FRECUENCIA VIDA. Por: Eduardo Méndez, Director de www.costaricamayor.com
En Costa Rica, más de 130 personas mayores han convertido sus recuerdos en canciones con apoyo de inteligencia artificial. La herramienta pone la música; la historia, la voz y las decisiones siguen siendo de quien la vivió.
Ricardo Mejía Chaves tenía 72 años cuando escribió su primera canción. No se detuvo ahí. Este vecino de Santa Ana tiene hoy un álbum de diez temas en el que recorre distintos géneros musicales. Su historia forma parte de un proyecto que ya suma 20 talleres de composición y más de 130 participantes, en los que recuerdos propios se transforman en canciones completas.
Vale la pena contar esta historia con cuidado. No porque sea extraordinaria, sino porque la manera habitual de narrarla, con fórmulas como «a pesar de su edad» o «todavía aprende», dice más de nuestros prejuicios que de Ricardo. Lo que hizo no es una hazaña contra el calendario. Es lo que hace cualquier autor: decidió contar algo y lo contó a su manera.
Un taller que empieza por la palabra
Detrás del proyecto está Bruce Callow, comunicador, educador y músico canadiense que vive en Costa Rica desde 1992. La idea nació en una conversación con su suegra en San Marcos de Tarrazú y tomó forma de la mano de la Municipalidad de Santa Ana, la Biblioteca de Santa Ana y el Colegio de Licenciados y Profesores en Letras, Filosofía, Ciencias y Artes (Colypro). Los primeros talleres se realizaron en el Hogar de Ancianos de Piedades de Santa Ana.
El método es sencillo y, por eso mismo, revelador. Cada participante trae un recuerdo, una etapa de su vida o una idea que quiere compartir. Ese texto se trabaja hasta darle forma de canción, la persona elige el género musical y, al final, la plataforma Suno genera la pieza completa. La inteligencia artificial aporta la melodía, los arreglos y la voz grabada. Pero el punto de partida, el sentimiento que se quiere transmitir y cada decisión creativa pertenecen a quien compone.
Autoría, no terapia
Callow explica que muchas personas no quieren simplemente sentarse a contar su historia, pero que algo cambia cuando se les ofrece convertirla en canción. En sus palabras, el taller les da «una nueva manera de expresarse».
Hay un detalle de su testimonio que merece reconocimiento. Aunque asegura haber visto respuestas positivas en pacientes hospitalizados y en personas con demencia, él mismo advierte que no existe un estudio científico que mida el efecto de estos talleres en el bienestar, la autoestima o la participación social. Le gustaría desarrollar esa investigación con universidades, y tras su participación en TEDx Pura Vida recibió muestras de interés de representantes de la UCR y la UNA.
Esa franqueza es valiosa porque evita vender un milagro. Y permite valorar los talleres por lo que sí son, de forma comprobable: espacios de creación. Una canción escrita por una persona de 80 años no necesita justificarse como tratamiento para tener valor. Lo tiene por la misma razón que cualquier otra obra.
Un derecho, no un pasatiempo
La Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, que Costa Rica aprobó mediante la Ley 9394, reconoce en su artículo 21 el derecho a la vida cultural y artística, a disfrutar de sus beneficios y a compartir los propios conocimientos y experiencias con otras generaciones. Cuando una municipalidad, una biblioteca pública y un colegio profesional abren estos espacios, no están haciendo un favor. Están haciendo efectivo un derecho.
La memoria, además, no es un asunto privado. El proyecto ha llegado a Japón, donde un hombre de 93 años convirtió en canción sus recuerdos de Nagasaki después de la Segunda Guerra Mundial. También lo llevó a Canadá, con personas migrantes de bajos ingresos en clases de inglés. La herramienta no es «para viejos». Es para cualquiera que tenga una historia que contar y el derecho a contarla.
Las preguntas que conviene hacer
Tratar a las personas mayores como autoras implica darles la misma información que merece cualquier autor. Los términos de uso de las plataformas de música generada con inteligencia artificial varían según el plan contratado, y no siempre dejan claro quién es dueño de la canción ni qué puede hacerse con ella. Tampoco es menor que historias íntimas queden alojadas en los servidores de una empresa comercial. Nada de esto es motivo para desalentar la experiencia. Es motivo para que cada participante decida con conocimiento si registra, comparte o incluso vende su obra.
Para las familias y las personas cuidadoras, la invitación es otra. No se trata de buscar actividades para «entretener» a mamá o al abuelo, sino de preguntarles qué historia quisieran contar y dejar que sean ellos quienes decidan cómo.
Octubre, con música
Durante octubre, mes de la persona adulta mayor, Callow y su equipo prevén un almuerzo con presentación musical en Santa Ana, además de nuevos talleres en ese cantón y en San Marcos de Tarrazú. El proyecto busca alianzas con organizaciones, centros para personas mayores, universidades y empresas interesadas en ampliar su alcance.
Termino aquí.
¿Cuántas canciones se quedan sin escribir en nuestras casas porque nunca le preguntamos a la persona mayor qué historia quiere contar?
Comparta esta historia con alguien que tenga un recuerdo que merece convertirse en canción.
Cuéntenos: ¿conoce a una persona mayor que esté creando música, escritura u otra obra propia? Escríbanos a hola@costaricamayor.com o por WhatsApp al +506 8324-0116.
Nota de fuentes: Entrevista y declaraciones de Bruce Callow. Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, aprobada por Costa Rica mediante la Ley 9394, artículo 21.




