Por: Redacción Costa Rica Mayor. Colabora: Eduardo Méndez, Director de Costa Rica Mayor
San José, Costa Rica. En medio del debate sobre el futuro fiscal del país, hay una realidad que pasa desapercibida: los centros diurnos, los programas de envejecimiento activo y las iniciativas comunitarias para personas adultas mayores están generando un impacto económico directo en Costa Rica. No se trata solo de bienestar social, sino de una verdadera inversión estratégica en salud pública y crecimiento económico.
Cuando se analizan las grandes cifras del gasto público, pocas veces se mencionan estos espacios. Sin embargo, un reciente informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), cambia completamente la perspectiva. El estudio concluye que si Costa Rica logra reducir enfermedades no transmisibles como el cáncer, las enfermedades cardiovasculares, la EPOC y la diabetes, el país podría incrementar su Producto Interno Bruto en un 3,3% anual entre 2026 y 2050.
El dato es contundente, pero lo más relevante es el origen de ese crecimiento: la prevención. No son los hospitales ni la tecnología de alta complejidad los que explican este impacto, sino las acciones cotidianas que mantienen a las personas sanas por más tiempo.
En este punto, los centros diurnos y los programas de envejecimiento activo adquieren una nueva dimensión. Estos espacios promueven actividad física, alimentación saludable, interacción social y aprendizaje continuo, todos factores clave para prevenir enfermedades crónicas. En otras palabras, cada actividad comunitaria dirigida a personas mayores está generando un retorno económico tangible para el país.
El informe también señala que la inactividad física es el principal factor de riesgo en Costa Rica, seguido por la mala alimentación y la obesidad. Esto significa que iniciativas tan simples como caminatas comunitarias, clases de ejercicio o talleres de nutrición tienen un impacto directo en la reducción de enfermedades y en la sostenibilidad del sistema de salud.
El impacto no es solo sanitario, sino también económico. Vivir con mala salud reduce los ingresos anuales en aproximadamente 3.300 dólares por persona, debido a menor productividad, ausentismo y deterioro emocional. En el caso de las personas adultas mayores, esto se traduce en pérdida de autonomía, mayor dependencia y un incremento en la demanda de servicios de la Caja Costarricense de Seguro Social.
Además, existe una relación directa entre enfermedades crónicas y salud mental. Las personas con estas condiciones tienen entre un 15% y un 25% más riesgo de desarrollar depresión. Aquí es donde los centros diurnos cumplen una función crítica: no solo mejoran la salud física, sino que combaten la soledad y fortalecen el sentido de pertenencia, elementos fundamentales para el bienestar integral.
Desde una perspectiva de política pública, las implicaciones son profundas. El modelo de la OCDE estima que abordar adecuadamente estas enfermedades podría reducir el gasto en salud hasta en un 41%. En un contexto donde la prevalencia de diabetes en adultos en Costa Rica ronda el 14% y se proyecta un aumento significativo del gasto en enfermedades crónicas hacia 2050, la prevención se vuelve no solo necesaria, sino urgente.
Esto plantea un desafío claro: el país debe replantear la forma en que financia y fortalece los centros diurnos y los programas comunitarios. Actualmente, muchos operan con recursos limitados, alta dependencia del voluntariado y condiciones laborales precarias, a pesar de su impacto estratégico.
Iniciativas como las Ciudades y Comunidades Amigables con las Personas Mayores y la expansión de los Centros Diurnos de Atención Integral (CECUIDAM) representan avances importantes. Sin embargo, aún existe una brecha significativa entre el impacto que generan y los recursos que reciben.
El mensaje es claro: los centros diurnos no son un gasto social. Son infraestructura preventiva. Son parte del sistema de salud. Y, sobre todo, son una de las inversiones más rentables que Costa Rica puede hacer.
Desde una lectura estratégica, el envejecimiento de la población no debe entenderse como una crisis, sino como una oportunidad. Pero esa oportunidad no se construye en grandes reformas abstractas, sino en acciones concretas y cotidianas: en una clase de ejercicio, en una caminata comunitaria, en un espacio de encuentro.
Ahí, en lo aparentemente pequeño, se está definiendo el futuro económico y social del país.







