Por: Redacción Costa Rica Mayor. Cartago, 1 de agosto de 2025
La mañana apenas se asoma sobre el Valle Central cuando miles de personas emprenden el último tramo de la tradicional romería hacia la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles. Entre los peregrinos, rostros curtidos por los años caminan con paso firme, otros se apoyan en bastones, algunos llevan oxígeno portátil, pero todos llevan algo en común: la fe.
La presencia de personas adultas mayores en esta manifestación religiosa es cada año más visible. Provenientes de distintas partes del país —desde Tilarán hasta Limón, pasando por comunidades rurales o urbanas— los mayores caminan con determinación, muchos acompañados por familiares o voluntarios. Algunos, incluso, realizan parte del trayecto de rodillas, en un acto profundamente simbólico de gratitud o petición.
“Vengo desde hace más de veinte años. A veces me duele todo, pero más me dolería el alma si no lo hiciera”, comenta doña Mercedes, de 74 años, quien llegó desde Grecia acompañada de sus nietos.
Sin embargo, esta movilización conlleva importantes desafíos. Las condiciones físicas propias del envejecimiento —como la disminución de la resistencia cardiovascular, problemas articulares, o enfermedades crónicas— aumentan los riesgos de descompensación durante el recorrido. Según personal de Cruz Roja Costarricense, más del 15 % de las atenciones brindadas en carretera corresponden a personas mayores de 60 años, muchas de ellas con hipertensión, diabetes o movilidad reducida.
Además, los trayectos prolongados y el calor representan un riesgo de deshidratación o caídas. Por ello, los cuerpos de emergencia recomiendan que las personas mayores que participen estén bien hidratadas, acompañadas, lleven ropa cómoda, medicamentos básicos y conozcan sus límites físicos.
Aun así, la romería no se trata únicamente de un reto físico. Para muchas personas mayores, este camino representa una forma de reencontrarse con su historia, su espiritualidad y su sentido de pertenencia comunitaria. Es una oportunidad de mostrarse activas, presentes, y capaces, en una sociedad que a menudo subestima su vitalidad.
“La romería es también una forma de resistencia. No solo caminamos hacia la Virgen, caminamos hacia nosotros mismos, hacia lo que aún podemos y queremos ser”, dice don Guillermo, de 79 años, quien ha hecho el trayecto desde Tres Ríos por más de tres décadas.
La imagen de adultos mayores caminando hacia Cartago nos recuerda que el envejecimiento no es sinónimo de inmovilidad ni desconexión. Por el contrario, la vejez puede ser un espacio de expresión espiritual, fuerza interior y compromiso con la tradición.
Más allá de la devoción, la romería se convierte en una afirmación de vida: los adultos mayores caminan hacia la Basílica, sí, pero también caminan hacia la dignidad, el sentido, y el reconocimiento de su rol activo en la cultura y la fe costarricense.





