Cómo acompañar a una persona longeva sin anular su autonomía

Nov 3, 2025 | Super cuidadores | 0 Comentarios

Autor: Costa Rica Mayor

Por Eduardo Méndez director de Costa Rica Mayor (www.costaricamayor.com)
San José, Costa Rica — Noviembre, 2025

La longevidad es uno de los mayores logros de nuestra sociedad moderna, pero también representa un desafío ético y familiar. Cada vez más personas superan los 90 años con plena lucidez, independencia y deseos de seguir participando activamente en la vida social. Sin embargo, con frecuencia las familias confunden el acompañamiento con la sobreprotección, el cuidado con el control y la asistencia con la sustitución.

Acompañar a una persona longeva sin anular su autonomía implica comprender que la edad no borra la capacidad de decidir ni el derecho a ser protagonista de la propia vida. Así lo establece la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, ratificada por Costa Rica, y la Ley Integral para la Persona Adulta Mayor (N.º 7935), que reconocen los principios de autonomía y autodeterminación como pilares de una vejez digna y activa.

Cuando la buena intención se transforma en control

En muchos hogares costarricenses, las personas longevas conservan su lucidez y criterio, pero las familias tienden a asumir decisiones “por su bien”: desde elegir su ropa o sus alimentos hasta determinar si deben mudarse o no. Estas acciones, aunque motivadas por el afecto, pueden vulnerar la libertad personal y generar sentimientos de frustración, inutilidad o pérdida de identidad.

El envejecimiento no elimina el derecho a decidir. Lo digo contundentemente, “la autonomía no desaparece con la edad; lo que cambia es la manera en que apoyamos a la persona para que conserve el control de su vida, aun cuando requiera ayuda física o social”. En este sentido, el acompañamiento ético y responsable se basa en el respeto a la voluntad de la persona y en su derecho a definir su propio proyecto de vida, incluso en etapas de alta longevidad.

Cuidado, asistencia y acompañamiento: tres conceptos diferentes

Para promover un envejecimiento digno es fundamental distinguir entre cuidado, asistencia y acompañamiento. El cuidado comprende acciones destinadas a preservar la salud y el bienestar, pero debe realizarse respetando la voluntad y los deseos de la persona mayor. Si se impone o se vuelve vigilante, se convierte en una forma de infantilización.

El acompañamiento, en cambio, se basa en la presencia afectiva y la escucha activa. Es estar con la persona, no sobre ella. Empodera a la persona longeva a tomar decisiones, reconocer sus capacidades y mantener su sentido de propósito.

Por su parte, la asistencia consiste en brindar apoyo técnico o funcional que potencie la independencia. Se trata de un recurso para fortalecer la autonomía, no para sustituir la voluntad. Cuando se actúa sin consentimiento o se decide por la persona, se vulnera su autodeterminación.

En otras palabras, no se trata de hacer por la persona, sino con la persona.

Estrategias para acompañar respetando la autonomía

Acompañar a una persona longeva sin anular su autonomía exige una comunicación constante y empática. Escuchar antes de actuar es la primera clave: preguntar cómo desea ser apoyada y validar su experiencia, historia y preferencias. Escuchar es un acto profundo de respeto y de amor.

Otra estrategia es formalizar acuerdos familiares que reflejen las decisiones de la persona mayor en temas como salud, vivienda o finanzas. Un plan de vida consensuado evita conflictos y refuerza su derecho a decidir. Educar a las familias también es esencial. La sobreprotección, aunque parezca un gesto de cuidado, puede limitar la libertad y la autoestima de la persona mayor, generando dependencia emocional y pérdida de sentido.

La asistencia activa es otro componente fundamental. Significa ofrecer ayuda que fomente la independencia, por ejemplo, enseñando a usar nuevas tecnologías, acompañando a la persona en trámites o participando con ella en actividades comunitarias, sin sustituir su protagonismo.

Además, la autonomía debe evaluarse según las capacidades reales y no por la edad cronológica. Los seguimientos gerontológicos periódicos permiten determinar qué apoyos son necesarios sin caer en excesos. Fomentar la participación social y comunitaria también es clave: las redes de apoyo, los centros diurnos y los proyectos intergeneracionales fortalecen el bienestar emocional y la inclusión social.

Finalmente, cuando existen conflictos entre la voluntad de la persona longeva y las decisiones familiares, la mediación gerontológica puede convertirse en un recurso ético para resolver diferencias con respeto y equilibrio.

Un cambio de mirada: libertad con apoyo

Acompañar con respeto significa reconocer que la longevidad es una etapa de plenitud, no de retiro. Las personas mayores tienen derecho a decidir sobre su vida, su cuerpo, su entorno y sus relaciones. El amor auténtico no controla ni impone: da libertad con apoyo y respeto.

El verdadero desafío no es cuidar más, sino cuidar mejor: acompañar sin invadir, asistir sin sustituir y cuidar sin controlar. Este enfoque transforma la manera en que las familias, los cuidadores y la sociedad entienden la vejez, posicionando a las personas longevas como sujetos activos de derechos y no como objetos de atención.

La autonomía es el corazón del envejecimiento digno. Cuando las familias comprenden que acompañar es caminar al lado y no delante, las personas longevas pueden seguir ejerciendo su derecho más profundo: ser ellas mismas hasta el final.

 

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