El envejecimiento en la Gran Área Metropolitana transformará salud, pensiones y ciudades en Costa Rica
Sin embargo, el dato más relevante para la planificación pública no es únicamente el crecimiento de la población adulta mayor, sino su distribución territorial. El envejecimiento no será uniforme. La GAM, donde se concentra cerca del 60 % de la población, será el primer territorio en experimentar los efectos más intensos de esta transformación demográfica, lo que la convierte en el laboratorio donde se pondrá a prueba la capacidad del país para adaptarse.
Cantones como Montes de Oca, San José, Tibás, Santo Domingo y Belén lideran este proceso de envejecimiento acelerado. En el caso de Montes de Oca, el índice de envejecimiento pasará de 121 personas mayores de 65 años por cada 100 menores de 15 a casi 400 en 2050, una relación que redefine completamente la estructura social, económica y urbana del cantón. Este fenómeno implica que habrá menos población joven sosteniendo a una población mayor creciente, lo que impacta directamente en la sostenibilidad de los sistemas de salud, pensiones y cuidados.
El sistema de salud, encabezado por la Caja Costarricense de Seguro Social, enfrentará una presión sin precedentes. Actualmente, Costa Rica cuenta con un único hospital especializado en geriatría, el Hospital Nacional de Geriatría y Gerontología Dr. Raúl Blanco Cervantes, cuya capacidad resulta limitada frente al crecimiento proyectado de la población adulta mayor. La expansión de esta infraestructura no está prevista en el corto plazo, lo que implica que los hospitales generales deberán absorber una demanda creciente de pacientes con enfermedades crónicas, dependencia funcional y necesidades de atención prolongada.
A esta presión sanitaria se suma un desafío urbano que ha permanecido invisibilizado durante años. Las ciudades de la GAM no están diseñadas para una población envejecida. Aceras en mal estado, transporte público poco accesible y distancias cada vez mayores producto de la expansión urbana dificultan la movilidad de las personas adultas mayores, limitan su autonomía y aumentan el riesgo de aislamiento social. La ciudad, en estas condiciones, deja de ser un espacio de integración para convertirse en una barrera estructural que excluye a quienes envejecen.
En paralelo, el envejecimiento acelerado está impulsando una transformación profunda en la demanda de cuidados. El modelo actual, basado en el trabajo no remunerado que realizan principalmente mujeres dentro de los hogares, muestra signos claros de agotamiento. La creciente necesidad de servicios de cuido, tanto domiciliarios como comunitarios, está configurando lo que se conoce como la economía plateada, un sector con alto potencial de crecimiento pero que aún carece de regulación, financiamiento y profesionalización suficientes en Costa Rica.
El impacto también se extiende al sistema de pensiones. Para 2050, el país tendrá 39 personas adultas mayores por cada 100 personas en edad de trabajar, lo que reduce la base contributiva y aumenta la presión sobre los regímenes existentes. Este cambio demográfico plantea un riesgo significativo de insuficiencia económica en la vejez, especialmente en la GAM, donde el costo de vida es más alto y las desigualdades territoriales se expresan con mayor intensidad.
Además, el envejecimiento en la GAM no ocurre de manera homogénea. Existen cantones con mayores recursos que podrán adaptarse con mayor facilidad, mientras que otros enfrentan condiciones urbanas más precarias, lo que amplifica las brechas en la calidad de vida de las personas adultas mayores. Esta desigualdad territorial obliga a replantear el enfoque de las políticas públicas, que deberán pasar de una lógica nacional a una planificación diferenciada a nivel cantonal.
El envejecimiento de la población en Costa Rica ya tiene fecha, magnitud y territorio definidos. Para 2080, hasta el 40 % de la población podría estar compuesta por personas mayores de 65 años, consolidando una transformación demográfica sin precedentes en la historia del país.
La Gran Área Metropolitana será el primer espacio donde esta realidad se hará visible en toda su magnitud. Lo que ocurra en sus cantones en los próximos años no solo definirá la calidad de vida de las personas adultas mayores, sino también la capacidad del país para construir un modelo sostenible de envejecimiento digno. La pregunta ya no es si Costa Rica está envejeciendo, sino si está preparada para enfrentar las consecuencias de hacerlo en el territorio donde todo ocurre primero.







