Vivir más no es vivir mejor. Un estudio científico de la Escuela de Sociología de la Universidad Nacional revela que las desigualdades de género acumuladas durante toda la vida golpean con más fuerza a las costarricenses en la vejez: más pobreza, más soledad, menos pensión y menos acceso a tecnología.
Por: Eduardo Méndez · Director, costaricamayor.com · San José, 18 de mayo de 2026
Hay una frase que se repite cuando se habla de las mujeres costarricenses: viven más que los hombres. Y es cierto. La esperanza de vida femenina en Costa Rica llega a los 83,5 años, frente a 78,6 años en los hombres. Pero lo que pocas veces se dice en voz alta es lo que viene después de ese dato: vivir más no es lo mismo que vivir mejor.
Un estudio publicado en la Revista Reflexiones de la Universidad de Costa Rica —elaborado por investigadores de la Escuela de Sociología de la Universidad Nacional (UNA)— desnuda con cifras esa realidad. El trabajo, titulado “Personas mayores en Costa Rica: condiciones de vida, género y derechos humanos”, analizó la situación de la población de 65 años y más utilizando datos de la Encuesta Nacional de Hogares (ENAHO) del 2024, del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC).
Los resultados no dejan espacio para la interpretación: en prácticamente todos los indicadores medidos —pobreza, pensiones, jefatura de hogar, trabajo de cuido, acceso a tecnología y condición de viudez— las mujeres adultas mayores están en desventaja.
Solas, sin pensión y sin internet: el retrato de la vejez femenina en Costa Rica
El primer dato que sacude es el de los hogares unipersonales. De las personas adultas mayores que viven solas en Costa Rica, el 67,3% son mujeres — es decir, duplican en número a los hombres (32,7%). Esa soledad no es siempre una elección. Como señala el estudio, la mayor expectativa de vida femenina se combina con patrones culturales que favorecen el matrimonio de mujeres con hombres de mayor edad, lo que las expone más temprano a la viudez.
Esa estadística — 80,65% de la viudez en manos de mujeres — no es solo un dato demográfico. Es el punto de partida de una cadena de vulnerabilidades que el estudio traza con claridad: la viuda mayor que vive sola tiene menos probabilidades de recibir una pensión, menos ingresos propios, menos acceso a tecnología para conectarse con su familia, y mayor dependencia del Estado para mantenerse.
En materia de pensiones, la brecha también es elocuente. Un 17,8% de las mujeres adultas mayores carece de acceso a una pensión, frente a un 14,3% de los hombres. La razón está en el mercado laboral: décadas de trabajo doméstico no remunerado, de empleos informales y de interrupciones en la cotización para criar hijos o cuidar familiares enfermos se convierten, en la vejez, en ausencia de ingresos propios.
El trabajo de cuido: una deuda que cobra la vejez
Uno de los hallazgos más reveladores del estudio tiene que ver con quién cuida a quién en Costa Rica. Según los datos de la ENAHO 2024, el 61% de las personas adultas mayores que realizan labores de cuido —de niños, de otros adultos mayores o de personas con discapacidad— son mujeres.
Este patrón no es accidental. Como explica la académica y coautora del estudio, Rebeca Espinoza, las discriminaciones de género no aparecen de repente en la vejez: se acumulan. Desde la niñez, a las mujeres se les prepara para el rol del cuidado. Y cuando llegan a los 65, 70 o 80 años, muchas siguen cuidando —a nietos, a esposos enfermos, a padres centenarios— sin que esa labor sea reconocida ni remunerada.
“A los niños y niñas se les debe educar en el sentido de que mujeres y hombres podemos realizar diversas actividades, sin que la labor de cuido se les recargue únicamente a ellas.”
— Rebeca Espinoza, académica, Escuela de Sociología, UNA
La pobreza tiene cara de mujer mayor
Los datos económicos del estudio son quizás los más urgentes. Entre 2015 y 2022, las personas adultas mayores en condición de pobreza en Costa Rica aumentaron de 109.746 a 189.373 — un salto del 24,1% al 26,9% del total de la población mayor. Es decir, más de uno de cada cuatro adultos mayores vive en pobreza.
Y dentro de ese grupo, las mujeres llevan el peso mayor. En la categoría de pobreza no extrema, hay 76.104 mujeres frente a 64.745 hombres. En la de pobreza extrema, la brecha es igualmente clara: 14.119 mujeres versus 11.901 hombres. En ambos casos, la pobreza golpea más a ellas.
El vínculo entre estos números y las desigualdades laborales de toda una vida es directo. Las mujeres que hoy tienen 70 o 75 años trabajaron en economías que las excluyeron del mercado formal, que no reconocieron el trabajo doméstico como aporte productivo, y que las dejaron fuera de los sistemas de seguridad social. El resultado, décadas después, es que el 75% de las personas adultas mayores que dependen del Estado para mantener un hogar son mujeres, según el mismo estudio. Y más de la mitad de ellas —el 57,7%— proviene de hogares unipersonales.
La brecha digital también es una brecha de género
Hay una dimensión de esta desigualdad que suele pasar inadvertida: el acceso a la tecnología. En un mundo donde las citas médicas, los trámites de pensión y el contacto con la familia pasan cada vez más por el teléfono y el internet, quedarse fuera de la era digital no es un inconveniente menor. Es una forma más de exclusión.
El estudio de la UNA confirma que las mujeres adultas mayores tienen menos acceso a estas herramientas. Un 57% de ellas no utilizó internet en los últimos tres meses, cifra que sube a 59,6% en el caso de la telefonía celular. Y cuando se trata de tabletas —que representan apenas el 3,8% de uso entre toda la población adulta mayor—, son ellas quienes menos oportunidades tuvieron de acceder.
El Estado tiene nombre propio: políticas sin enfoque de género
Ante este panorama, ¿qué está haciendo Costa Rica? Fernando Méndez Castellanos, coautor del estudio, es preciso en su diagnóstico: “Se ha tendido hacia una visión generalizada de las vejeces, y ante la evidencia, se deben aterrizar políticas públicas hacia las necesidades específicas de grupos particulares de adultos mayores.”
El país cuenta con una Política Nacional de Envejecimiento y Vejez y una Política Nacional de Cuidados. Pero el estudio señala una carencia fundamental: ninguna de ellas tiene un enfoque de género diferenciado que permita atender las necesidades específicas de las mujeres mayores. Se habla de “adultos mayores” como si todos vivieran la vejez de la misma manera. Y los datos demuestran que no.
“Si bien tenemos una Política Nacional de Envejecimiento y Vejez y una Política Nacional de Cuidados, hay una carencia de un enfoque de género diferenciado que permita cubrir necesidades específicas.”
— Rebeca Espinoza, coautora del estudio
Desde Costa Rica Mayor, leemos este estudio como un llamado urgente. No solo a las instituciones —CONAPAM, CCSS, IMAS, Ministerio de Salud— sino también a las familias, a los hijos e hijas que cuidan a sus madres mayores, y a la sociedad en general. La feminización de la vejez no es un fenómeno inevitable: es el resultado de decisiones políticas, económicas y culturales que se tomaron hace décadas y que hoy tienen nombre, apellido y 80 años.
Las mujeres adultas mayores de Costa Rica merecen más que estadísticas. Merecen políticas concretas, pensiones suficientes, acceso real a la tecnología, y el reconocimiento de que su trabajo —el que hicieron en el mercado y el que hicieron en casa— tiene valor.
Vivir muchos años debería ser una victoria. No una condena.
| 📄 Fuente original: Méndez Castellanos, Fernando José; Espinoza, Rebeca. “Personas mayores en Costa Rica: condiciones de vida, género y derechos humanos”. Revista Reflexiones, Vol. 106, N.° 1, 2027. Escuela de Sociología, Universidad Nacional. DOI: 10.15517/msk90112. Datos: ENAHO 2024, INEC. |








