Por Redacción www.costaricamayor.com
San José, 24 de Marzo de 2026 . Llegar a los 99 años ya es extraordinario. Hacerlo convertida en una de las figuras más queridas de la memoria costarricense lo es aún más. Tía Florita celebra un nuevo año de vida y con ello despierta algo que va más allá de la nostalgia: la certeza de que hay personas que logran quedarse para siempre en el corazón de un país.
Durante décadas, su imagen estuvo asociada a la cocina, al hogar, a las recetas compartidas y a ese tono cercano que hacía sentir que no hablaba desde una pantalla, sino desde la mesa de la casa. Por eso, cumplir 99 años no solo marca una fecha personal. Marca también un momento simbólico para Costa Rica, porque recuerda el valor de las personas mayores que han dejado huella en la cultura, en la vida cotidiana y en la memoria colectiva.
Tía Florita no representa únicamente una etapa de la televisión o de la cocina nacional. Representa una forma de vínculo. La de una generación que enseñó con paciencia, que transmitió saberes desde lo cotidiano y que convirtió los pequeños gestos en parte de la identidad familiar. En su historia hay algo profundamente valioso: la vejez no aparece como ausencia, sino como legado.
En un país que envejece con rapidez, esta celebración también invita a pensar cómo estamos mirando a las personas adultas mayores. Muchas veces la conversación pública gira alrededor de la enfermedad, la dependencia o las pensiones. Pero hay otra dimensión igual de importante: la de la dignidad, el reconocimiento y el lugar que una sociedad les da a quienes han construido comunidad, afectos y cultura. Tía Florita encarna precisamente eso. Una vida larga, sí, pero también una vida significativa.
Su cumpleaños número 99 conmueve porque activa recuerdos personales en miles de costarricenses. Para muchas personas, su nombre está ligado a la infancia, a una receta especial, a una tarde en familia o a la figura de una madre o una abuela en la cocina. Esa conexión emocional explica por qué sigue siendo una presencia tan querida. No solo se le recuerda. Se le siente cercana.
Celebrar a Tía Florita es también lanzar un mensaje importante en tiempos de edadismo y exclusión silenciosa: envejecer no borra el valor de una persona. Al contrario, puede hacerlo más visible. La longevidad, cuando va acompañada de reconocimiento social, se convierte en una forma poderosa de testimonio. Su historia nos recuerda que las personas mayores no son una nota al pie del presente. Son parte esencial de él.
A los 99 años, Tía Florita no solo suma tiempo. Suma historia, afecto y significado. Y eso, en una Costa Rica que necesita aprender a valorar mejor la vejez, convierte su cumpleaños en mucho más que una celebración: lo convierte en una noticia que toca la fibra de todo un país.







