Por: Eduardo Méndez, Abogado. Director de www.costaricamayor.com
Don Jorge tiene 78 años y vivió cuarenta de ellos junto a su compañero. Compartieron una casa en Alajuela, un perro y una rutina de café a las cinco de la tarde. Cuando su pareja murió, los achaques le ganaron y la familia decidió que ya no podía vivir solo. Lo trasladaron a un hogar de larga estancia. Allí, por primera vez en décadas, don Jorge volvió a callar. Guardó las fotografías. Aprendió a decir «un amigo» cuando alguien preguntaba por el hombre del retrato. A los 78 años, volvió a entrar al clóset del que había salido a los 38.
Lo que le ocurre a don Jorge tiene nombre y tiene estudios detrás. Se le llama «el regreso al clóset», y describe a personas LGBTIQ+ que vivieron parte de su vida de manera abierta y que, al envejecer —sobre todo al depender del cuido familiar o al ingresar a un centro diurno o a un hogar—, ocultan de nuevo quiénes son para evitar el rechazo. No es un acto de vergüenza. Es un acto de defensa.
Una generación que abrió la puerta y teme cerrarla de nuevo
Las personas adultas mayores LGBTIQ+ de hoy son la primera generación que pudo vivir abiertamente. Crecieron en un tiempo en que la homosexualidad figuraba como diagnóstico psiquiátrico —designación que no se eliminó sino hasta 1973— y cargan, por tanto, memorias de discriminación y maltrato, incluso en entornos de salud. Por eso, cuando el cuerpo empieza a necesitar ayuda, muchas personas sienten que la única forma de estar a salvo es volver al silencio.
El temor no es infantil ni exagerado. Una revisión de veinte estudios realizada por el Rush University Medical Center en Chicago, Illinois, Estados Unidos concluyó que el cuido que estas personas reciben en residencias puede ser deficiente, y en ocasiones incluso dañino, al punto de empujar a toda una generación de regreso al clóset justo cuando más necesita apoyo. En Costa Rica invisiblemente también sucede.
El costo invisible: lo que el silencio le hace a la salud
Volver a esconderse no es gratis. La investigación lo asocia con peores resultados de salud mental y con una menor capacidad de formar vínculos afectivos, lo que profundiza la soledad. El fenómeno tiene una explicación: como reconocerse a una misma o a uno mismo es un proceso que dura toda la vida, la incertidumbre constante sobre si el entorno será hostil produce tasas más altas de ansiedad, depresión y consumo de sustancias.
En América Latina, los estudios describen cuadros de depresión, ansiedad e incluso ideas suicidas, con mayor severidad entre las personas trans. No se trata de cifras abstractas: se trata de personas que, como don Rafael, dejan de comer en compañía, dejan de hablar de su historia y se apagan en silencio.
Sin red que sostenga
Hay un agravante. Las personas adultas mayores LGBTIQ+ tienen menos probabilidad de contar con cuidadores familiares: con más frecuencia son solteras, viven solas y no tienen hijos que puedan acompañarlas. Por eso muchas construyen lo que se ha llamado «familias escogidas»: parejas y amistades que cumplen el papel de la familia. El problema es que esos vínculos no siempre son reconocidos por las instituciones ni por el personal de los hogares, que puede negar visitas o ignorar a una pareja de toda la vida. Muchas personas LGBTQ+ mayores deben ocultar su identidad para evitar el rechazo, la burla o la exclusión. Se les niegan sus vínculos afectivos y se les impone un modelo de convivencia heteronormativo.
Costa Rica también tiene muchos casos como el de don Jorge
El fenómeno está documentado en el país, no es importado. Una investigación de la Universidad Nacional, publicada en la revista Reflexiones de la Universidad de Costa Rica en 2025, recogió los relatos de vida de personas adultas mayores lesbianas y gais costarricenses entre 2021 y 2022. Sus hallazgos son contundentes: describen exclusión y represión de la identidad sexual precisamente en centros de salud y en lugares de larga estancia, y una violencia más marcada en las mujeres lesbianas mayores.
La raíz del problema es la invisibilización. Como advierte ese mismo estudio, la desagregación de datos del INEC se limita al sexo asignado al nacer: el Estado costarricense no sabe cuántas personas adultas mayores LGBTIQ+ hay, porque nunca las ha contado. Lo que no se cuenta, no se atiende. Ya en 2015, el CIPAC había alertado, en su informe sobre la situación de la población adulta mayor LGBT en Costa Rica, El Salvador y Panamá, sobre la incertidumbre de estas personas ante la idea de residir en un hogar: no saber qué trato recibirán ni cómo será manejada su identidad.
No partimos de cero. El país cuenta con la Política Nacional de Envejecimiento y Vejez 2023-2033 de CONAPAM y con la Política Respetuosa de la Diversidad Sexual del Poder Judicial. Pero hay una grieta: como ha señalado el propio análisis sobre vejez LGBTQ+ en el país, esa política nacional omite de forma específica a la diversidad sexual y de género, una debilidad crítica. Existen, además, organizaciones que históricamente han acompañado a esta población, como ACCEDER, TicOsos, CIPAC y recientemente «Envejeciendo con Orgullo» y » Costa Rica Mayor». La herramienta existe; falta voluntad para aplicarla en cada hogar y en cada centro diurno.
Lo que sí reduce el daño
La evidencia es clara sobre lo que ayuda: políticas inclusivas, cuido afirmativo y, sobre todo, personal capacitado y sensible. Un hogar que coloca una señal de bienvenida, que se forma para no presumir la heterosexualidad de cada residente y que respeta a la pareja o a la familia escogida, no necesita grandes presupuestos. Necesita decisión.
Don Jorge no pide privilegios. Pide lo que pide cualquier persona adulta mayor: envejecer sin tener que mentir sobre la vida que tuvo. La vejez no debería ser el momento en que una persona deja de ser quien es. ¿Qué clase de país construimos si el precio de envejecer con cuido es renunciar a cuarenta años de amor?




