CUIDO 360. Por: Dra. Alexandra Rivera, Psicología Clínica & Neuropsicología
En muchos hogares, el envejecimiento y la enfermedad no ocurren de manera aislada. A veces conviven dos personas adultas mayores que enfrentan condiciones importantes de salud y que, aun con sus propias limitaciones, intentan acompañarse y sostener la vida cotidiana.
Pensemos en una situación que puede representar la realidad de muchas familias: dos mujeres adultas mayores viven juntas. Una enfrenta un cáncer con metástasis en diferentes partes de su cuerpo. La otra presenta demencia y cambios en su comportamiento. Puede mostrarse irritable, reaccionar impulsivamente o tener conductas difíciles de comprender para quienes están a su alrededor.
Ante una situación así es fácil pensar: «tiene muy mal carácter» o «la otra persona debería tenerle más paciencia».
Sin embargo, desde la neuropsicología necesitamos mirar más allá de la conducta visible.
La demencia es mucho más que olvidar
Todavía existe la idea de que una demencia se reconoce principalmente porque una persona comienza a olvidar nombres, fechas o acontecimientos recientes.
Pero los procesos neurodegenerativos pueden afectar muchas otras funciones. Dependiendo del tipo de demencia, su evolución y las áreas cerebrales comprometidas, pueden aparecer dificultades en la planificación, el juicio, el control de impulsos, la flexibilidad mental, la interpretación de determinadas situaciones y la regulación emocional.
Por eso, una persona que antes reaccionaba de determinada manera puede comenzar a responder de forma diferente.
Esto tampoco significa que toda conducta difícil deba atribuirse automáticamente a la demencia. El dolor, infecciones, alteraciones del sueño, efectos de medicamentos, hambre, miedo, frustración, cambios ambientales o dificultades para expresar una necesidad también pueden modificar el comportamiento.
Cuando aparece una conducta disruptiva, además de preguntarnos «¿por qué hace esto?», necesitamos preguntarnos:
¿Qué podría estar ocurriendo detrás de esta conducta?
¿Y quién está al otro lado?
Hay otro elemento que con frecuencia queda invisibilizado.
La persona que convive con alguien con demencia no necesariamente se encuentra en condiciones físicas o emocionales para asumir todas las demandas que esa convivencia implica.
Volvamos al ejemplo inicial.
Al otro lado se encuentra una mujer adulta mayor enfrentando un cáncer metastásico. Su cuerpo también atraviesa un proceso complejo. Puede existir dolor, fatiga, tratamientos médicos, alteraciones del sueño, preocupación e incertidumbre.
Entonces surge una pregunta necesaria:
¿Qué ocurre cuando una persona vulnerable depende, en alguna medida, de otra persona igualmente vulnerable?
No siempre existe un «cuidador sano» al otro lado.
Envejecer mientras se cuida a alguien que también envejece
Cada vez es más importante hablar de personas adultas mayores que cuidan o acompañan a otras personas adultas mayores.
Pueden ser parejas, hermanas, hermanos, amistades o familiares que han vivido juntos durante muchos años. En ocasiones, la organización del hogar continúa funcionando de la misma manera aunque las capacidades de quienes lo integran hayan cambiado considerablemente.
Una persona puede comenzar necesitando pequeños apoyos y, con la progresión de una demencia, requerir mayor supervisión.
Mientras tanto, quien la acompaña también envejece.
Puede desarrollar enfermedades crónicas, dificultades de movilidad, problemas sensoriales, agotamiento o incluso cambios en sus propias capacidades cognitivas.
Llega entonces un momento en que la pregunta no debería ser únicamente si existe cariño o voluntad para continuar cuidando.
También debemos preguntarnos si existen las condiciones necesarias para hacerlo.
Cuidar también requiere recursos cognitivos
Cuidar a otra persona es una tarea cognitivamente exigente.
Implica recordar medicamentos y citas, organizar horarios, anticipar riesgos, resolver situaciones inesperadas, tomar decisiones, manejar asuntos cotidianos, comunicarse con profesionales y regular las propias emociones.
Todas estas actividades necesitan atención, memoria, planificación, flexibilidad cognitiva, juicio y capacidad para resolver problemas.
Por eso, desde la neuropsicología no basta con valorar únicamente a la persona que tiene un diagnóstico de demencia.
También necesitamos observar el entorno en el que vive.
¿Quién la acompaña? ¿En qué condiciones físicas y emocionales se encuentra? ¿Qué puede hacer sola la persona con deterioro cognitivo? ¿En qué actividades necesita supervisión? ¿Existen situaciones que puedan representar un riesgo? ¿Hay una red familiar, comunitaria o profesional disponible?
Estas preguntas no buscan quitar autonomía innecesariamente. Buscan identificar los apoyos que permitan conservarla de manera segura durante el mayor tiempo posible.
Pedir «más paciencia» no siempre es suficiente
Cuando una convivencia se vuelve difícil pueden aparecer discusiones, frustración, agotamiento e incluso situaciones que ponen en riesgo a quienes viven en el hogar.
Desde afuera es fácil decir:
«Debería tener más paciencia».
«Ella siempre ha sido así».
«Entre las dos se pueden cuidar».
Pero pedir paciencia no resuelve una situación que puede haber superado las capacidades físicas, cognitivas o emocionales de quienes participan en ella.
Tampoco significa que alguien haya dejado de querer a la otra persona.
En ocasiones, simplemente significa que las necesidades cambiaron.
Reconocerlo no es abandonar. Es comprender que el cuidado también necesita transformarse conforme cambian las capacidades y necesidades de las personas.
Una pregunta que puede cambiar la manera de cuidar
Cuando dos personas adultas mayores con condiciones importantes de salud viven juntas, existe una pregunta fundamental:
¿Esta convivencia continúa siendo segura y sostenible para ambas?
Responderla requiere mirar más allá de los diagnósticos. Significa observar el funcionamiento cotidiano, la autonomía, los riesgos, las capacidades conservadas y los apoyos disponibles.
Porque algunas veces no estamos frente a una persona enferma y otra completamente capaz de cuidarla.
Estamos frente a dos personas vulnerables intentando sostenerse entre sí.
Y quizás una de las formas más importantes de cuidar sea reconocer cuándo ese esfuerzo ya no debería recaer únicamente sobre ellas.
Construir una red de apoyo familiar, comunitaria y profesional no elimina la autonomía ni el afecto. Puede permitir que ambas personas continúen viviendo con mayor seguridad, acompañamiento y dignidad.
Porque cuidar a quien envejece también significa mirar cuidadosamente a quien está a su lado.





