Por: Eduardo Méndez, Director de Costa Rica Mayor.
Con la llegada de un nuevo año, muchas personas —especialmente quienes ya han recorrido buena parte de su vida— sienten una mezcla intensa de emoción, esperanza y deseo de cambio. El calendario se reinicia simbólicamente y con él aparece una pregunta silenciosa pero poderosa: ¿qué quiero para mí ahora? De ahí nacen los propósitos de Año Nuevo, no como una moda pasajera, sino como una respuesta emocional profunda al deseo de bienestar, sentido y control sobre la propia vida.
La emoción cumple un papel clave en este proceso. El cierre de un año invita a hacer balances personales, a reconocer lo vivido, lo perdido y lo aprendido. Esa carga emocional activa la motivación: queremos cuidar mejor nuestra salud, ordenar nuestras finanzas, retomar vínculos, aprender algo nuevo o simplemente vivir con más calma. Sin embargo, la emoción es un gran punto de partida, pero no siempre es suficiente para sostener el camino.
Ahí es donde muchas personas comienzan a frustrarse. Pasan las semanas y los propósitos se diluyen. Aparece el cansancio, la rutina, una enfermedad inesperada o una obligación familiar. Fallar en un propósito no es un signo de debilidad, es parte natural del proceso humano. La resiliencia —esa capacidad de adaptarnos, reajustar y continuar— se vuelve entonces más importante que la perfección.
Ser resilientes frente a los propósitos implica cambiar la pregunta. No se trata de “¿por qué no pude cumplirlo?”, sino de “¿qué puedo ajustar para seguir avanzando?”. Volver a intentarlo, reducir el ritmo, pedir apoyo o redefinir la meta también es avanzar. Envejecer con dignidad incluye permitirnos procesos reales, no exigencias irreales.
Por eso, más que listas interminables de objetivos, lo más saludable es plantearse al menos dos metas concretas, realistas y realizables. Dos metas que dialoguen con nuestra edad, nuestra salud, nuestro contexto económico y nuestras redes de apoyo. Por ejemplo, caminar tres veces por semana en lugar de “hacer más ejercicio”, o ahorrar una pequeña cantidad mensual en vez de “ordenar todas mis finanzas”. Metas claras reducen la ansiedad y aumentan la sensación de logro.
En Costa Rica, donde cada vez más personas llegan a edades avanzadas con proyectos, voz propia y deseo de seguir participando activamente en la sociedad, los propósitos de Año Nuevo no deberían vivirse como una presión, sino como una oportunidad de autocuidado. No para cambiar quiénes somos, sino para vivir mejor la etapa en la que estamos.
Porque, al final, no se trata de cumplirlo todo ni de exigirse perfección, sino de no renunciar a uno mismo. En muchos casos, avanzar paso a paso —con dos metas claras, posibles y alineadas con nuestra realidad— resulta mucho más transformador que imponerse grandes promesas que terminan generando frustración y abandono. Envejecer bien también es un acto de sabiduría: saber proponerse lo justo, lo necesario y lo que verdaderamente nos hace bien.








