Germán Salas M.,Periodista
24 de Marzo 2026. Cada aniversario del asesinato de San Óscar Arnulfo Romero no es una fecha para archivar en la memoria, sino una llamada urgente a la conciencia y a la coherencia. Romero no pertenece al pasado; pertenece al presente que todavía sangra. Su figura no se reduce a la estampa de un arzobispo asesinado en el altar, sino a la de un pastor que aprendió, en medio del dolor, a mirar la realidad con los ojos del Evangelio.
No siempre fue el Romero profético que hoy admiramos. Hubo un punto de quiebre. El asesinato de su amigo, hoy beato, el padre Rutilio Grande, lo obligó a confrontar la crudeza del sufrimiento de su pueblo. Aquella muerte lo sacudió por dentro. Comprendió que su misión no consistía en administrar prudencias, sino en acompañar a las víctimas y denunciar el pecado estructural que las aplastaba. Desde entonces, su palabra se volvió clara, directa, pastoralmente valiente.
Un largo martirio. El Papa Francisco lo describió con precisión: “San Óscar Romero supo encarnar con perfección la imagen del buen Pastor que da la vida por sus ovejas”. No fue un líder ideológico; fue un pastor que entendió que el Evangelio no puede separarse de la justicia. Su autoridad nacía del altar, pero se proyectaba hacia las calles, los campos y los hospitales donde su pueblo sufría.
Sin embargo, su martirio no se limitó al disparo que segó su vida. Como también señaló el Papa Francisco: “El martirio de monseñor Romero no fue sólo su muerte: se inició antes, con los sufrimientos por las persecuciones antes de su muerte y continuó después, porque no bastó que muriera; lo difamaron, calumniaron y enfangaron. Su martirio continuó por mano de sus hermanos sacerdotes y del episcopado”. Estas palabras no son un reproche tardío, sino una advertencia permanente: el profeta suele ser incómodo incluso dentro de su propia casa.
Hoy la pregunta no es únicamente qué ocurrió entonces, sino quiénes son los nuevos “Romero” de nuestros días. ¿Quién levanta la voz cuando la dignidad humana es negociada? ¿Quién se arriesga a incomodar poderes políticos, económicos o incluso eclesiales por fidelidad al Evangelio? ¿Quién acepta pagar el precio de la coherencia?
Romero nos enseña que la santidad no es neutralidad. Que el pastor auténtico huele a oveja herida. Que la Iglesia pierde credibilidad cuando calla ante la injusticia. Y que el martirio puede comenzar mucho antes de la muerte física: empieza cuando llegan la difamación, el aislamiento y la incomprensión.
¿Domesticaron su legado? Elevarlo a los altares no puede significar domesticar su legado. Canonizarlo no es suavizarlo. Es reconocer que su camino —arriesgado, incómodo, pastoralmente encarnado— es camino de Iglesia. Su sangre no pide aplausos; pide coherencia.
Tal vez el mayor homenaje que podemos rendirle no sea repetir su nombre, sino atrevernos a asumir su lógica: escuchar el clamor de las víctimas, dejarnos convertir por el dolor del pueblo —como él lo hizo tras el asesinato del beato Rutilio— y comprender que el Evangelio siempre tendrá consecuencias públicas.
Romero vive cada vez que un cristiano decide no callar. Vive cuando un pastor protege a su pueblo antes que a su propia imagen. Vive cuando la fe se convierte en valentía. La pregunta, entonces, no es si lo admiramos. La pregunta es si estamos dispuestos a continuar su misión.









