Una realidad silenciosa que evidencia brechas culturales, sociales y de género
Por Redacción Costa Rica Mayor
19 de noviembre del 2025
La participación masculina en los programas de envejecimiento activo en Costa Rica continúa siendo uno de los temas menos abordados en el país, a pesar de su impacto directo en la salud pública y el bienestar de la población mayor. En la mayoría de los centros diurnos y espacios municipales es evidente que las mujeres son mayoría, mientras los hombres representan apenas una fracción. Las observaciones en terreno muestran una tendencia constante en todo el país: de cada diez personas que asisten a los centros diurnos, solo dos son hombres. Aunque no existe un registro oficial unificado, esta realidad se repite en cada centro visitado. Eduardo Méndez, director de Costa Rica Mayor, confirma esta situación al señalar que “constatamos que alrededor del 80% de las personas asistentes son mujeres adultas mayores; sin embargo, es un tema que requiere una investigación más profunda para poder incidir de manera efectiva en las políticas públicas de vejez”.
Esta baja participación plantea interrogantes clave para el envejecimiento saludable. ¿Por qué los hombres adultos mayores no asisten a estos espacios? ¿Qué factores culturales, sociales y psicológicos influyen en esta ausencia? Costa Rica Mayor analizó esta situación para comprender qué hay detrás de esta brecha.
La primera razón se encuentra en las creencias culturales que moldearon la masculinidad de generaciones completas. Muchos hombres mayores crecieron bajo la premisa de que debían ser fuertes, autosuficientes y emocionalmente reservados. Pedir ayuda era considerado un signo de debilidad, y participar en actividades grupales vinculadas al cuidado personal se percibía como algo impropio de su rol. Asistir a un centro diurno puede sentirse, para muchos, como admitir fragilidad.
Edid Paniagua, directora del Centro Diurno Jerusalén en Alajuela, resume esta realidad señalando que influyen varios factores: “primero, las características demográficas actuales; segundo, el hecho de que muchos hombres estuvieron expuestos durante su vida laboral a trabajos forzados o físicamente exigentes, mientras que muchas de las mujeres que hoy asisten a los centros diurnos fueron amas de casa con mayores deseos de socialización; y tercero, la diferencia en hábitos de autocuidado, pues las mujeres suelen cuidarse más, buscar información y educarse activamente sobre su salud”.
El retiro laboral es otro factor determinante. Para muchos hombres mayores, el trabajo fue durante décadas la base de su identidad, su rutina y su valor social. Con la jubilación surge un vacío emocional acompañado de preguntas como “¿qué soy ahora?” o “¿para qué sirvo?”. A diferencia de muchas mujeres, los hombres suelen tener redes sociales más pequeñas y menor experiencia en actividades grupales, por lo que integrarse a un centro diurno puede resultar incómodo, amenazante o poco significativo.
La forma en que se comunican las actividades municipales también tiene un impacto. Frases como “taller para adultas mayores”, o “taller de manualidades”, acompañadas de fotografías donde casi siempre son mujeres las protagonistas, generan un mensaje implícito de exclusión. Aunque no sea intencional, muchos hombres sienten que esos espacios no los toman en cuenta.
Eduardo Carrillo, psicólogo gerontológico del Centro Diurno El Tejar, explica “que muchos hombres adultos mayores mantienen una percepción distorsionada sobre lo que son los centros diurnos y que, además, el machismo sigue influyendo de manera significativa en su decisión de no participar”.
La oferta programática también influye. Aunque los centros diurnos están abiertos para toda la población mayor, sus actividades han estado históricamente asociadas a intereses femeninos: manualidades, baile, talleres de cocina, terapias expresivas y conversatorios. Estas dinámicas, aunque valiosas, no siempre conectan con las motivaciones de los hombres, quienes suelen preferir actividades prácticas, ejercicio físico, tecnología, liderazgo o espacios de debate. Cuando no encuentran opciones alineadas con su identidad o gustos, muchos interpretan que ese espacio no fue diseñado para ellos, acotó Carrillo.
A esto se suma el temor a hacer el ridículo, una barrera silenciosa pero muy presente en las generaciones mayores. Muchos hombres temen no saber bailar, no entender la dinámica, quedar en evidencia de deterioro cognitivo o convertirse en “el único hombre” del grupo. Ese miedo, ligado al orgullo y al peso de la imagen pública, inhibe la participación.
Las limitaciones de salud y movilidad afectan por igual a ambos géneros, pero los hombres tienden a pedir menos ayuda por temor a molestar o mostrar dependencia. Como consecuencia, optan por quedarse en casa incluso cuando podrían beneficiarse de un programa municipal de envejecimiento activo que mejoraría su salud, autonomía y bienestar emocional.
A pesar de esta realidad, el fenómeno no es irreversible. Gobiernos locales como la Municipalidad de Heredia han diversificado su oferta han logrado aumentar la participación masculina mediante actividades con propósito, talleres prácticos, programas tecnológicos, ejercicio físico adaptado, voluntariado estructurado, comunicación inclusiva y la creación de espacios iniciales exclusivos para hombres, donde se sienten más seguros para empezar.
Incluir a más hombres en los programas de envejecimiento activo no es un lujo ni una tendencia pasajera. Es una estrategia clave para reducir el aislamiento, mejorar la salud física y mental, prevenir la discapacidad, fortalecer las redes de apoyo y garantizar un envejecimiento con dignidad y derechos. Cuando los hombres participan, se reducen riesgos asociados a la soledad, aumenta la autonomía y mejora la calidad de vida tanto de ellos como de sus familias.
La baja participación masculina revela una brecha cultural profunda sobre la forma en que Costa Rica entiende la vejez masculina. Superarla requiere adaptar los programas, transformar la comunicación, ampliar las opciones de actividades y promover un cambio social que abra la puerta a una masculinidad que también se cuida, se acompaña y participa.
Costa Rica Mayor seguirá investigando y visibilizando este tema para impulsar una participación más equitativa en los programas de envejecimiento activo y fortalecer el bienestar integral de la población mayor del país.





