CONTEXTO · CUIDADOS Y FAMILIA : Por: Eduardo Méndez, Director de www.costaricamayor.com
Casi la mitad de las personas mayores no recibe pensión, pero sostienen una economía del cuido que vale más de la quinta parte del PIB. El regreso a clases vuelve a poner sobre sus hombros una crianza que el país prefiere no ver.
Las vacaciones de medio año acabaron y esta semana suena el timbre del regreso a clases, empieza también un turno silencioso: el de miles de abuelas y abuelos que llevan, recogen, alimentan y acompañan a sus nietos. Es un trabajo que no aparece en ninguna planilla, pero sin el cual la economía costarricense se detendría.
Doña Marta tiene sesenta y siete años y un despertador que suena a las cinco de la mañana. No madruga para ella. Madruga porque a las seis debe tener listos el uniforme, el desayuno y la merienda de sus dos nietos, de siete y nueve años, antes de caminar con ellos las cuatro cuadras hasta la escuela. A mediodía los recoge. Por la tarde vigila las tareas, prepara el almuerzo, media en las peleas y, cuando su hija llega del trabajo pasadas las seis, doña Marta apenas ha tenido tiempo de sentarse. Su pensión del Régimen No Contributivo no alcanza para mucho, pero su jornada de cuido, si se pagara, valdría más que esa pensión.
Historias como la suya se repiten en cientos de hogares del país. El inicio del curso lectivo reorganiza la vida de las familias, sí, pero reorganiza sobre todo la de las personas mayores que sostienen la logística cotidiana de la crianza. Ese fenómeno tiene nombre: abuelazgo. Y aunque se vive en silencio, sus cifras son cualquier cosa menos silenciosas.
Una generación que crece más rápido que ninguna
Conviene dimensionar de quiénes hablamos. Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), en 2026 Costa Rica cuenta con 904.782 personas mayores de 60 años, el 17,3 % de la población, y es el grupo que crece con mayor rapidez. Las proyecciones son contundentes: la población de 65 años y más se duplicará entre 2024 y 2044, y para 2050 una de cada cuatro personas en el país tendrá 65 años o más. La esperanza de vida acompaña esa tendencia: en 2025 se estima en 78 años para los hombres y 83 para las mujeres.
Detrás de esos números hay una realidad económica dura. De acuerdo con datos del INEC recogidos en 2024, el 26,6 % de las personas adultas mayores vive en pobreza y el 48,2 % no recibe ninguna pensión. Casi la mitad de nuestros mayores llega a la vejez sin un ingreso propio garantizado. Y muchas de esas personas, lejos de retirarse a descansar, asumen el cuido de una nueva generación.
Un país que se sostiene sobre trabajo que no se paga
Vayamos a lo grande. El Banco Central de Costa Rica estimó que el trabajo doméstico no remunerado alcanzó un valor de ¢9,6 billones, equivalente al 21,4 % del producto interno bruto. Léase de nuevo esa cifra. Más de la quinta parte de todo lo que produce el país cada año descansa en labores que nadie remunera: preparar alimentos, limpiar, y cuidar de la niñez y de las personas mayores. De ese total, el cuidado de la niñez concentra un 13,3 %. Es una economía entera que funciona sin sueldo, sin horario y sin vacaciones.
Ese trabajo tiene, además, un rostro. Es mayoritariamente femenino. Las mujeres dedican el doble de tiempo que los hombres al trabajo doméstico no remunerado, y esa carga se relaciona directamente con la brecha en el empleo: mientras el 68,9 % de los hombres participa en el mercado laboral, apenas lo hace el 42,7 % de las mujeres. La ecuación es transparente. Alguien tiene que cuidar para que otros puedan trabajar. Y con frecuencia, ese alguien es una abuela.
La vejez no es una etapa pasiva
Existe un prejuicio muy arraigado que imagina a las personas mayores como receptoras de cuidados, nunca como proveedoras. La evidencia lo desmiente. Un estudio del investigador Luis Ángel López Ruiz, publicado en la Revista de Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica a partir de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo, llegó a una conclusión que debería sacudir ese lugar común: no se puede afirmar que el tiempo que las personas adultas mayores dedican al cuido sea menor que el que dedican las personas más jóvenes.
Dicho de otro modo: la abuela que cuida no está «ayudando» en los márgenes. Está sosteniendo una parte central del edificio. La misma encuesta muestra que son las mujeres de entre cincuenta y sesenta y cuatro años quienes más tiempo dedican al cuido, en una etapa en que muchas todavía trabajan y ya cargan con la atención de nietos y, a veces, de sus propios padres. Es la generación sándwich, apretada entre dos dependencias.
Conviene una precisión que nuestra línea editorial no abandona. Reconocer el aporte de las personas mayores al cuido no significa reducirlas a su utilidad. El valor de una abuela no se mide por las horas de guardería que ahorra a una familia; se trata de lo contrario: de visibilizar que ese aporte existe, que tiene un costo físico y emocional real, y que no puede darse por descontado como si fuera una obligación natural de envejecer.
El precio oculto del abuelazgo
Cuidar desgasta. La investigación nacional sobre cuidadoras informales, desarrollada por el Instituto de Estudios Sociales en Población de la Universidad Nacional, documentó lo que muchas familias prefieren no mirar: falta de capacitación para las tareas de cuido, escasos espacios de escucha, y conflictos familiares cuando la persona cuidadora se atreve a pedir apoyo. La sobrecarga no es una queja subjetiva. Es un factor de deterioro de la salud física y mental.
El abuelazgo tiene una cara luminosa, que es real. El vínculo con los nietos da propósito, compañía y sentido; muchas personas mayores lo describen como una de las mayores alegrías de su vida. Pero cuando ese cuido deja de ser una elección y se convierte en una responsabilidad impuesta, a tiempo completo y sin relevo, la alegría empieza a pesar. Una cosa es acompañar. Otra muy distinta es que la crianza de una nueva generación recaiga, de facto, sobre alguien que ya cumplió su turno y que tiene derecho al descanso, al ocio y a su propia vida.
A ese desgaste se suma una tensión económica. Ya lo vimos: casi la mitad de las personas mayores no recibe pensión y una cuarta parte vive en pobreza. Muchas abuelas cuidadoras sobreviven con montos mínimos o con el Régimen No Contributivo, y aun así aportan de su bolsillo a la manutención de los nietos: la merienda, los útiles, el pasaje. Cuidan con tiempo y también con dinero que no les sobra. El apoyo económico, en el abuelazgo, casi siempre fluye hacia abajo, de la generación mayor a la menor, y rara vez se reconoce.
Lo que dice la ley, y lo que le falta
El ordenamiento costarricense ha empezado a nombrar el cuido. Desde 2015, la Ley 9325 obliga al Banco Central a contabilizar el trabajo doméstico no remunerado; es la norma que hace posible saber que ese trabajo vale una quinta parte del PIB. El Código de Familia, en su artículo 231, define los cuidados como las acciones para satisfacer las necesidades básicas, de salud, protección, nutrición, recreación y acompañamiento, y el artículo 232 establece un deber recíproco de cuido entre parientes. Y la Ley 10192, que creó el Sistema Nacional de Cuidados y Apoyos para Personas Adultas y Personas Adultas Mayores en Situación de Dependencia (Sinca), vigente desde 2022, es el primer intento serio de convertir el cuidado en una corresponsabilidad del Estado y no solo de las familias.
Sin embargo, hay un vacío evidente. Toda esa arquitectura legal mira a la persona mayor como sujeto que recibe cuidados. Casi nada contempla a la persona mayor como sujeto que los brinda. La abuela que cría a sus nietos no encaja en las categorías del Sinca, porque no está en situación de dependencia: está sosteniendo la dependencia de otros. Su trabajo permanece fuera del radar de la política pública, sin reconocimiento, sin apoyo y sin descanso garantizado.
El país envejece a un ritmo acelerado y, a la vez, las familias se hacen más pequeñas y más mujeres se incorporan al mercado laboral. La consecuencia es previsible: cada vez más cuido recaerá sobre menos hombros, y muchos de esos hombros tendrán más de sesenta años. Ignorar el abuelazgo hoy es preparar una crisis de cuidados para mañana.
La corresponsabilidad es la palabra clave. Cuidar no debería ser tarea de una sola persona, ni de un solo género, ni de una sola generación. Debería repartirse entre los miembros de la familia, entre hombres y mujeres, y entre la familia y el Estado. Reconocer el aporte de las abuelas y abuelos cuidadores no es un gesto sentimental. Es una cuestión de justicia, y también de sostenibilidad para un país que no puede seguir financiando su economía con el tiempo no pagado de sus mayores.
Termino aquí.
Cuando el timbre del regreso a clases vuelva a sonar, valdría la pena preguntarnos quién madruga de verdad detrás de cada niño que llega puntual a la escuela. Y si el país que estamos construyendo sabrá, algún día, devolverle a esa abuela una parte del tiempo que ella nos ha regalado sin cobrar.
Comparta esta nota con esa persona que conoce a una abuela cuidadora: a veces el primer reconocimiento es simplemente nombrar lo que hace.
Cuéntenos su experiencia. ¿Cuida usted a sus nietos, o creció al cuidado de sus abuelos? Escríbanos a hola@costaricamayor.com.








