Por: Germán Salas M. Periodista
Quienes hemos vivido algunas décadas, sabemos que los países no se rompen de un día para otro. Se desgastan lentamente con palabras dichas sin cuidado, con gestos que hieren, con discusiones que empiezan en la política y terminan rompiendo mesas familiares, amistades de años o la cordialidad entre vecinos.
Hoy quiero aprovechar mi columna para algo sencillo y a la vez exigente: ayunar de confrontación política durante estos cuarenta días de la Cuaresma. No como una consigna ingenua, sino como un acto consciente de responsabilidad ciudadana y espiritual.
San Óscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador y mártir de nuestro continente, lo dijo con claridad al hablar de la Cuaresma: “Una Cuaresma bien vivida puede ser la salvación de nuestro pueblo.”
No hablaba solo de prácticas religiosas, sino de un cambio profundo en la manera de relacionarnos, de mirarnos, de tratarnos como sociedad.
Ayunar de confrontación no significa callar las ideas ni renunciar a convicciones formadas con años de experiencia. Significa algo más difícil y es cuidar las formas, elegir la reconciliación por encima del enojo, la escucha por encima de la descalificación. Porque cuando la política entra en la casa como motivo permanente de pelea, deja de servir al bien común y empieza a erosionar lo más valioso que tenemos: los vínculos.
San Romero recordaba también que “somos la luz que Cristo ha encendido en el mundo para iluminar las realidades de nuestro ambiente. ”Esa luz no se enciende con gritos ni con insultos. Se enciende con coherencia, con palabras medidas, con la valentía de no devolver agresión por agresión.
En estos cuarenta días, ojalá podamos pedir de verdad por líderes más cercanos, no solo más hábiles o más duros. Líderes que cuiden su lenguaje, que recuerden que su manera de hablar educa, que su forma de tratar al adversario se reproduce en la calle, en los hogares y en las comunidades. Quien lidera, quiera o no, se convierte en inspiración para muchos.
A quienes han sido padres, madres, abuelos, docentes o formadores, esto nos resulta evidente: no basta con señalar lo correcto, hay que mostrarlo con el ejemplo. El país también aprende por imitación.
San Óscar Romero definía la Cuaresma como un “llamamiento a la verdadera reconciliación”. No a una reconciliación superficial o forzada, sino a aquella que nace del reconocimiento del otro como persona, incluso cuando piensa distinto.
Y aquí resuenan con fuerza las palabras de san Juan Pablo II: “El amor vence siempre, como Cristo ha vencido; el amor ha vencido, aunque en ocasiones, ante sucesos y situaciones concretas, pueda parecernos incapaz. Cristo parecía imposibilitado también. Dios siempre puede más.”
Tal vez hoy el amor parezca insuficiente frente a la polarización, el enojo o la desconfianza. Tal vez reconciliarnos parezca ingenuo. Pero la historia —y nuestra propia experiencia— nos enseñan que los pueblos no se salvan por la confrontación permanente, sino por la capacidad de reencontrarse.
Durante estos cuarenta días, apostemos por conversaciones más humanas, por silencios oportunos, por gestos que desarmen la agresividad. Apostemos por preguntarnos, con honestidad, qué parte del clima que vivimos nace también de nuestras palabras, de nuestras reacciones y de nuestras decisiones cotidianas.
Quizá no cambiemos el rumbo del país en cuarenta días. Pero sí podemos cambiar el clima de nuestros hogares, de nuestras comunidades y de nuestros espacios cercanos. Y eso, con el tiempo, siempre termina transformando lo colectivo.
Que esta Cuaresma sea, como decía san Óscar Romero, una oportunidad real de salvación para nuestro pueblo. Porque el país que anhelamos no empieza en los discursos ajenos, sino en la forma en que cada uno de nosotros decide convivir. Y ahí, todavía estamos a tiempo de volver a encontrarnos.










