La Pasada de la Virgen: lo que recuerdan quienes la han visto pasar toda la vida

Ago 3, 2026 | Frecuencia de vida, slider frecuencia de vida | 0 Comentarios

Autor: Costa Rica Mayor

FRECUENCIA VIDA · Memoria y tradición . Por: Redacción www.costaricamayor.com

Cada 3 de agosto, La Negrita cambia de casa por un mes y Cartago se viste de aserrín y flores para acompañarla. Para muchas personas mayores, la procesión no es solo un acto de fe: es un hilo que las une con la niñez, con los padres que ya no están y con un pueblo que sigue caminando a su lado.

Hay tradiciones que se miden en generaciones. La Pasada de la Virgen de los Ángeles es una de ellas. Cada 3 de agosto, terminada la romería, la imagen de la Patrona de Costa Rica sale de la Basílica y recorre cerca de dos kilómetros hasta la Catedral de Nuestra Señora del Carmen, en pleno centro de Cartago, donde permanecerá como visita hasta el primer domingo de setiembre. La costumbre data de 1782, cuando el obispo Esteban Lorenzo de Tristán dispuso el traslado de la imagen para apartar las fiestas de los excesos que rodeaban entonces la celebración. De aquella decisión nació una de las expresiones de fe más queridas del país.

Con el paso de los años, la Pasada se convirtió en mucho más que una procesión religiosa. Es el homenaje de agricultores, boyeros y floricultores que acompañan a la Virgen con carrozas decoradas, con frutas y verduras de sus cosechas, con caballos y con música. La carroza que traslada la imagen suele ser obra de comunidades enteras que dedican semanas a construirla. Y las calles amanecen cubiertas de alfombras de aserrín de colores y flores naturales, tejidas desde la madrugada por vecinos de todas las edades. Cartago entero se vuelve un tapiz.

Un recuerdo que se hereda

Para la persona mayor cartaginesa, la Pasada es un almanaque del corazón. Muchas la recuerdan desde niñas, tomadas de la mano de su madre o de su abuela, esperando en la acera el paso de la carroza. Recuerdan el olor del aserrín húmedo, el repique de las campanas, la emoción de ver a La Negrita salir del templo entre miles de personas. Recuerdan los trajes domingueros, las promesas cumplidas, los agradecimientos susurrados. Cada 3 de agosto, al ver pasar de nuevo a la Virgen, vuelven por un instante a ser aquella niña o aquel niño que miraba todo con asombro.

Esa memoria tiene un valor que va más allá de la nostalgia. Recordar en voz alta, compartir la historia con hijos y nietos, señalar la esquina donde de joven ayudaba a hacer la alfombra: todo eso reafirma quién se es. La memoria es identidad, y las tradiciones son el lugar donde la persona mayor sigue siendo protagonista, no espectadora. Cuando una abuela cuenta cómo era la Pasada hace sesenta años, no está simplemente recordando; está transmitiendo, enseñando, dejando huella. Está ejerciendo un papel que ninguna edad le quita.

Acompañar sin dejar a nadie por fuera

La Pasada es también una invitación a la familia. Para quien tiene movilidad reducida, participar requiere un poco de previsión: buscar un punto del recorrido con sombra y donde sea posible sentarse, llegar con tiempo para evitar las aglomeraciones, llevar agua y protección para el sol o la lluvia, que en estas fechas aparece de repente. La Catedral, en pleno centro, suele ofrecer un acceso más cómodo que la Basílica para quien camina con dificultad. Nada de eso debería ser excusa para dejar en casa a la persona mayor que desea acompañar a la Virgen. Vivir la tradición en compañía es, para muchas, el mejor regalo del año.

Tres voces que la han visto pasar

Don Rafael, ochenta años, agricultor de El Guarco, no recuerda un solo 3 de agosto sin la Pasada. Cuenta que de joven ayudaba a cargar los canastos de verduras que su familia ofrendaba a la Virgen, y que todavía se emociona al ver las carrozas que cada año arman los vecinos. Para él, acompañar a La Negrita hasta la Catedral es una forma de dar gracias por cada cosecha que le permitió criar a sus hijos.

Doña Marta, setenta y seis años, de Llano Grande de Cartago, sonríe cuando habla de las alfombras de aserrín. De niña se levantaba antes del amanecer con su madre para ayudar a teñir el aserrín y tender las figuras de flores en la calle. Dice que aunque ya no puede arrodillarse a trabajar la alfombra, cada año busca un lugarcito en la acera para verlas terminadas y recordar aquellas madrugadas junto a su mamá, que hace mucho descansa.

Doña Cecilia, setenta y dos años, del Carmen de Cartago, lo dice con orgullo de brumosa: «A mí me da mucha alegría cuando llegan los romeros, y por ser cartagos preferimos no ir a la misa del 2 de agosto, día principal de la Virgen, para darle espacio a los visitantes. Pero la Pasada no me la pierdo, es la fiesta de Cartago; aquí podemos ver a La Negrita en cualquier momento.»

Este 3 de agosto, cuando La Negrita vuelva a recorrer las calles de la Vieja Metrópoli, valdrá la pena detenerse a preguntarle a la persona mayor de la familia qué recuerda. Qué sentía de niña. A quién extraña en esta fecha. Sus respuestas son parte del patrimonio vivo de Costa Rica, tan valioso como la propia procesión.


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