Divorciarse a los 50 años: cuando cerrar una etapa también es un acto de dignidad

Feb 10, 2026 | Frecuencia de vida, slider frecuencia de vida | 0 Comentarios

Autor: Costa Rica Mayor

Por: Redacción Costa Rica Mayor.com

Divorciarse después de los 50 años ya no es una rareza. Cada vez más personas toman esta decisión en una etapa de la vida en la que aún hay proyectos, autonomía y deseos de bienestar. Sin embargo, hacerlo implica enfrentar no solo un proceso legal, sino también una serie de retos emocionales, económicos y sociales que la sociedad no siempre comprende del todo.

En Costa Rica, el llamado divorcio gris —el que ocurre a partir de los 50 años— suele estar rodeado de prejuicios: “a esa edad ya para qué”, “mejor aguantar”, “eso no es correcto”. Estas frases, repetidas una y otra vez, pesan más de lo que parece. Por eso, divorciarse en esta etapa requiere información, acompañamiento y, sobre todo, claridad sobre los derechos.

Desde el punto de vista jurídico, lo primero es entender que la edad no limita el derecho a divorciarse ni a rehacer un proyecto de vida. El divorcio puede tramitarse de mutuo acuerdo o por la vía contenciosa, y en ambos casos es clave revisar con cuidado el tema patrimonial. A los 50 años o más, muchas parejas ya han construido bienes, ahorros, derechos laborales y pensiones. Determinar qué es ganancial, cómo se reparte y qué ocurre con las deudas es fundamental para evitar conflictos futuros.

Otro aspecto central es la pensión alimentaria entre cónyuges. Aunque muchas personas creen que solo aplica para hijos, en ciertos casos uno de los cónyuges puede tener derecho a una pensión, especialmente si existe una dependencia económica prolongada, una brecha laboral o condiciones de salud que dificulten la inserción en el mercado de trabajo. Este análisis debe hacerse caso por caso, con asesoría legal especializada.

También es indispensable revisar las implicaciones sobre la seguridad social, los seguros, los beneficiarios de pensiones, testamentos y poderes. Un divorcio no es solo “firmar papeles”; es reorganizar la vida jurídica para que refleje la nueva realidad personal.

Pero más allá de lo legal, divorciarse a los 50 implica enfrentar la mirada social. Muchas personas adultas sienten vergüenza, culpa o miedo al “qué dirán”, especialmente en entornos familiares, religiosos o comunitarios. Aquí es clave recordar algo esencial: la vejez —y la etapa previa a ella— no es sinónimo de resignación. Permanecer en una relación que genera sufrimiento, violencia emocional o anulación personal no es una virtud, es una forma silenciosa de vulneración de derechos.

Enfrentar la sociedad pasa por reconstruir redes: amistades, espacios comunitarios, actividades que devuelvan sentido y pertenencia. También por normalizar el discurso: divorciarse no es fracasar, es decidir. Es un acto de autocuidado y, muchas veces, de coherencia con la propia historia.

El acompañamiento psicológico y social puede marcar una gran diferencia. Procesar el duelo, redefinir la identidad y proyectarse hacia adelante no es algo que deba hacerse en soledad. A los 50 años todavía hay tiempo para estudiar, emprender, amar, viajar y vivir con mayor libertad.

Divorciarse en esta etapa no es el final del camino. Para muchas personas, es el inicio de una vida más auténtica, con menos miedo y más conciencia de su valor. La sociedad necesita aprender a mirar estos procesos con menos juicio y más humanidad. Porque envejecer con dignidad también implica el derecho a decidir con quién —y cómo— queremos vivir el resto de nuestra vida.

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