Por: Redacción www.costaricamayor.com
San José, 23 de Marzo del 2026. El estrés prolongado no solo afecta el ánimo o el sueño. También puede alterar funciones clave del cerebro como la atención, la memoria, la toma de decisiones y la capacidad de adaptarse a la vida diaria. Esa es la advertencia que plantea una neurocientífica canadiense al explicar qué ocurre cuando el organismo vive en estado de sobreexigencia constante.
En una etapa como la vejez, donde la salud cerebral se vuelve un tema cada vez más importante, esta alerta cobra aún más peso. El problema no es únicamente “sentirse cansado”. Según la neurocientifica canadiense Terrie Hope, el estrés crónico puede mantener al sistema nervioso activado de forma permanente, volver a la persona más reactiva y afectar la función ejecutiva, es decir, la capacidad de pensar con claridad, organizarse, concentrarse y tomar buenas decisiones.
¿Qué le pasa al cerebro cuando el estrés se vuelve crónico?
La investigadora Terrie Hope señala que el cerebro se adapta para sostener altos niveles de exigencia, pero esa adaptación tiene un costo. Con el tiempo aparece una desregulación del sistema nervioso y, en muchos casos, agotamiento profundo o burnout. Además, la amígdala —una estructura cerebral asociada a la detección de amenazas— puede permanecer trabajando sin pausa, lo que hace más difícil distinguir entre un peligro real y una amenaza percibida.
La nota también indica que el estrés prolongado se ha vinculado con inflamación crónica en zonas del cerebro y en el sistema circulatorio. Ese efecto acumulativo no solo impacta la salud mental, sino también la salud física y la calidad de vida en general.
Por qué este tema importa tanto en personas adultas mayores
Hablar de salud cerebral en personas mayores no es hablar solo de demencia. También es hablar de prevención, autonomía y bienestar cotidiano. Una persona mayor sometida a estrés constante —por problemas económicos, sobrecarga de cuido, enfermedades, soledad, duelos o incertidumbre— puede ver afectadas funciones esenciales para su independencia. Esta es una inferencia razonable a partir de los efectos sobre atención, regulación emocional y función ejecutiva descritos en la nota.
En la práctica, eso puede traducirse en más dificultad para organizar medicamentos, recordar citas, resolver situaciones imprevistas, mantener la calma o sostener relaciones familiares sanas. No siempre se trata de “edad”; a veces también se trata de un cerebro agotado por vivir demasiado tiempo en alerta.
No todo cansancio es normal
Uno de los puntos más valiosos del reportaje es que describe un tipo de cansancio que no desaparece con descansar un poco. Se trata de un desgaste que reduce la atención, limita la creatividad y complica la toma de decisiones. En personas mayores, este tipo de señales puede confundirse con envejecimiento normal, cuando en realidad también podría haber un componente importante de estrés acumulado.
Por eso, cuidar la salud cerebral en la vejez implica mirar más allá de los diagnósticos. También exige revisar el entorno emocional, familiar y social en que vive la persona.
Estrés, calidad de vida y envejecimiento digno
La neurocientífica insiste en que no se trata solo de productividad o rendimiento. Se trata de calidad de vida. Y esa idea es especialmente potente cuando se aplica al envejecimiento. Una sociedad que normaliza la sobrecarga, la incertidumbre permanente o la falta de descanso está creando condiciones que pueden deteriorar el cerebro y afectar el bienestar de las personas mayores.
En un país como Costa Rica, que envejece rápidamente, hablar de estrés crónico y salud cerebral debería formar parte de la conversación pública sobre envejecimiento saludable. No basta con vivir más años; también importa vivirlos con claridad mental, equilibrio emocional y entornos que no enfermen silenciosamente.
Qué hacer
La especialista recomienda desarrollar mayor conciencia sobre las situaciones que generan malestar, identificar patrones repetitivos y hacer cambios en aquello que no funciona. Su mensaje final apunta a dejar de sobrevivir en automático y empezar a priorizar actividades más alineadas con la naturaleza y el bienestar de cada persona.
Para las personas mayores y sus familias, eso deja una enseñanza simple pero poderosa: cuidar el cerebro también implica cuidar el ritmo de vida, las emociones y la forma en que enfrentamos el estrés diario.
La vejez no debería vivirse en modo supervivencia. Si el estrés crónico roba atención, calma y capacidad de decidir, entonces proteger la salud cerebral de las personas mayores pasa también por crear hogares, comunidades y políticas que favorezcan una vida más serena, más humana y más digna.








