La televisión que nos reunía: aquellos programas que nadie quería perderse

Ago 21, 2026 | Frecuencia de vida, Recientes, slider frecuencia de vida | 0 Comentarios

Autor: Costa Rica Mayor

FRECUENCIA VIDA. Por: Equipo de Redacción www.costaricamayor.com

Hubo un tiempo en que ver el programa favorito era una cita ineludible. No se pausaba, no se repetía a voluntad, no se veía en el celular camino al trabajo. Había que estar frente al televisor a la hora exacta, o esperar una semana entera para la siguiente oportunidad.

Piense un momento en aquella sala. El televisor ocupaba el lugar de honor, a veces sobre un mueble de madera con puertas que se cerraban al terminar la jornada. La imagen era en blanco y negro, y en muchos hogares costarricenses la compra de ese aparato representó un sacrificio importante, un lujo que llegaba después de otras necesidades. Cuando por fin encendía, la familia entera se acomodaba alrededor. Nadie veía televisión a solas: se veía en compañía, y ese detalle lo cambiaba todo.

La televisión comercial llegó a Costa Rica el 9 de mayo de 1960, con la primera transmisión de Teletica, Canal 7, desde un pequeño estudio en Cristo Rey. Al principio, la programación se extendía apenas de las cuatro y media a las diez de la noche, y ofrecía series como Pájaros de aceroLassie o Los tres mosqueteros. Poco después llegaron las producciones nacionales, y con ellas la sensación de vernos por fin reflejados en la pantalla. Si usted vivió aquellos primeros años, quizá recuerde a algún vecino que cobraba un cinco o un diez por dejar mirar los programas desde la ventana, porque el televisor no había llegado todavía a todas las casas.

Con el tiempo, cada programa se convirtió en una cita marcada en el calendario invisible de la familia. Las tardes del domingo, durante buena parte de los años ochenta y noventa, pertenecían a Fantástico. Aquel espacio de variedades, con concursos, música en vivo y buen humor, llegó a superar en audiencia al fútbol nacional, una hazaña nada sencilla en este país. El trío formado por Rodrigo Sánchez, Leonardo Perucci y Adriana Vargas se ganó un lugar en el corazón de varias generaciones. La casa se organizaba para no perdérselo, y al día siguiente el programa era tema de conversación en el trabajo, en la parada del bus, en la fila de la pulpería.

Los niños de entonces tienen sus propios recuerdos. Muchos crecieron con Recreo Grande y la Tía Flory, doña Flory Chaves Castro, cuya voz anunciaba la hora de salir a jugar. Otros soñaban con salir en la tele y abarrotaban los estudios de los programas infantiles. Aquellos pequeños de camisa planchada, hoy son abuelos y abuelas que sonríen al escuchar una cortina musical que no oían desde hace décadas.

Estaba también la televisión que nos contaba quiénes éramos. Miguel Salguero recorrió el país con El fogón de doña Chinda y Gentes y paisajes, mostrando rincones, dichos y personajes que muchos reconocían como propios. Y estaban las series basadas en nuestra literatura: Marcos RamírezJuan VarelaEl Moto, adaptaciones de autores costarricenses que llevaron a la pantalla las historias que antes solo vivían en los libros de la escuela. Ver esos relatos en movimiento, con acento tico, tenía algo de milagro cotidiano.

Y luego estaban las novelas. La cita de la tarde o de la noche que ordenaba la rutina de la casa entera. Se apuraba la cena, se bajaba el volumen de las conversaciones, y durante esos minutos el mundo se detenía frente al desenlace de una historia que se seguía capítulo a capítulo, sin posibilidad de adelantar. Al terminar, venían los comentarios, las predicciones, los reproches al villano de turno. La novela unía a madres, hijas, vecinas y comadres en una conversación que se prolongaba durante meses.

La llegada del color, a mediados de los años setenta, fue otro acontecimiento familiar. Quienes lo vivieron cuentan que la primera imagen a color parecía cosa de otro planeta, y que era imposible no quedarse pegado a la pantalla. El aparato nuevo se convertía en motivo de orgullo, y a veces en punto de encuentro para los parientes que aún no lo tenían.

Hay algo de aquella televisión que hoy resulta difícil de explicarles a las generaciones más jóvenes. No era la calidad de la imagen ni la variedad de la oferta, ciertamente menores a las de ahora. Era el hecho de compartir. Ver televisión era un acto colectivo, un ritual que reunía a la familia en un mismo cuarto, a la misma hora, alrededor de la misma historia. La espera formaba parte del disfrute: precisamente porque no se podía repetir, cada programa se atesoraba.

Vale la pena recordarlo esta semana, cuando la agenda cultural convoca a conversar sobre programación y televisión y sus huellas en la memoria del país. Porque esos programas no fueron solo entretenimiento: fueron el telón de fondo de nuestras cenas, de nuestras tardes de lluvia, de las conversaciones que sostuvimos con quienes ya no están. Recordarlos es, de algún modo, volver a reunirnos.

Termino aquí.

¿Cuál programa de televisión de su juventud volvería a ver hoy, sentado en la misma sala, con la misma gente?


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Fuentes: archivo histórico de Teletica y La Nación (especiales por el 70.º aniversario de la televisión costarricense); registros sobre producción nacional de 13 Costa Rica Televisión. La referencia a la actividad cultural de la semana está pendiente de confirmación con la fuente convocante.

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