Olvidar no es perder la mente

Jul 22, 2026 | Recientes, Salud, slider salud | 0 Comentarios

Autor: Costa Rica Mayor

SALUD · SALUD MENTAL .  Por. Eduardo Méndez, Director de www.costaricamayor.com

Cada nombre que se escapa, cada llave fuera de lugar, despierta el mismo temor callado: que la cabeza empiece a fallar. La psicóloga Alejandra Rivera, colaboradora de Costa Rica Mayor, separa lo que es olvido corriente de lo que sí pide atención, y advierte que el mayor riesgo no suele estar en la memoria, sino en el miedo que la rodea.

Doña Emilia tiene 58 años. Una mañana fue al minisuper de siempre, esa que queda a dos cuadras y a la que ha ido durante los últimos años, y no logró recordar el nombre de la muchacha que la atiende. Lo recuperó poco después, de camino a casa. Pero llegó convencida de que algo grave estaba ocurriendo. Su hija, en silencio, empezó a pensar que su madre ya no debería salir sola.

La escena es tan común que casi no llama la atención. Y sin embargo guarda dos equivocaciones que conviene distinguir. La de doña Emilia, que confunde un olvido suelto con el principio de una enfermedad. Y la de su hija, que convierte ese olvido en motivo para empezar a decidir en su lugar. Las dos brotan de la misma raíz.

El prejuicio que pesa más que el olvido

Esa raíz tiene nombre: edadismo. Es la idea, repetida hasta parecer cierta, de que llegar a viejo es sinónimo de perder la razón. Para la Dra. Rivera, ahí está el primer obstáculo a derribar.

Uno de los mayores desafíos es combatir el edadismo y la creencia de que olvidar equivale a tener demencia. Y no es así. El envejecimiento normal puede hacer que el procesamiento de la información sea un poco más lento, o que en ocasiones cueste recordar un nombre o dónde se dejaron las llaves. Pero la persona suele recuperar esa información después, o encuentra estrategias para compensar.

Dra. Alejandra Rivera, psicóloga

La aclaración no es menor, porque el cerebro no se apaga con la edad. Mantiene su capacidad de adaptarse durante toda la vida, gracias a lo que se conoce como neuroplasticidad. Y hay facultades que, lejos de deteriorarse, se afinan con los años: el juicio, la regulación de las emociones, la manera de decidir apoyándose en lo vivido.

El neurocientífico Elkhonon Goldberg dio con una expresión certera para ese fenómeno: lo llamó «la paradoja de la sabiduría». El cerebro que envejece cede algo de velocidad, pero gana eficiencia, porque reconoce patrones que solo se aprenden viviendo. La reserva cognitiva —ese respaldo de aprendizajes, vínculos y experiencias acumulados— le permite compensar los cambios propios de la edad. Envejecer, entonces, no equivale a menguar.

La frontera entre el olvido y la señal de alarma

Reconocer esto no obliga a restarle importancia a todo olvido. La especialista traza una frontera clara, y la clave no está en el olvido mismo, sino en aquello que empieza a estorbar.

Corresponde buscar una valoración profesional cuando los olvidos comienzan a interferir con la autonomía y las tareas del día. Cuando se vuelven frecuentes. Cuando ya no se trata de un nombre, sino de acontecimientos importantes que se borran. Cuando la persona se desorienta en sitios que domina —su propia casa, el trayecto de siempre a la pulpería— o cuando surgen cambios marcados en el juicio, el carácter o la conducta.

Mirado así, lo que le sucedió a doña Emilia no cruza esa frontera. Un nombre que se pierde y regresa es memoria en funcionamiento. Un camino conocido que de pronto se vuelve ajeno es asunto distinto, y merece consultarse sin vergüenza ni demora. La diferencia la marcan tres cosas: la repetición, la desorientación y la pérdida de autonomía. Confundir un susto pasajero con una sentencia no ayuda a nadie.

La soledad también deja huella en el cerebro

Existe un factor de riesgo del que poco se habla, quizá porque no aparece en ningún examen: el aislamiento. La Dra. Rivera lo pone al nivel de otras amenazas médicas conocidas.

El aislamiento social y la soledad son factores de riesgo importantes para el deterioro cognitivo, para la depresión, e incluso para enfermedades cardiovasculares. El cerebro necesita interacción humana, porque las relaciones implican comunicación, memoria, atención, empatía, regulación emocional y resolución de problemas. Todo eso activa múltiples redes neuronales de forma simultánea.

Dra. Alejandra Rivera, psicóloga

Visto de otro modo: cada conversación entrena. Formar parte de un grupo, aprender algo desconocido, ocuparse en algo con sentido, sentirse útil. Todo ello nutre la reserva cognitiva y ayuda al cerebro a sobrellevar mejor los cambios de la edad. La compañía no es un consuelo emocional; es, en sentido estricto, salud cerebral.

La especialista lo extiende incluso a los años de vida: según señala, quien conserva sus vínculos sociales puede vivir bastante más que quien envejece en soledad. Más allá de la cifra precisa, la evidencia confirma la dirección. Quien mantiene sus lazos, envejece mejor.

Acompañar sin sustituir

Aquí vuelve la hija de doña Emilia, la que pensó que su madre no debía salir sola. El peligro para esta señora no es tanto olvidar, sino que su familia empiece a hacerlo todo por ella. Y ese impulso, advierte Rivera, casi siempre nace del afecto.

Acompañar no significa hacer las cosas por la persona. La mejor ayuda es promover su independencia: permitirle tomar decisiones, respetar sus tiempos, ofrecer apoyo solo cuando realmente lo necesita. Sobreproteger o infantilizar, aunque muchas veces se hace por cariño, afecta la autoestima, la participación y acelera la pérdida de autonomía.

Dra. Alejandra Rivera, psicóloga

La equivocación tiene una fórmula que se escucha en muchas casas: «Ya usted no puede, mejor lo hago yo». Se le retira el manejo del dinero. Se le prohíbe salir. Y con frecuencia la persona conserva plena capacidad para ambas cosas. Cuando eso ocurre, no se la protege: se le arrebata algo suyo. La autonomía de la persona adulta mayor no es un permiso que otorga la familia; es un derecho reconocido por la Ley 7935 y por la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, ratificada por el país mediante la Ley 9394.

Para el día a día, la Dra. Rivera propone sostener una vida antes que seguir una receta: actividad física en la medida en que el cuerpo lo permita, lectura, juegos de estrategia, aprender destrezas nuevas, conversaciones que dejen algo, vida social, buen descanso, buena alimentación y control de los factores de riesgo cardiovascular. Y sugiere cambiar la pregunta con la que la familia observa a la persona mayor. En vez de «¿qué ya no puede hacer?», empezar por «¿qué puede seguir haciendo, y cómo lo potenciamos?». Ese giro, dice, protege la dignidad, cuida el ánimo y abre paso a un envejecimiento más saludable.

Terminamos  aquí.  Doña Emilia olvidó un nombre y lo recordó antes de llegar a su casa. La verdadera pregunta no es si su memoria falla, sino si vamos a permitirle seguir caminando sola hasta al minisuper, o si el miedo —el de ella, el nuestro— le quitará el camino antes que la edad. ¿Qué clase de compañía queremos ser?


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Nota sobre fuentes: Este artículo se basa en una entrevista con la Dra. Alejandra Rivera, psicóloga colaboradora de Costa Rica Mayor. Las referencias a la neuroplasticidad, la reserva cognitiva y la «paradoja de la sabiduría» (Elkhonon Goldberg) están respaldadas por la literatura en neurociencia cognitiva. El marco de derechos remite a la Ley 7935 (Ley Integral para la Persona Adulta Mayor) y a la Ley 9394 (Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores). Este contenido tiene fines informativos y no sustituye la valoración de un profesional de la salud.

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