Cáncer de mama en Costa Rica: el 70% de los casos ocurre después de los 50 años — qué estamos haciendo y qué falta por hacer

Oct 7, 2025 | El reporte, Noticias, Recientes, Slider el reporte, slider noticias | 0 Comentarios

Autor: Costa Rica Mayor

Por: Redacción Costa Rica Mayor | San José, 7 de octubre de 2025


Octubre se pinta de rosa, pero la mirada debería incluir el gris del envejecimiento. En el país, la mayor carga del cáncer de mama recae en mujeres de 50 años o más: alrededor del 70% de los casos nuevos y casi el 90% de las muertes suceden en este grupo. No es un pie de página de la temporada de campañas; es el tema central que a menudo queda fuera del foco. La evidencia reciente del Ministerio de Salud confirma la magnitud del problema: en 2023 se registraron 426 fallecimientos por cáncer de mama y entre 41% y 45% de esas muertes correspondieron a mujeres de 70 años o más; para 2022 se reportaron 1.126 diagnósticos, con Heredia liderando la tasa de mortalidad por provincia y con Cartago y San José siguiéndole de cerca.

La edad no “causa” el cáncer, pero incrementa su probabilidad y convive con condiciones crónicas —hipertensión, diabetes, enfermedad cardiovascular— que complejizan la tolerancia a los tratamientos y obligan a decisiones más finas. Hablar de cáncer de mama en Costa Rica es, por tanto, hablar de envejecimiento saludable, acceso oportuno y atención centrada en la persona mayor. La recomendación nacional de mamografía cada dos años a partir de los 40 se mantiene como pilar, y las guías internacionales apuntan que desde los 55 puede sostenerse una mamografía bienal —o anual por preferencia— mientras exista buena salud y una expectativa de vida igual o superior a diez años. En edades muy avanzadas, o cuando hay múltiples comorbilidades, la decisión debe individualizarse: importa menos la edad cronológica que la salud real de la mujer y sus objetivos de vida.

A partir de los 70 años crece un debate que merece explicarse con claridad: el sobrediagnóstico. Detectar tumores que no habrían causado daño durante la vida de la persona puede generar tratamientos innecesarios y efectos adversos evitables. La conclusión no es suspender la mamografía por defecto, sino decidir en conjunto con el equipo de salud, sopesando beneficios y riesgos, contexto clínico, fragilidad, apoyos disponibles y preferencias informadas. Este enfoque evita la inercia y favorece decisiones personalizadas y dignas.

Más allá de la clínica, pesan barreras específicas de la vejez que el sistema debe resolver: demoras para acceder a imágenes y biopsias que deterioran el pronóstico; dificultades de movilidad y transporte que convierten una simple cita en una odisea; cargas de cuido que muchas mujeres mayores mantienen y que compiten con su propio tratamiento; brecha digital que complica la gestión de citas y resultados; y edadismo, todavía presente, que desanima a buscar atención con frases como “a esta edad ya no vale la pena”. Nada de esto es inevitable; todo es corregible con organización, empatía y política pública.

Tratar bien también es tratar distinto. La oncogeriatría propone ajustar las decisiones a la edad biológica y al nivel de fragilidad mediante una Valoración Geriátrica Integral. Con esa base, la cirugía puede ser conservadora o radical según riesgo y beneficio reales; la radioterapia puede hipofraccionarse para reducir traslados; las terapias hormonales pueden priorizarse cuando el perfil tumoral lo permite; y la quimioterapia puede ajustarse o desescalarse si la balanza riesgo‑beneficio no acompaña. No se trata de “hacer menos”, sino de hacer lo adecuado para esa mujer, en ese momento de su vida.

El Plan Nacional para el Control del Cáncer 2024–2030 fija metas en prevención, diagnóstico y acceso, pero para que esas metas cambien cifras en mujeres mayores deben aterrizar en decisiones operativas medibles: cupos garantizados y tiempos máximos para imágenes y biopsias; apoyo de transporte sanitario o vales para quienes tienen movilidad limitada; equipos oncológicos con enfoque gerontológico real, incluyendo trabajo social y terapia ocupacional; navegación de pacientes con contacto proactivo y resolución de trabas; e indicadores públicos desagregados por edad —65+, 75+, 85+— para rendir cuentas con transparencia.

Mientras tanto, hay acciones concretas que salvan vidas. Conocer el riesgo personal —antecedentes familiares, historia hormonal, densidad mamaria, consumo de alcohol y nivel de actividad física— permite conversaciones clínicas mejores. Agendar y cumplir la mamografía según salud y edad, observar signos de alerta como bultos nuevos, retracción del pezón, cambios en la piel, secreción o dolor persistente, documentar órdenes y reportes, pedir segundas opiniones y activar redes de apoyo del EBAIS y de organizaciones comunitarias facilitan diagnósticos a tiempo y tratamientos más pertinentes.

La historia debe cambiar porque las mujeres de 68, 74 u 82 años no pueden seguir llegando tarde ni recibiendo menos. Si siete de cada diez diagnósticos y la inmensa mayoría de las muertes ocurren después de los 50, las campañas, los cupos y los equipos deben hablar el idioma de la longevidad. Octubre Rosa también es octubre gris: el de las decisiones sensatas, a tiempo y centradas en las mujeres mayores.

Artículos relacionados