Evangelio del domingo 8 de marzo
III Domingo de Cuaresma
Lectura del santo evangelio según san Juan 4, 5-42
En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».
La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».
Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».
La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».
Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».
La mujer le dice:
«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo». En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».
La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».
Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». Los discípulos comentaban entre ellos:
«¿Le habrá traído alguien de comer?». Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador.
Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».
Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».
Palabra del Señor
Agua viva para una humanidad sedienta de Dios
Por: Glenm Gómez Alvarez, Pbro.
Este domingo el Evangelio nos presenta uno de los diálogos más conmovedores de Jesús: el de la mujer samaritana junto al pozo de Jacob (cf. Jn 4,1-42). El texto comienza con una frase que no es casualidad: “Tenía que pasar por Samaria”. No era simplemente un atajo; era un anhelo en el corazón del Señor; decide atravesar el territorio del conflicto. Judíos y samaritanos vivían en profunda discordia histórica y religiosa. Sin embargo, allí, en tierra incómoda e inhóspita él también quiere revelarse.
El amor verdadero no se queda en zonas de confort; se atreve a cruzar fronteras. Buscar al otro en su circunstancia implica aceptar su historia, sus heridas, sus preguntas, incluso conocer sus prejuicios y resistencias.
El escenario es un pozo, un lugar simbólico en la tradición bíblica, es un espacio de encuentros. Y Jesús rompe todas las barreras: habla con una mujer, samaritana, además, y con una historia afectiva, por lo menos, compleja. En una cultura donde un hombre con prestigio no dialogaba públicamente con una mujer, Jesús inicia la conversación con una petición humilde: “Dame de beber”. Como diría San Agustín de Hipona: “Cristo tiene sed de la fe de ella. Pide para poder dar.”
El diálogo es pedagógico, pero profundamente humano. Ella comienza viéndolo como un “judío”; luego lo llama “Señor”; más adelante lo reconoce como “profeta”. Y finalmente se abre a la posibilidad de que sea el Mesias. Es todo un itinerario de fe. Jesús le revela su propia historia, pero no para condenarla, sino para mostrarle que es conocida por él y, más aún, amada.
El agua que Jesús ofrece es “agua viva”: símbolo del Espíritu, de la gracia que colma la sed más honda. Aquella mujer había intentado saciar su vacío en multiples relaciones que no permanecían: hay una sed que ningún afecto, ningún éxito ni ningún logro pueden llenar completamente. Solo Dios alcanza el fondo del corazón.
Aquí hay también una llamada de atención para quienes nos planteamos, a veces, la evangelización confiando excesivamente en estrategias, en técnicas de marketing pastoral, planes sofisticados y discursos diseñados. El Evangelio no se transmite como un producto ni se impone como una ideología. Cuando la evangelización se obsesiona con la forma, puede vaciarse de sentido, de encuentro, de calidez, de humanidad. La samaritana no llevó un programa, no hizo un curso, tuvo una experiencia en la que fue tratada como persona…
Como recordaba Benedicto XVI, el cristianismo no nace de una idea moral ni de un sistema de valores, sino del encuentro con una Persona: Jesucristo. Y solo quien ha sido tocado en lo más hondo puede dejar el cántaro y convertirse, casi sin darse cuenta, en testigo.
Ella va al pueblo y convoca a otros. No se guarda la experiencia como un secreto. La mujer que evitaba las miradas —la que iba al pozo a la hora más calurosa para no coincidir con nadie— atraviesa las calles y llama a los mismos que antes la juzgaban para que conozcan al Mesías.
Este Evangelio obliga hoy a la Iglesia a revisar su modo de acercarse a las personas. Jesús inicia con diálogo, no con condena. Escucha antes de corregir. Despierta el deseo antes de exigir cambios. Evangelizar no es señalar desde lejos, sino sentarse junto al pozo con el otro.
Pero, a veces, hacemos exactamente lo contrario. Comenzamos por la norma antes que por el vínculo, por la advertencia antes que por la acogida. Hablamos mucho y escuchamos poco. Nos inquieta más corregir la conducta que comprender la historia de las personas. Y así corremos el riesgo de convertir el anuncio en reproche y la moral en filtro de acceso a Dios.
Jesús no relativiza el pecado, pero tampoco reduce a la persona a su herida. Primero establece una relación, despierta la sed, abre un horizonte. Cuando la Iglesia olvida este orden —encuentro, diálogo, verdad— su mensaje puede sonar duro incluso cuando es verdadero. En cambio, cuando se sienta junto al pozo, cuando comparte el cansancio del camino y toma en serio la sed del otro, entonces el Evangelio vuelve a ser lo que es: buena noticia y no una carga añadida. Cuando alguien se sabe mirado sin desprecio, comienza a creer. Y cuando descubre quién tiene delante, deja el cántaro… y se convierte en testimonio vivo de que el agua verdadera existe.









