Por: Eduardo Méndez, Director de Costa Rica Mayor
En Costa Rica, el edadismo —la discriminación por edad— sigue siendo un problema silencioso con altos costos humanos, sociales y económicos. Aunque el país cuenta con un marco jurídico que protege los derechos de las personas adultas mayores, en la práctica persisten barreras que excluyen a miles de personas del empleo, la participación social y el acceso equitativo a oportunidades, justo cuando la población envejece con mayor rapidez.
Ignorar el edadismo no es solo una injusticia: es una decisión costosa para el desarrollo nacional.
Exclusión laboral: talento que se desperdicia
Uno de los impactos más visibles del edadismo en Costa Rica es la expulsión temprana del mercado laboral. Personas mayores de 50 o 55 años, incluso con formación universitaria y trayectoria directiva, enfrentan procesos de selección donde la edad se convierte en un filtro implícito.
Esta exclusión genera una pérdida directa de productividad, menor recaudación fiscal y un desaprovechamiento del capital humano acumulado durante décadas. En un contexto de escasez de talento en múltiples sectores, prescindir de la experiencia no resulta sostenible.
“Después de los 55 años envié más de cien currículos. Nunca me dijeron que era por la edad, pero siempre aparecía la frase: ‘buscamos un perfil más dinámico’. Fui gerente financiero por más de 25 años y terminé aceptando trabajos informales para sostenerme”, hoy dedico horas frente a una computadora en una propiedad que tengo a esperar oportunidades , relata Carlos, exejecutivo del sector corporativo, hoy de 58 años.
Impacto económico y vulnerabilidad en la vejez
El edadismo también incrementa el riesgo de precariedad económica. La imposibilidad de reinsertarse laboralmente reduce cotizaciones, afecta pensiones futuras y empuja a muchas personas a depender antes de tiempo de apoyos familiares o estatales. Esto presiona los sistemas de protección social y eleva el gasto público en asistencia, cuando podría apostarse por inclusión productiva.
Costos en salud y bienestar
La discriminación por edad no es neutra para la salud. Estudios internacionales —y experiencias locales— muestran que el edadismo se asocia con mayores niveles de estrés, depresión, aislamiento social y deterioro de la salud física, lo que se traduce en mayores costos para el sistema sanitario y de cuidados de largo plazo.
“Salir del mercado laboral no fue solo un golpe económico, fue un golpe emocional. Pasé de dirigir equipos a sentirme invisible. Nadie habla del impacto en la salud mental que tiene que te digan, sin decirlo, que ya no servís”, cuenta María Eugenia, exdirectora de recursos humanos, de 66 años, quien no logró reinsertarse tras un despido a los 56.
Un marco legal que aún no se vive plenamente
Costa Rica dispone de instrumentos clave como la Ley Integral para la Persona Adulta Mayor y la Convención Interamericana sobre los Derechos Humanos de las Personas Mayores, así como la rectoría del Consejo Nacional de la Persona Adulta Mayor (CONAPAM). Sin embargo, la brecha entre la norma y la realidad cotidiana sigue siendo amplia, especialmente en el ámbito laboral y cultural.
El costo invisible: cohesión social y futuro demográfico
Más allá de cifras, el edadismo erosiona la cohesión social y debilita el pacto intergeneracional. Una sociedad que descarta a las personas por su edad transmite un mensaje peligroso: el valor humano tiene fecha de vencimiento. En un país que envejece, esta lógica resulta insostenible.
¿Cuánto cuesta ignorarlo?
Aunque Costa Rica aún no cuenta con una estimación monetaria oficial del costo del edadismo, sus efectos son claros:
menos productividad, más gasto social, mayor carga en salud, pérdida de talento y deterioro del bienestar colectivo.
Desde Costa Rica Mayor, insistimos en que combatir el edadismo no es un favor a las personas mayores: es una inversión estratégica para el país. La pregunta ya no es si Costa Rica puede permitirse enfrentar el edadismo, sino si puede seguir dándose el lujo de ignorarlo.






