Cuando aplaudir también discrimina: el edadismo benevolente en los medios y en la vida cotidiana

Abr 10, 2026 | Opinión, slider opinion | 0 Comentarios

Autor: Costa Rica Mayor

Por Eduardo Méndez, Abogado. Máster en Gerencia Social. Director de www.costaricamayor.com 

Hace unos días, en Costa Rica, circuló una noticia que rápidamente captó la atención en redes sociales y medios de comunicación. Una mujer adulta mayor conducía su vehículo cuando se encontró con un accidente que bloqueaba el paso. Mientras varias personas observaban, algunos hombres se burlaron anticipando que no podría maniobrar, no solo por su edad, sino también por ser mujer. Sin embargo, la conductora realizó las maniobras necesarias y logró continuar su camino. Entonces ocurrió algo revelador: quienes antes dudaban comenzaron a aplaudirle, sorprendidos por lo que acababan de presenciar.

El hecho, en sí mismo, era completamente ordinario. Una persona conduciendo y resolviendo una situación en carretera. Pero fue presentado como algo extraordinario. Celebrado. Viralizado.

Y ahí está el problema.

Lo que parece un reconocimiento positivo es, en realidad, una expresión clara de edadismo benevolente. Una forma de discriminación que no agrede de manera abierta, pero que reduce a la persona mayor a una expectativa menor de capacidad.

El edadismo benevolente no se grita. Se aplaude. Y por eso es más difícil de identificar.

Una discriminación que parece “buena”

El edadismo benevolente ocurre cuando tratamos a las personas mayores con una mezcla de afecto, protección y condescendencia, pero partiendo de la idea de que son menos capaces. No se expresa en insultos, sino en gestos aparentemente positivos: elogios exagerados, sorpresas innecesarias, decisiones tomadas “por su bien”.

El problema no está en el reconocimiento.
Está en la expectativa previa.

Cuando una persona mayor hace algo que cualquier persona joven haría sin llamar la atención —conducir, usar tecnología, trabajar, bailar, opinar— y eso se convierte en noticia, lo que estamos diciendo, aunque no lo verbalicemos, es que no esperábamos que pudiera hacerlo.

Y esa expectativa es profundamente discriminatoria.

Lo ordinario no debería ser extraordinario

Es necesario decirlo con claridad:
lo que es ordinario en una persona joven no debe ser considerado extraordinario en la vejez.

Las personas envejecidas no están “superando su edad” cuando actúan, deciden o participan.
No están “a pesar de los años”.
No están “todavía pudiendo”.

Están, simplemente, siendo ellas mismas.

Convertir lo cotidiano en heroico distorsiona la realidad. Refuerza la idea de que la vejez es, por definición, una etapa de incapacidad, y que cualquier desviación de ese estereotipo merece aplauso.

Pero el aplauso, en este caso, no dignifica.
Reduce.

El papel de los medios y las redes sociales

El edadismo benevolente no es un fenómeno aislado. Se reproduce en todos los espacios sociales.

Está en la familia, cuando se decide por la persona mayor sin consultarle.
Está en las instituciones, cuando se subestiman sus capacidades.
Está en la vida cotidiana, en el lenguaje, en las miradas.

Y está, con especial fuerza, en los medios de comunicación y en las redes sociales.

Los medios no solo informan. Construyen imaginarios. Definen qué es noticia y qué no lo es. Cuando convierten hechos ordinarios en relatos extraordinarios por el simple hecho de que involucran a personas mayores, están reforzando una narrativa de baja expectativa.

Las redes sociales amplifican este fenómeno. Una historia como la de la conductora adulta mayor no solo se comparte, se celebra con comentarios que, aunque bien intencionados, reproducen el mismo patrón: sorpresa, incredulidad, admiración condescendiente.

El problema no es la visibilidad.
Es la forma en que se construye esa visibilidad.

Una mirada que limita, aunque no lo parezca

El edadismo benevolente tiene consecuencias reales.

Erosiona la autonomía, porque justifica que otros decidan por la persona mayor.
Refuerza estereotipos, al presentar la capacidad como excepción.
Reduce la participación, al instalar la idea de que ciertas cosas “ya no corresponden” a determinada edad.

Y, quizás lo más complejo, termina siendo internalizado.

Las personas mayores comienzan a verse a sí mismas desde esa mirada. A dudar. A retirarse antes de tiempo. A dejar de intentar.

No porque no puedan.
Sino porque el entorno les ha enseñado que no se espera que lo hagan.

Cambiar la forma en que miramos

Superar el edadismo benevolente no implica dejar de reconocer logros o historias valiosas. Implica hacerlo sin reducir a la persona a su edad.

Implica entender que la vejez no es una excepción dentro de la vida, sino parte de ella. Que las personas mayores no necesitan ser celebradas por hacer lo que cualquier persona puede hacer, sino reconocidas como sujetos plenos, con derechos, capacidades y diversidad.

Implica, también, revisar cómo hablamos, cómo contamos historias y cómo reaccionamos ante ellas.

Porque no todo aplauso es reconocimiento.
A veces, es una forma sutil de discriminación.

Una reflexión final

La escena de la mujer conduciendo en medio del obstáculo no debería ser extraordinaria. Debería ser invisible en el mejor sentido: parte de la normalidad.

Pero mientras sigamos sorprendiéndonos de que una persona mayor pueda resolver, decidir, actuar o participar, seguiremos reproduciendo una idea equivocada de la vejez.

Una idea que no excluye de forma directa, pero que limita de manera constante.

Y eso también es edadismo.
Aunque venga envuelto en aplausos.

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