El Chirripó como proyecto de vida: la historia de Elsa Lizano

May 18, 2026 | Frecuencia de vida, slider frecuencia de vida | 0 Comentarios

Autor: Costa Rica Mayor
A sus 76 años, Elsa Lizano convirtió el ascenso al Cerro Chirripó en una experiencia de disciplina, propósito y conexión con la vida. Su historia no habla de desafiar la edad, sino de la importancia de seguir construyendo metas, vínculos y proyectos personales en cualquier etapa.
Por: Redacción www.costaricamayor.com 

Hay montañas que no se suben solo con las piernas.

Se suben con disciplina, con paciencia, con la memoria de todo lo vivido y con esa fuerza íntima que aparece cuando una persona decide ponerse una meta y caminar hacia ella, sin pedir permiso a los prejuicios.

Para Elsa Lizano, de 76 años, escalar el Cerro Chirripó con 3.820 metros sobre el nivel del mar, no fue una ocurrencia ni una forma de demostrarle algo a los demás. Fue una meta construida paso a paso. Un proyecto personal. Una decisión tomada desde la preparación, la ilusión y el respeto profundo por su propio cuerpo.

“Yo me sentía muy preparada. Iba muy segura de que físicamente el entrenamiento había sido magnífico”, recuerda Elsa.

Pero la montaña, como la vida, no solo exige fuerza física. También pide calma, enfoque y confianza interior.

“Lo mental fue mucho más difícil, pero también fuimos entrenadas en lo mental”, cuenta.

Durante el ascenso, Elsa entendió que la distancia completa podía intimidar si se miraba de una sola vez. Por eso aprendió a dividir el camino en pequeños tramos, como quien comprende que las grandes metas se sostienen mejor cuando se avanzan con serenidad.

“Nos entrenaron para decir: vamos por el kilómetro 2, ahora llegamos al 3, ahora al 4. No ir viendo lo largo, sino un kilómetro más nada más”.

De ahí nació una frase sencilla, pero poderosa: un paso a la vez.

“Si uno está un poquillo cansado, un pasito más, un pasito más. Eso me dio la oportunidad de estar tranquila”.

En ese caminar, el Chirripó dejó de ser únicamente una cima. Se convirtió en una experiencia emocional y espiritual. Elsa recuerda los pajaritos, la naturaleza, el paisaje y esa sensación de frescura mental que aparece cuando el cuerpo avanza en armonía con el entorno.

“Uno va viendo la naturaleza, va controlando, ya no piensa en lo largo. Es como si hubiera una armonía entre cuerpo y mente”.

Esa imagen resume el corazón de su historia: una mujer caminando con conciencia, no contra su edad, sino a favor de su vida.

Elsa habla de los límites con una claridad admirable. No los niega, no los romantiza. Los reconoce como parte del autocuidado.

“Hay que exigirse hasta donde uno pueda, no irse más, porque de ahí se puede dañar”.

Pero también distingue esos límites físicos de otros límites más silenciosos: los que nacen del miedo, de la costumbre o de una sociedad que muchas veces espera que las personas mayores reduzcan sus sueños.

“Yo lo que hago son metas. Soy muy constante en la práctica de las metas. Considero que hay que ponerse metas en la vida, aunque sean cosas pequeñitas”.

Y ahí está una de las grandes enseñanzas de Elsa Lizano.

Ponerse metas no significa perseguir grandes hazañas. Una meta puede ser salir a caminar, matricular un curso, llamar a una amistad, volver a estudiar, cuidar una planta, visitar un lugar querido, aprender algo nuevo o recuperar una pasión que quedó esperando.

Las metas pequeñas también sostienen la vida.

Dan dirección.

Ordenan el ánimo.

Abren conversación.

Devuelven movimiento interior.

Elsa lo sabe bien. Como estudiante del Programa Integral del Adulto Mayor (PIAM) de la Universidad de Costa Rica, ha encontrado espacios para aprender, compartir, crear vínculos y seguir participando activamente en la vida social y educativa.

Su mensaje para otras personas mayores no es que todas deban subir el Chirripó. Su mensaje es mucho más profundo: cada persona puede encontrar su propia montaña.

“El envejecimiento es un hecho, pero no tiene por qué quitarnos los propósitos. Se pueden hacer cosas cortas, realizar actividades para sentirnos mejor, buscar grupos, apoyarnos y tener una vida con calidad”.

Por eso insiste en la importancia de salir de la casa, buscar compañía, construir amistades y participar en espacios donde la vida siga teniendo encuentro.

“Que busquen cómo tener una pasión o comunicarse con gente. Eso es de lo más satisfactorio que podemos tener en la vida”.

Cuando Elsa llegó al albergue, sintió alegría. Había cansancio, claro. También satisfacción. Al día siguiente vendría la cima. Pero para entonces ya había ocurrido algo importante: la montaña le había confirmado que una meta también puede ser una forma de cuidarse, de escucharse y de mantenerse conectada con la vida.

Su historia no necesita adornarse con frases grandilocuentes. No se trata de decir que “la edad no importa” ni de convertirla en una excepción. Se trata de reconocer algo más justo y más humano: las personas mayores siguen teniendo proyectos, deseos, disciplina, capacidad de decisión y derecho a vivir experiencias significativas.

Elsa Lizano subió el Chirripó un paso a la vez.

Y en cada paso dejó una invitación silenciosa para quienes la lean: tal vez no se trata de escalar una montaña, sino de volver a preguntarse cuál es esa meta, pequeña o grande, que todavía puede darle movimiento al corazón.

Porque algunas cimas están en la montaña.

Y otras comienzan el día en que una persona decide volver a caminar hacia sí misma.

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