¿Por qué para uno de los cargos más pesados del mundo se elige a una persona adulta mayor?

Oct 6, 2026 | Opinión, Recientes, slider opinion | 0 Comentarios

Autor: Costa Rica Mayor

OPINION.  Por. Msc. Germán Salas M. Periodista. gersalma@yahoo.com

Cuando la Iglesia católica debe escoger a un hombre para uno de los cargos más exigentes del planeta, los electores entran en la Capilla Sixtina y muchas veces confían esa responsabilidad a una persona adulta mayor, con canas, arrugas y décadas a cuestas.  Resulta paradójico.

Ser Papa no representa el premio al final de una carrera. Representa el comienzo de una responsabilidad enorme justo cuando el mundo suele decirle a una persona que llegó la hora de retirarse. 

El Papa debe gobernar, tomar decisiones difíciles, recibir personas, viajar, escuchar conflictos, enfrentar crisis, consolar, enseñar y cargar sobre sus hombros las preocupaciones de una Iglesia extendida por todo el planeta. Y, sin embargo, no pocas veces esa misión comienza cuando el cabello ya se volvió blanco y el cuerpo empieza a recordar que los años pesan. ¿Por qué?

Tal vez porque la Iglesia comprende que hay fortalezas que solo nacen después de conocer muchas veces la propia debilidad. Los años enseñan que la vida rara vez resulta tan sencilla como parecía a los veinte. 

Nuestra época comete una injusticia cuando confunde juventud con capacidad y vejez con inutilidad. Damos tanto valor a la velocidad que olvidamos preguntarnos hacia dónde corremos. Nunca tuvimos tanta información al alcance de la mano, pero información y sabiduría no significan lo mismo.

Benedicto XVI, quien conoció personalmente el peso de los años y también el peso del pontificado, expresó una visión completamente distinta de la vejez: «¡Es bello ser anciano! […] En cada edad es necesario saber descubrir la presencia y la bendición del Señor y las riquezas que aquella contiene. ¡Jamás hay que dejarse atrapar por la tristeza! Hemos recibido el don de una vida larga».

Benedicto XVI añadió: «En la Biblia se considera la longevidad una bendición de Dios; hoy esta bendición se ha difundido y debe verse como un don que hay que apreciar y valorar».

Nosotros contamos años; la Biblia habla de bendición. Nosotros vemos arrugas; la fe puede descubrir una historia. Nosotros preguntamos cuánto le queda a una persona; quizá deberíamos preguntarnos cuánto tiene todavía para enseñarnos.

Podemos esperar horas para ver pasar a un anciano vestido de blanco. Guardamos silencio cuando habla. Escuchamos sus consejos. Citamos sus palabras. Nos emocionamos cuando levanta la mano para bendecir.

Admiramos la experiencia cuando ocupa un trono, pero muchas veces la ignoramos cuando se sienta a nuestra mesa.  El papa Francisco habló con enorme insistencia sobre esta realidad. En una de sus reflexiones dijo: «¡Qué importantes son los abuelos en la vida de la familia para comunicar ese patrimonio de humanidad y de fe que es esencial para toda sociedad!»

Francisco dijo también algo especialmente hermoso: «Los abuelos, los abuelos tienen una capacidad para comprender las situaciones más difíciles: ¡una gran capacidad! Y cuando rezan por estas situaciones, su oración es más fuerte, ¡es poderosa!»

Quizá sea porque han visto suficientes tormentas como para saber que no todas destruyen la casa. Por eso hay cosas que una persona mayor puede mirar de otra manera.

Ya no deberíamos preguntarnos solamente: ¿por qué elegir a un anciano para una responsabilidad tan pesada como el papado? Tal vez deberíamos preguntarnos algo mucho más incómodo: ¿Por qué una sociedad capaz de reconocer el valor de la experiencia para conducir a la Iglesia puede considerar inútiles a sus propios ancianos? Algo no encaja.

Quizá por eso, para uno de los cargos más pesados del mundo, no hacen falta necesariamente los hombros más fuertes, sino unos hombros que ya conozcan el peso de la vida y que, después de tantos kilómetros, todavía quieran cargar un poco más por los demás. 

Porque las canas y las arrugas no solo hablan del tiempo que queda. A veces revelan todo lo que una persona tuvo que vivir para tener algo verdadero que decirnos. 

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