta años será mayoría mayor en pocas décadas, y lo será en un país con menos gente joven para acompañarla. Si estos 205 años enseñan algo, es que la forma en que Costa Rica trate hoy a sus personas mayores es, literalmente, el ensayo de cómo se tratará a sí misma cuando le toque el turno.

Por eso importa el lenguaje con que celebramos la efeméride. Hablar de las personas mayores como «carga», «gasto» o «problema demográfico» no solo es injusto con quienes construyeron el país: es miope, porque describe a la persona en la que cada uno se convertirá. El enfoque de derechos, que Costa Rica ha suscrito al ratificar la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, propone justo lo contrario. Reconoce a la persona mayor como titular de derechos y no como beneficiaria de la buena voluntad ajena. Como ciudadana plena que sigue teniendo voz, voto, capacidad de decidir sobre su vida y mucho que aportar a un país que apenas cumple 205 años y todavía tiene mucho por delante.

Ese cambio de mirada tiene consecuencias prácticas. Una sociedad que ve a sus mayores como titulares de derechos invierte en clínicas de la memoria, en pensiones dignas, en transporte accesible y en centros diurnos con programas de estimulación, no como un favor, sino como una obligación con quienes ya cumplieron la suya. Una sociedad que los ve como carga, en cambio, racionaliza cada recorte y posterga cada decisión, hasta que la brecha entre lo que se necesita y lo que se ofrece se vuelve insostenible. La diferencia entre ambos caminos no es económica antes que ética: es la misma cifra del INEC leída con gratitud o leída con temor.

Grupo adultos mayores de Pavas, San José.

Celebrar 205 años escuchando a quienes los vivieron

Hay gestos concretos que no cuestan lo que cuesta una cámara hiperbárica ni requieren esperar a 2038. Preguntarle a una persona mayor por su historia y anotarla. Incluir su voz en las decisiones del cantón, del centro diurno, de la familia. Reconocer públicamente que la escuela, el hospital y la pensión que disfrutamos llevan su firma. Diseñar comunidades donde envejecer no signifique volverse invisible, sino seguir participando. Muchos gobiernos locales ya avanzan en esa dirección con la iniciativa de Ciudades y Comunidades Amigables con las Personas Mayores; muchas familias lo hacen, sin nombrarlo, cada vez que se sientan a escuchar a la abuela contar cómo era todo antes.

Doña Emilia, la de los caminos de tierra, no necesita que la traten como una reliquia ni como una víctima del paso del tiempo. Necesita lo que necesita cualquier ciudadana: que se reconozca lo que aportó, que se respete lo que todavía puede aportar, y que el país al que le dio casi noventa años la mire de frente, sin condescendencia. Ella y las 904.782 personas mayores que este 2026 comparten el país no son un apéndice de los 205 años que se celebran: son quienes, con su trabajo, su voto y su memoria, sostuvieron buena parte de ellos.

Un país que sabe de dónde viene cuida a quienes lo trajeron hasta aquí. Y celebrar 205 años de independencia es, también, aprender a mirar la vejez no como el final de una historia, sino como la prueba de que esa historia salió bien.

Cuéntenos: ¿Qué historia de una persona mayor de su familia merece no perderse en estos 205 años? Escríbanos a hola@costaricamayor.com o al WhatsApp +506 8324-0116.

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