FRECUENCIA VIDA . Por: Redacción www.costaricamayor.com
Costa Rica Mayor visitó el Programa Institucional para la Persona Adulta y Adulta Mayor (PIAM) de la Universidad de Costa Rica para compartir sobre la Convención Interamericana de Derechos Humanos de las Personas Mayores. No fuimos a dar una charla: fuimos a construir una clase junto a un grupo de personas mayores que enseñaron, actuaron, opinaron y demostraron que los derechos se aprenden mejor cuando uno es protagonista y no espectador.
Hay una manera cómoda de hablarles a las personas mayores sobre sus derechos: pararse al frente, leer una lista de leyes y esperar el aplauso educado del final. Nosotros preferimos la otra manera, la que incomoda un poco al inicio y termina llenando el aula de voces.
La semana pasada, nuestro director, Eduardo Méndez, estuvo en el Programa Institucional para la Persona Adulta y Adulta Mayor (PIAM) de la Universidad de Costa Rica, compartiendo una sesión sobre derechos con un grupo de personas mayores tan animadas que la hora prevista se quedó corta. No fue una conferencia. Fue una clase construida entre todos.
Por qué empoderar, y no solo informar
Empoderarse en los propios derechos no es lo mismo que enterarse de que existen. Una persona puede saber que la ley la protege y, aun así, callar frente al funcionario que la trata con impaciencia, firmar un documento que no entendió o aceptar que un familiar decida por ella “para no molestar”. La información, por sí sola, no cambia esa escena.
El empoderamiento sí la cambia. Ocurre cuando la persona no solo conoce el derecho, sino que se siente con la legitimidad de exigirlo, con las palabras para nombrarlo y con la confianza para sostenerlo frente a quien intente pasarlo por alto. Por eso insistimos en que los derechos de las personas mayores no se regalan desde una tarima: se apropian desde la experiencia.
Y a esa apropiación se llega participando. Difícilmente alguien defiende con firmeza algo que le fue dictado; en cambio, defiende con convicción aquello que ayudó a construir, que discutió con sus compañeros y que puso en sus propias palabras.
Gerontología educativa: la clase la hacemos entre todos
Nuestra manera de enseñar derechos se apoya en la gerontología educativa, un enfoque que parte de una premisa sencilla y a la vez transformadora: la persona mayor no es un recipiente vacío que hay que llenar, sino alguien con una vida entera de saberes que tiene mucho que aportar al aula.
En la práctica, eso significa que las personas adultas mayores ayudan a construir la clase. No se limitan a escuchar: participan en dinámicas, exponen temas mediante el teatro, representan situaciones que ellas mismas han vivido, opinan, discrepan y corrigen. El facilitador deja de ser la única voz autorizada y se convierte en quien acompaña, ordena y provoca la conversación.
El teatro, en particular, hace algo que ninguna diapositiva logra. Cuando una participante representa a la vecina que sufre un trato discriminatorio, o al hijo que quiere manejar la pensión de su madre, el derecho abstracto se vuelve una escena reconocible. La sala se ríe, se indigna, se emociona, y en ese recorrido aprende más que con cualquier definición jurídica.
El corazón de la sesión: la Convención Interamericana
El eje sobre el que giró toda la conversación fue la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, el instrumento internacional más importante que existe hoy en materia de derechos de la vejez. Costa Rica no es ajena a ella: la aprobó mediante la Ley 9394 y, al depositar su instrumento de ratificación en diciembre de 2016, se convirtió en el segundo país en hacerlo y detonó su entrada en vigor en el continente. En otras palabras, no hablamos de un texto lejano, sino de una ley de la República que nos obliga y nos protege.
Lo que hace tan valiosa a esta Convención es que cambia la mirada. Deja de tratar a la persona mayor como un objeto de cuidado y la reconoce como sujeto pleno de derechos. Aporta, además, una definición jurídica clara —persona mayor es, en principio, quien tiene 60 años o más— y nombra por primera vez con todas sus letras cosas que antes se toleraban en silencio: el maltrato, el abandono, la negligencia y, muy especialmente, la discriminación por edad.
En la sesión conversamos sobre lo que la Convención reconoce en la práctica: el derecho a la autonomía y la independencia, a decidir sobre la propia vida, a la seguridad y a una vida sin violencia, a la salud, al acceso a la justicia y a la participación e integración en la comunidad. Descubrir que todo eso está escrito y respaldado por el Estado produce un efecto notable en el aula: la persona deja de pedir favores y empieza a reclamar derechos.

Los temas que pusimos sobre la mesa
La sesión recorrió los asuntos que hoy más tocan la vida cotidiana de las personas mayores. Hablamos del edadismo, esa discriminación por edad tan normalizada que muchas veces ni se percibe, y del lenguaje inclusivo como una forma concreta de respeto: no es lo mismo llamar a alguien “viejito” con condescendencia que reconocerlo como una persona mayor con plenos derechos.
Conversamos sobre la convivencia intergeneracional —cómo tender puentes con hijos y nietos sin renunciar a la propia autonomía— y sobre el uso de la tecnología, que abre puertas pero también puede convertirse en una nueva barrera cuando los trámites solo existen en una pantalla.
Y entramos de lleno en los temas que dan seguridad jurídica a la vejez: los derechos reconocidos por la Ley Integral para la Persona Adulta Mayor, las pensiones, los testamentos y las donaciones. Son asuntos que la gente suele posponer por incomodidad o superstición, y que precisamente por eso conviene hablar con claridad, a tiempo y sin miedo.
Un grupo que enseñó tanto como aprendió
Lo que más nos llevamos del PIAM no fueron las preguntas, aunque hubo muchas y muy buenas. Fue la actitud. Un grupo de personas mayores dispuestas a levantar la mano, a representar una escena frente a sus compañeros, a discutir un punto de vista y a reírse de sí mismas en el camino. Personas que llegaron a la universidad no a ocupar un asiento, sino a seguir creciendo.
Ese es exactamente el país que queremos ayudar a construir desde Costa Rica Mayor: uno donde envejecer no signifique retirarse de la vida, sino seguir aprendiendo, opinando, enseñando y ejerciendo derechos. Y donde las instituciones —como el PIAM de la UCR— abran espacios para que eso ocurra.
Agradecemos al Programa y a cada participante por recordarnos algo que a veces se olvida: la mejor manera de enseñar derechos a las personas mayores es dejar que sean ellas quienes los expliquen.
Termino aquí.
¿Y si dejáramos de darles clases a las personas mayores y empezáramos a darlas con ellas?
Comparta. Si conoce a una persona mayor que sigue con ganas de aprender, envíele esta nota. El aprendizaje no tiene edad de jubilación.
Cuéntenos. ¿Le gustaría que llevemos un taller de derechos a su grupo, asociación o centro? Escríbanos a hola@costaricamayor.com o al WhatsApp +506 8324-0116.
Lea también. Nuestra cobertura sobre edadismo, autonomía y derechos de las personas mayores en Costa Rica Mayor.
Lic. Carlos Eduardo Méndez Vásquez, Máster en Gerencia Social — Código profesional 036791
Fuentes: Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, aprobada por Costa Rica mediante la Ley 9394; la ratificación se depositó ante la OEA el 13 de diciembre de 2016, con lo que el país fue el segundo Estado ratificante y la Convención entró en vigor. La sesión descrita se realizó en el marco del Programa Institucional para la Persona Adulta y Adulta Mayor (PIAM) de la Vicerrectoría de Acción Social de la Universidad de Costa Rica. Confírmense fecha y grupo específicos antes de su publicación.




