FRECUENCIA VIDA. Por: Eduardo Méndez www.costaricamayor.com
Don Rogelio Prendergast asiste al centro diurno de Cahuita varias veces por semana, y para llegar hace un viaje que a otros les parecería trivial y para él es toda una expedición. Vive cerca de Limonal y se levanta temprano para alcanzar el transporte; otras veces, sencillamente, se va en bicicleta. En el camino saluda en creole, porque esa es la lengua en la que aprendió a nombrar el mundo. Cuando llega, lo esperan el desayuno, la fisioterapia, las conversaciones y la certeza de no pasar el día solo. Para don Rogelio, ese edificio no es un servicio: es la diferencia entre estar acompañado y estar olvidado.
Costa Rica envejece. Eso lo repetimos en cada informe. Lo que decimos menos es que el país no envejece igual en todas partes. Tener setenta y cinco años en un barrio de San José, con pensión suficiente, farmacia cerca y familia al lado, no significa lo mismo que tenerlos en el Caribe Sur, donde las distancias son otras, la cultura es otra y la pobreza golpea distinto. El centro diurno de Cahuita, que atiende a personas mayores llegadas de Puerto Viejo, Bribri, Hone Creek, Penshurt y otros puntos del cantón, es una ventana para asomarse a esa verdad incómoda.

Un centro que cuida con calidad
Lo que nació como una iniciativa comunitaria, sostenida por la Asociación Pro Adulto Mayor de Cahuita, dio en 2025 un salto notable: fue elegido como uno de los centros del plan piloto CECUIDAM del Consejo Nacional de la Persona Adulta Mayor. Doña Brunilda Morgan, presidenta del centro, cuenta que ha sentido el cambio de manera concreta: el centro pasó a atender hasta seis días por semana, con varios tiempos de alimentación y servicios de terapia física, ocupacional y psicológica para cincuenta y cuatro personas beneficiarias.
El contraste con el pasado reciente dice mucho. Apenas un año antes, en 2024, una reducción presupuestaria había obligado al centro a recortar la atención de tres días a solo dos, martes y jueves. La propia asociación explicó entonces a la Municipalidad de Talamanca que muchas de las personas usuarias dependían de la alimentación y el cuidado que recibían allí. No era una frase retórica: en la discusión municipal se reconoció que, para algunas personas mayores de la zona, la inseguridad alimentaria era una realidad cotidiana. Cuando un centro diurno cierra un día, en ciertos hogares eso significa, sencillamente, un plato menos.
Por eso conviene mirar el centro de Cahuita no como un edificio, sino como un nodo donde confluyen la alimentación, la socialización, la prevención en salud y la comunidad. Es cuido, sí, pero también compañía, pertenencia y arraigo. Y eso nos lleva a lo que hace del Caribe un lugar distinto para envejecer.

La vejez que guarda la lengua
Cahuita es un territorio donde conviven poblaciones afrodescendientes, indígenas bribris y cabécares, mestizas y migrantes, cada una con su propia manera de entender la familia, la comida, la fe, la enfermedad y la vejez. Por eso en el centro diurno se escuchan varios idiomas en una misma mañana. Envejecer allí no es solo una cuestión de presión arterial o de glucosa. Es también una cuestión de identidad.
Aquí aparece algo hermoso y frágil a la vez. Investigaciones de la Universidad de Costa Rica sobre el criollo limonense han encontrado que esta lengua sigue viva sobre todo entre las personas adultas y adultas mayores, en los ambientes familiares, religiosos y comunitarios, mientras que entre los más jóvenes se usa cada vez menos. Dicho de otro modo: en muchas familias del Caribe, las personas mayores son las guardianas de una lengua que corre el riesgo de perderse. Con cada persona mayor que se va sin haber transmitido lo suyo, puede irse también una receta, una canción, una historia del ferrocarril, una forma de nombrar un lugar, una oración. La memoria de una comunidad entera se sostiene, en buena parte, sobre sus mayores.
Investigaciones etnogerontológicas con personas mayores bribris de Amubri apuntan en la misma dirección: durante generaciones, la vejez estuvo asociada a la transmisión de conocimientos, a la lengua y a la autoridad dentro de la comunidad, un lugar de honor que se ha ido debilitando con los cambios culturales. Cuidar a una persona mayor en este territorio es, entonces, cuidar también un patrimonio que no cabe en ningún expediente clínico.

El mar, los visitantes y un parque que es de todos
Hay algo que en el Caribe se entiende sin explicaciones: la vida sucede de cara al mar. Para muchas personas mayores de Cahuita, la playa no es un paisaje de postal, sino el lugar donde trabajaron, criaron a sus hijos y aprendieron a leer el clima en el color del agua. Por eso el cuido en esta zona no puede quedarse tras cuatro paredes. Una mañana junto a la costa, una caminata suave por la arena, un rato de sombra bajo los almendros mientras se conversa, son también formas de bienestar. El propio Parque Nacional Cahuita cuenta con un sendero accesible que llega hasta la playa, un detalle que importa cuando quien camina lo hace con bastón o con la vista cansada.
Cahuita vive, además, del turismo, y eso trae al pueblo a personas voluntarias de muchos países que se acercan a colaborar en proyectos comunitarios y ambientales. Ese ir y venir de visitantes puede ser una oportunidad hermosa para las personas mayores: quien llega de lejos descubre que en la voz de un mayor afrocaribeño hay historia viva, y quien ha vivido aquí toda la vida se siente escuchado y valorado. Cuando ese encuentro se cuida con respeto, la persona mayor deja de ser alguien a quien se asiste y pasa a ser alguien a quien se admira.
Y hay un detalle que merece subrayarse, porque habla de derechos y no de folclor. El plan de manejo del Parque Nacional Cahuita, gobernado de manera compartida entre el Estado y la comunidad, reserva un lugar en su consejo para un representante de la Asociación del Adulto Mayor, escogido entre el grupo histórico-cultural afrodescendiente. Es decir, las personas mayores de Cahuita no son solo vecinas del parque: son parte de quienes deciden cómo se protege. Pocas veces se ve con tanta claridad que envejecer con dignidad también es seguir teniendo voz sobre el propio territorio.

La paradoja de un territorio joven
Hay un dato que sorprende. Cuando se analiza el envejecimiento por cantones, Talamanca aparece entre los más jóvenes del país. Podría parecer una buena noticia, pero esconde una trampa: en un territorio con proporcionalmente pocas personas mayores, es fácil que sus necesidades pasen inadvertidas, diluidas en las prioridades de una población más joven. Y quienes sí llegan a edades avanzadas suelen hacerlo cargando condiciones más difíciles, porque a la distancia y a la cultura se suma la desigualdad. La Región Huetar Caribe registra los índices de pobreza más altos del país. Sobre ese telón de fondo, envejecer con una pensión del Régimen No Contributivo, sin transporte propio y con una familia de ingresos precarios es una experiencia muy distinta a la del Valle Central. Y a ello se añade el clima: las lluvias intensas que cada tanto dejan sectores incomunicados no son un dato neutro para quien tiene ochenta años, movilidad reducida y una cita en el EBAIS que no puede perder.
Todo esto explica por qué el centro de Cahuita libró también su propia batalla por sobrevivir. Durante años funcionó sobre un terreno municipal, lo que dificultaba invertir en una infraestructura que no le pertenecía, hasta que la Asamblea Legislativa autorizó, mediante una ley específica, que la Municipalidad de Talamanca le donara el inmueble para destinarlo exclusivamente a la atención de personas mayores. La de este centro es, en el fondo, una historia de organización comunitaria y de conquista paciente de recursos.
Costa Rica está diseñando una política nacional de envejecimiento. La pregunta que deja Cahuita es si esa política reconoce que en el país existen muchas maneras distintas de envejecer. No se cuida igual a quien envejece rodeado de servicios que a quien lo hace al final de un camino que se inunda, en una lengua que casi nadie más habla, guardando una memoria que nadie más recogió. Un modelo pensado en San José no basta para el Caribe. Hace falta un cuido con rostro propio.
Termino aquí.
Si en cada persona mayor del Caribe se guarda una lengua, una receta y una historia que nadie más conserva, ¿no es su cuidado, además de un derecho, una forma de proteger la memoria de todo el país?
Comparta. Si esta historia le tocó, hágala llegar a alguien que cuide de una persona mayor en el Caribe o en cualquier rincón del país.
Cuéntenos. ¿Conoce a una persona mayor que sea guardiana de la lengua, la cocina o la memoria de su comunidad? Escríbanos a hola@costaricamayor.com o al +506 8324-0116.
Visita el Facebook del Centro Diurno Cahuita. https://www.facebook.com/AsociacionProAdultoMayordeCahuita
Nota de fuentes. Los datos del plan piloto CECUIDAM en Cahuita (cincuenta y cuatro personas beneficiarias; horario ampliado; varios tiempos de alimentación; terapias física, ocupacional y psicológica) proceden del Consejo Nacional de la Persona Adulta Mayor (CONAPAM, 2025). La participación de la Asociación del Adulto Mayor en la gobernanza compartida del Parque Nacional Cahuita se sustenta en el Plan General de Manejo del parque (SINAC, 2016-2026). La reducción de días de atención en 2024 y la donación del inmueble mediante ley específica proceden de documentación municipal y legislativa aportada para esta nota, pendiente de contraste con fuentes primarias. Las referencias al criollo limonense y a la etnogerontología bribri se basan en investigaciones de la Universidad de Costa Rica. Los datos de pobreza regional corresponden a la Encuesta Nacional de Hogares 2025 (INEC). El marco de derechos se sustenta en la Ley Integral para la Persona Adulta Mayor, Ley número 7935.




