FRECUENCIA VIDA. Por: Eduardo Méndez, Director www.costaricamayor
Fue a ver a su madre y se quedó una hora. Pero la hora se le fue en el teléfono. La presencia, resulta, no se mide en minutos.
Doña Marta escuchó el carro estacionarse y sintió esa alegría pequeña que le sube por el pecho cada vez que su hija llega. Puso el café. Sacó las galletas que guarda para las visitas. Se sentó en la silla de siempre, esa desde donde se ve la puerta. Y su hija entró, la abrazó, se sentó al lado, y sacó el celular.
No fue mala intención. Nunca lo es. Era un mensaje del trabajo, luego una foto que había que responder, luego un audio largo de una amiga, luego el hábito de deslizar el dedo sin buscar nada. La hija estaba ahí. Ocupó la silla. Se tomó el café. Y cuando se despidió, con un beso sincero, se fue con la conciencia tranquila: había cumplido. Había visitado a su mamá.
Doña Marta lavó las dos tazas despacio. Guardó las galletas que casi nadie tocó. Y se quedó pensando en algo que no supo cómo nombrar. No estuvo sola esa hora. Pero tampoco estuvo acompañada.
Hay una diferencia entre estar y acompañar, y en la vida corriente la confundimos todo el tiempo. Estar es ocupar un espacio. Acompañar es entregar atención. Lo primero se cumple con el cuerpo; lo segundo exige algo más difícil de dar en estos tiempos: la mirada completa, sin una parte reservada para la pantalla. Nuestros mayores lo notan. Notan cuándo los estamos viendo y cuándo apenas los tenemos de fondo, como se tiene encendida una radio.
Conviene ser honestos sobre por qué pasa. La hija de doña Marta no la quiere menos por revisar el teléfono. Llega cansada de una jornada larga, con la cabeza todavía en pendientes, y el celular se ha vuelto una extensión de la mano que casi no se siente levantar. La visita a la mamá entra en una agenda ya saturada, y muchas veces se hace por deber tanto como por cariño. No hay villanos en esta escena. Hay una costumbre nueva que nos atraviesa a todos y que nadie decidió del todo. El teléfono no pide permiso: vibra, ilumina, reclama, y la mano responde antes de que la voluntad alcance a opinar. Reconocerlo no es acusarse; es el primer paso para recuperar el mando de la propia atención.
Pero el precio lo paga quien espera del otro lado. Para una persona mayor, la visita de un hijo o una hija no es un rato más del día: muchas veces es el rato del día. Es lo que ordenó las horas anteriores y lo que va a recordar en las horas siguientes. Cuando esa visita se disuelve en la pantalla, no se pierde solo una conversación. Se pierde la sensación de importar, de ser todavía alguien a quien vale la pena mirar de frente.
La buena noticia es que esto no se arregla con más tiempo, que es justo lo que nadie tiene. Se arregla con otra calidad de presencia. Media hora con el teléfono guardado y la atención puesta pesa más que dos horas de compañía distraída. Doña Marta no necesita que su hija le dedique la tarde entera. Necesita que, durante el rato que le dedique, esté de verdad.
Guardar el celular al entrar, aunque sea en modo silencio dentro del bolso, cambia la escena por completo. Preguntar y esperar la respuesta con paciencia, sin adelantarse a lo que ya se sabe que van a contar, devuelve a la conversación su ritmo. Dejar que los silencios existan, porque con los mayores muchas cosas se dicen sin palabras, en el gesto de pelar juntos una fruta o de mirar por la ventana el mismo pájaro. Preguntarle a la mamá por algo que solo ella sabe, una receta, un nombre viejo, una historia que ya contó cien veces pero que le gusta contar, es devolverle el lugar de quien todavía tiene algo que dar. Nada de esto cuesta dinero ni requiere una hora libre que no aparece en la semana.
Hay algo más, y es quizá lo más incómodo de admitir. La costumbre que hoy le regalamos a nuestros mayores es la que mañana nos van a regalar a nosotros. Los hijos aprenden a acompañar viendo cómo acompañamos. Si crecen mirándonos visitar a la abuela con medio ojo en la pantalla, esa será la forma de cariño que darán por normal cuando nos toque a nosotros esperar en la silla que mira la puerta.
Doña Marta no le va a reclamar nada a su hija. Las madres de su generación rara vez reclaman; agradecen la visita y se guardan lo demás. Por eso el gesto tiene que salir del otro lado. Nadie va a pedirnos que guardemos el teléfono. Somos nosotros quienes tenemos que decidir que esa hora, la que ya estamos dando, valga por lo que puede valer.
Termino aquí.
¿Y si la próxima vez que nos sentemos frente a nuestra madre, lo único que hiciéramos fuera mirarla?
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Cuéntenos en los comentarios: ¿qué significa para usted acompañar de verdad?
Nota: Este texto pertenece a la sección Frecuencia Vida y ofrece una reflexión de acompañamiento, no una guía clínica ni jurídica.




