Por: Msc. Germán Salas M., Periodista
Hubo un tiempo en que el arte popular no era solo entretenimiento. Era conciencia. Era identidad. Era una forma de decirle al mundo quiénes éramos sin necesidad de discursos académicos, ni proclamas oficiales. Las generaciones adultas mayores lo saben bien: Mario Moreno Cantinflas habló de justicia social desde el humor; Chespirito enseñó valores, comunidad y ternura en medio de la pobreza; Carlos Gardel le dio voz a la nostalgia del migrante; Vicente Fernández convirtió el dolor, la familia y la tierra en himnos colectivos.
Por eso, para comprender lo que ocurrió recientemente con Bad Bunny en el Super Bowl, no basta con quedarse en el género musical, ni en los prejuicios que durante años acompañaron a la música urbana. Lo que sucedió fue otra cosa. Fue un acto profundamente simbólico y político, en el sentido más amplio y noble del término.
Durante trece minutos —solo trece— millones de pantallas en todo el planeta dejaron de mostrar cifras, guerras, muros y redadas migratorias. Por trece minutos, el mundo vio otra imagen de los latinos: no como problema, no como amenaza, no como estadística, sino como cultura viva.
Bad Bunny no habló desde el púlpito, ni desde un manifiesto ideológico. Habló desde el escenario, que siempre ha sido un espacio de poder. Allí puso palabras que resonaron más allá del idioma: “Juntos somos America” y “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. No eran frases improvisadas. Eran mensajes pensados para un momento histórico específico, en una sociedad profundamente polarizada.
Desde entonces, millones de personas buscaron en internet nombres de países, costumbres, músicas, comidas y expresiones latinas. No fue curiosidad superficial: fue reconocimiento. Se asomaron a una forma de vivir donde la familia importa, donde el tiempo con los amigos no es pérdida sino ganancia, donde la risa estalla fuerte y sin culpa, donde el abrazo todavía es lenguaje.
Para quienes crecieron viendo a artistas convertirse en referentes morales y sociales, esto no debería resultar ajeno. El arte siempre ha sido una herramienta de resistencia y de afirmación cultural. La diferencia es el escenario: hoy no es el cine en blanco y negro ni la radio de válvulas; hoy son millones de dispositivos conectados en tiempo real.
Bad Bunny, como antes Cantinflas o Gardel, entendió algo esencial: que el arte popular tiene la capacidad de humanizar a pueblos enteros. En un contexto donde las imágenes de familias separadas por políticas migratorias llenan las pantallas, ese gesto artístico fue un respiro colectivo, una pausa necesaria, una afirmación de dignidad.
No se trata de canonizar artistas, ni de comparar estilos. Se trata de reconocer cuándo el arte cruza una frontera y se convierte en mensaje, cuando deja de ser solo espectáculo y pasa a ser memoria, identidad y voz.
Tal vez dentro de algunos años, alguien recuerde ese momento como hoy recordamos ciertas películas, canciones o personajes que marcaron época. Porque al final, cada generación necesita sus símbolos. Y cuando esos símbolos logran hablarle al mundo entero con humanidad, el arte vuelve a cumplir su misión más alta: recordarnos que juntos —realmente juntos— seguimos siendo América.







